21.10.09

Y dale con el origen


Durante el debate anterior se tocó obviamente la existencia o inexistencia de ese ente tan famoso denominado “Dios”. Tengo ganas de divagar más sobre el tema. Estoy seguro de que el lector sacará mucho provecho de estas lecturas al momento de amenizar sobremesas o intentar algún ocasional levante. Pero como siempre: es mejor leer a los que saben de verdad.

I – Un asunto original

La vieja pregunta acerca del origen de la existencia sigue allí, y en ella se esconden todos los dioses que hemos creado. Pero antes de debatir sobre la respuesta me atrevo a declarar que esa pregunta tiene trampa, que plantea supuestos falsos.

a) La Palabra

El ser humano está acostumbrado a hacer cosas, y también a ver unas cosas desarrollarse a partir de otras. Un alfarero fabrica un jarrón a partir de arcilla, una semilla se transforma en planta, las nubes devienen tormenta, y así. Eso es lo que observamos. Y entonces decimos: el alfarero creó el jarrón, la semilla dio origen a la planta, las nubes a la lluvia.

Percibimos el universo y para transmitirlo de nuestro entendimiento al del prójimo utilizamos unos fonemas representativos llamados “palabras”. Esta práctica es útil, pero tiene trampas que a veces no vemos; por el constante uso que hacemos de ella llegamos a confundir la palabra con la cosa en sí: primer paso a creer en abstracciones como si fueran la realidad.

El misterio del universo se revela a nuestros ojos en todo su esplendor en cuanto nos damos cuenta de que las cosas en realidad no tienen nombre: el perro no se llama “perro” ni el abedul se llama “abedul”. Hemos dado esos nombres a esos entes por cuestiones prácticas pero en realidad no vinieron con ningún nombre. No lo tienen como tampoco nosotros tenemos un nombre aunque nos hayamos acostumbrado a definirnos según algunos casuales fonemas (“ser humano”, “argentino nativo”, “estudiante”, “Alejandro”, etc.)

De aquí esa interpretación para mí pervertida del diálogo socrático que menciona Platón. No son las ”ideas” lo que el hombre busca fuera de la caverna sino todo lo contrario: el encuentro con las cosas reales a plena luz del día es lo que revela la distancia entre ellas y las ideas que se había formado sobre las mismas debido a unas condiciones de percepción deficientes. Para obtener la verdad el hombre va en busca de un contacto más estrecho con la realidad. Sus ideas sobre las cosas están supeditadas a la praxis y cambian con ella. La conclusión lógica del diálogo socrático es que la praxis manda y las ideas reflejan, conocer y aprender no son otra cosa que eso.

b) La Cosa

El famoso “origen” es una abstracción típica: hacemos una separación entre cualquier cosa y su origen; y así llegamos a pensar que en la realidad están tajantemente separadas.

Pero en realidad no se trata de dos entes separados sino de las distintas etapas en un mismo proceso de desarrollo. El alfarero y su jarrón pertenecen al mismo mundo, se mueven dentro de las mismas leyes y ambos forman parte del mismo proceso creativo. Es verdad: podemos distinguir en ellos a dos entes distintos, pero si vamos a ser sinceros ¿en qué momento exacto ese montón informe de arcilla se transforma en un jarrón? No podemos decirlo con precisión porque ese momento no existe, es una mera convención. El jarrón no es más que arcilla modificada mediante un proceso gradual; el alfarero no “creó” realmente cosa alguna, no sacó algo de la nada; sólo modificó los elementos ya existentes en su entorno.

La ciencia corrobora el punto: nadie “crea” una cosa de la nada porque nada se pierde ni se crea sino que todo se transforma. Descubrimiento nada tonto: todo está en permanente transformación, no hay en la realidad “origen” ni “fin”. Inventamos esas palabrejas para distinguir etapas de un proceso que en realidad es un continuum.

Separamos la semilla de la planta sólo para facilitarnos la clasificación del universo, pero como bien decía Borges en El idioma analítico de John Wilkins: en realidad no sabemos qué cosa es el universo. El interesante ensayo muestra los límites de toda clasificación, es decir, de toda abstracción. El examen más atento de la realidad nos dice que en verdad semilla y planta son una misma cosa, que el alfarero tomó elementos de la tierra y les dio otra forma, pero él mismo también es resultado de un proceso de transformación previo. Y a todos los procesos de transformación sucesivos y simultáneos que ocurren desde que tenemos memoria los llamamos “existencia”.

Preguntamos a renglón seguido por el “origen de la existencia” sin darnos cuenta de que el primero es sólo parte de la segunda, y que si la “existencia” tiene un origen, sólo puede ser dentro de otra existencia a la que remitirse. La pregunta es fallida: la existencia no puede tener origen.

II - God strikes again o El elefante tras la rosa

Esta separación fallida entre “origen” y “creación” es la que nos lleva a los dioses, que lógicamente son antropomórficos. Pero en realidad esto no resuelve el problema: si estamos preguntando por el origen de la existencia, entonces estamos hablando de TODA existencia. La religión no es más que un malentendido respecto de la palabra “todo”. El “todo” al que se refiere la religión es un “todo” chiquito, parcial, del cual el dios de turno está excluido rigurosamente: él sí no tiene origen, no tiene fin y es el muro frente al cual se estrella el conocimiento humano, según se enorgullecen las religiones.

Este efecto grandilocuente se logra de manera sencilla: para que los dioses sean inasequibles al conocimiento humano se los coloca cada vez más allá de la realidad: “fuera”, en lo “externo” del cosmos, en lo inasible / inverificable / incognoscible. Los dioses son así iguales al famoso elefante escondido tras la rosa, que prueba no su mera inexistencia sino su habilidad para el escondite. Y cuando uno se encoge de hombros diciendo que tales “existencias” inasequibles a la experiencia son irrelevantes, entonces vuelve el sacerdote a la carga:

- Ah no, mire: dios es así y asá. Hizo esto y quiere aquello, mandó a su hijo, ascendió al cielo, predicó en la tierra, se transformó en llamas…
- Pero caramba, ¿cómo es que sabe Ud. todo eso?
- La fe.

Para poder revelar a los dioses primero es preciso esconderlos del conocimiento normal, si fueran asequibles al conocimiento normal el sacerdote no contaría con ninguna “revelación” para hacer. Hay que poner al dios fuera del alcance de todo conocimiento humano justamente para poder afirmar de él lo que a uno se le cante sin tener que verificar nada. Del dios vendrán luego la legislación y el poder político, bien terrenales ambos. La historia humana está repleta hasta la náusea de leyes, reglas, edictos, mandamientos y poderes caídos del cielo.

Normalmente para justificar a los dioses se recurre a este ejemplo del origen y lo creado, que como vimos es arbitrariedad pura. Y esta es toda la prueba irrefutable que se consigue: como nada surge de la nada, entonces la existencia tampoco puede surgir de la nada ¿nocierto? Inmediatamente se fabrica el famoso origen y se lo llama “Dios”. Pero ¡ay! Resulta que si existe también tiene que tener un origen… Solución inmediata: lo declaramos eterno y decimos que a partir de ahí, pelito para la vieja, no podés indagar más, se acabó: no tiene origen, no tiene fin ¿Su propósito e intenciones? Ya mismo te explico, resulta que…

Cuando uno manifiesta dudas acerca del relato, inmediatamente se vuelve atrás: ¡Pero nada puede surgir de la nada, así que ALGO hay! Ese “algo” se vuelve a revestir con el invisible color de lo ignoto y se le vuelven a otorgar los atributos de lo desconocido para que sea admisible, puesto que todos los seres humanos con una mínima honestidad admitiremos que hay cosas que no sabemos:

- De acuerdo: no sé cuál era exactamente la situación antes del Big Bang
- ¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡Ud. admite la existencia de Dios!

No, chantujes: Ud. está llamando “dios” simplemente a lo desconocido. Coloca a su dios bien lejos, fuera del cosmos y luego dice tan pancho que yo no lo puedo negar.

Lo gracioso es que la ciencia avanzó tanto que ya ni la estratósfera ni el espacio son escondites seguros, así que para colocar al dios fuera del conocimiento hay que mandarlo al –perdónenme el galleguismo gruesón– quinto coño de la inasibilidad. Para no ser negado adelgaza tanto que está un paso de negarse solo.

III – ¿Sed de absoluto? Aquí hay uno

Dejando de lado estas maniobritas, me parece que se puede intentar un planteo de esos de cafecito.

La expresión “origen de la existencia” presupone un estado antes del cual no había existencia. Esto es contradictorio con la palabra “origen”: no puede haber ningún origen en la “no existencia”, un origen ya presupone existencia.

- ¡Pero la existencia también presupone un origen, Jack!

Alguno podrá pensar que hemos caído en una trampa tonta, una inútil persecución del huevo y la gallina. A mí en cambio me parece que aquí está precisamente la respuesta.

Si descubrimos que nada se pierde ni se crea, y que en realidad no hay “origen” ni “creación” sino etapas de un proceso de transformación sin principio ni fin… ¿entonces por qué no suponer la eternidad de la materia y la energía?

En la realidad que conocemos nada se crea ni se pierde… Veo ahí un atributo de eternidad que ni pintado queda mejor, mire. No se puede, ninguno de nosotros puede “crear” cosa alguna (hacerla surgir de la nada) ni podemos realmente destruir nada (hacerla desaparecer, borrarla del universo). Ni la creación ni la destrucción son realmente posibles, sólo la transformación ocurre. Todas las “creaciones” (y también las “destrucciones”) que conocemos son en realidad transformaciones que se suceden en un continuum.

Nuestra manía de abstraer declara que el jarrón “no existía” antes de que el alfarero lo "creara", pero sólo se trata de una insuficiencia de nuestro lenguaje: en realidad el “jarrón” ya existía con otro nombre igual de arbitrario: “arcilla”.

Si la realidad está tan a la vista ¿por qué no aceptarla?

Al que me diga que esto es poco razonable, le responderé: menos razonable me parece sostener que –contra toda evidencia y aún contra toda lógica– la existencia tuvo un origen en un ente fuera de la existencia (¿?) que es a su vez eterno y sobre el que nada se puede saber, a excepción de lo que dicen unos señores vestidos con túnicas.

La eternidad de la materia/energía no es menos inconcebible para nuestra mente que la eternidad de cualquier dios, y de hecho es mucho menos arbitraria: puedo constatar que es tan imposible destruirla como crearla: si la eternidad no es eso que me expliquen qué es. Y si al final vamos a caer en la eternidad ¿por qué no reconocerla en aquello que a todas luces y frente a nuestros ojos es eterno?

- Está bien Jack, Ud. Habla de “la realidad que conocemos”, pero puede haber otras…
- Claro, pero de lo que no conocemos nadie puede hablar con autoridad, precisamente porque no lo conocemos ¿vio?

Si alguien anda con ganas de pavear, puedo remitirlo a este otro post mío en el que desarrollo el tema con la habitual mezcla de audacia, disparos en la noche y confusión general.

Pero estos divagues necesitan obviamente del aporte por parte de gente que realmente sepa algo del asunto, así que espero me iluminen.

Buenas tardes.

4.10.09

Trampas y origen de la creencia

Hace unos años hablaba con un judío ortodoxo de… ¿de qué iba a ser?, de religión, claro. No me explico muy bien por qué intentaba detallarme los pormenores de sus creencias ya que tengo muy poca madera de creyente. Le respondía con mis razones, que no son demasiado sofisticadas: no puedo creer en un dios bueno y al mismo tiempo todopoderoso. Basta echar una ojeada al mundo para darse cuenta de que si existe un creador es una cosa o la otra, pero no ambas; me parece que con eso basta para cuestionarlo.

A esto el ortodoxo me respondía que

- Es como si entraras a un cine con la película ya empezada, y te fueras antes de que la película termine. No tenés suficientes elementos de juicio.

La frase me iluminó, pero no en el sentido que él esperaba. Comprendí súbitamente las trampas que nos tiende la creencia.

La razón se parece a un asistente discreto que nos ayuda silenciosamente en todas y cada una de las cosas que hacemos: impide que nos estafen, nos pone en guardia contra la mentira, y nos permite constatar que la Carrió carece de toda coherencia. Aplicada sistemáticamente la razón se transforma en ciencia y permite acabar con la viruela y la poliomielitis.

Pero no somos muy agradecidos con la razón, más bien tendemos a restarle méritos. Una de las causas puede ser el hecho de que vivimos en un mundo competitivo, y no es raro que a nuestro alrededor nos inviten permanentemente a prescindir de nuestra razón. Cualquier curandero, vendedor de baratijas o insolvente consuetudinario que intente aprovecharse de nosotros lo primero que intentará es hacernos renunciar a nuestro juicio crítico, desarmándonos.

Los brujos y los sacerdotes cuentan con nuestro desaliento. Porque la razón es una herramienta, cuanto más la frecuentemos mejores resultados nos ofrecerá; ergo tenemos que poner algo de nosotros: el caletre debe abocarse, la mollera debe pensar. Es un esfuerzo sin duda, pero como ocurre con el ejercicio físico cuesta menos cuanto más se practica, y viceversa. Hoy sabemos más que ayer, ahí está nuestra herencia cultural y sus logros que prueban lo irrefutable: la supervivencia del mono desnudo es obra de su inteligencia.

Pero no nos basta. Queremos soluciones rápidas, inmediatas, cómodas. Y cuanto menos pensamos, cuanto más nos echamos en brazos de la creencia fantástica a la hora de resolver nuestros problemas, menos capaces somos de pensar por nosotros mismos, el juicio crítico se oxida, perdemos el hábito de juzgar según nuestra experiencia… nos comemos cualquiera, bah. Por eso los traficantes de ultramundos nos ofrecen soluciones que no piden de nosotros más que la pura y fervorosa creencia. No pienses hijo mío, la existencia tiene misterios pero yo los conozco porque tengo línea directa con lo Trascendente.

No hay más que salir a la calle para percibir esta sutil subversión de los valores: toda creencia es alabada como enorme virtud, y todo uso del pensamiento racional es defenestrado. En cualquier película de difusión más o menos popular ocurren hechos sobrenaturales que confirman la fe y desmienten a la razón. En el cine barato el sacerdote siempre derrota al científico porque "hay cosas que nuestra razón no alcanza a entender". Se fomenta la creencia de que cerrar los ojos y pegar alaridos es más efectivo para resolver cualquier problema que meditar cuidadosamente en términos reales.

A fuerza de esto la estupidez -me parece- se ha vuelto seductora.

Los antiguos hindúes vivían en una sociedad brutalmente dividida en castas. La movilidad social no existía y los parias -desgraciados entre los desgraciados- eran y aun hoy son oprimidos hasta que sus huesos crujen. La pregunta acude de inmediato: ¿qué mal ha hecho un niño para merecer ese destino adamantino? La respuesta de los opresores es simple: esta no es más que una existencia en un ciclo de muchas; cualquier mal que te alcance tiene su origen en pecados cometidos durante existencias anteriores. Similarmente: todos los privilegios de los que disfruto aquí y ahora me corresponden en recta justicia gracias a que he sido abnegado, sufrido, generoso y justo… en incontables vidas pasadas.

¿No es un caradurismo maravilloso? ¿Y no tiene una graciosa similitud con el ejemplo de la película en el cine? Todas las vidas pasadas y futuras que inventa el opresor demuestran una sola cosa: lo mucho que le importa esta existencia.

Cuando no se puede probar lo que se dice en este mundo, se recurre a otros mundos. El centro de gravedad de la existencia pasa así a estar fuera de la existencia, en el "más allá". Si algo es injusto o inexplicable en términos que podamos entender, entonces hay que justificarlo como una voluntad extraterrena, algo que tiene su explicación en “vidas pasadas” o la tendrá cuando ya estemos muertos. El sacerdote pide un crédito pagadero post mortem, que como todos sabemos es el mejor momento para rendir cuentas.

Se me dirá que la razón no ha resuelto un montón de cosas, que tenemos todavía muchas dudas. Y es cierto. Pero la razón ha desenmascarado ya demasiadas mentiras: una simple vacuna demuestra que la enfermedad y la muerte prematura están lejos de ser voluntad de ningún dios. Las invectivas contra el humanismo prometeico y satánico son los rancios chillidos del sacerdote; quiere seguir haciéndonos creer que él sí sabe y que nosotros no sabemos ni podremos saber nunca si no es por su intermediación munificente y salvífica.

Hija secreta de nuestra desidia, la creencia se alimenta de la impotencia. Los fantasmas se desvanecen allí donde vemos claro, pero prosperan a la sombra de la ignorancia. Atónito he escuchado a algunos creyentes burlarse de las insuficiencias de la razón con una risa crispada y revanchista, como si las derrotas de la razón no fueran también sus derrotas. No puedo evitar asociar a esos infelices con los drogadictos que te llaman “careta” sólo porque uno no comparte sus miserias; lo del opio de los pueblos no deja de ser una definición sorprendentemente certera.

Una demostración vale más que el reino de los persas, decía Demócrito; y yo diría que vale mucho más que cualquier reino. Se me dirá que soy enemigo de la fantasía, y responderé que nada me parece más fantástico que la realidad. Que el mundo ofrece toda clase de maravillas (y espantos) perfectamente reales, y que el deseo de "otra" existencia es más bien una muestra de impotencia para transformar ésta, aquí y ahora.

No sé qué cosa serán los diversos Paraísos, pero digamos que mis aspiraciones son mucho más modestas. Montones de cosas me reconcilian con la existencia y me permiten intuir lo que este mundo podría ser si fuéramos un poquito menos tontos.

Les presento una de esas cosas, Jun Togawa ejerce la belleza:



6.9.09

Más cuentitos sin moraleja ni provecho

El Sr. Gildegomi era un laburante argentino de esos con corbatita. Desde hacía décadas veía como el poder adquisitivo de su salario caía y caía y caía, y no había piso que lo detuviera. Así que un día el Sr. Gildegomi fue a ver al Sabio Gurú Que Aparece en Televisión y le preguntó:

- Oh Sabio Gurú Que Aparece en Televisión, ¿podrías explicarme por qué mi magro salario cae y cae y cae?

- El problema es simple, pequeño mortal. Sucede que un ogro malvado llamado Estado Keynesiano gasta enormes sumas de dinero para dárselas a vagos e ineficientes. Así se ha generado una bestia llamada Déficit Fiscal, la cual no deja que los esforzados empresarios de la patria acumulen la suficiente cantidad de teca. Y como no logran acumular un toco de teca, entonces a ti no te toca ¿Capito?

- Ah...

- Hace falta pues que el ogro malvado deje de intervenir en la economía y permita jugar a las libres fuerzas del mercado, así eliminaremos a Déficit Fiscal y los esforzados empresarios de la patria acumularán y acumularán y acumularán hasta que no les quepa más guita en los bolsillos. En ese glorioso momento, la guita caerá de ellos y se derramará generosamente sobre ti.

- Aaaaah... ¡mire qué bien!

- Lo que debes hacer entonces es gritar con todas tus fuerzas para que el ogro Estado Keynesiano deje tranquilos a los esforzados empresarios de la patria que generosamente te dan trabajo, así se llenarán sus bolsillos y las mieles de la abundancia caerán sobre tu cabecita.

- ¡Pero qué macanudo!

Así que el Sr. Gildegomi gritó y gritó:

-¡Fuera el Estado Keynesiano! ¡Basta de cobrar impuestos a los que producen! ¡Hay que eliminar el Déficit Fiscal! ¡Basta de darle guita a vagos ineficientes! ¡Estoy con el campo!

Y efectivamente el estado se desprendió de todas las empresas, desnacionalizó los servicios, disminuyó todos los presupuestos, bajó las retenciones. Todo se convirtió en mercancía privatizada: la salud, la educación, la vivienda, las jubilaciones, la comida; todo fue campo fértil para los negocios privados y así las bolsas subieron y subieron. El Sr. Gildegomi pudo soñar con que era Gordon Gekko, se fue a la calle Florida y por U$S 200 se compró un buen par de tiradores ridículos.

Pero el salario del Sr. Gildegomi no crecía sino que seguía disminuyendo. Así que fue a ver al Gurú y preguntó nuevamente:

- Disculpe, o sea... ¿Qué onda?

- No seas impaciente, pequeño mortal. Estas cosas llevan tiempo y negocios muy importantes están en marcha. Los esforzados empresarios de la patria trabajan día y noche juntándola con pala y no pueden fijarse en huevaditas.

- Pero tengo que comprarle zapatos a los pibes, los libros de texto están carísimos, el alquiler se fue por las nubes...

- ¡Insensato! -rugió el Gurú- ¿Crees por ventura que tus miserables minucias tienen prioridad sobre los sagrados intereses del país? ¿Cómo osas anteponer tus mezquinos avatares personales sobre asuntos cuya importancia exceden largamente tus carnales apetitos de gusano materialista? ¿Acaso eres un comunista resentido sin dios y sin patria? ¿Eh?

- No, no, nada más lejos...

- Ten paciencia, valoramos tus esfuerzos -dijo el Gurú con una voz más dulce y mostrando a lo lejos un tenue resplandor de donde venían confusos ruidos de fiestas privadas, el eco de copas entrechocadas y coristas bailando pegadas al caño- ¿Ves allá a lo lejos esa lucecita al final del túnel?

- Más o menos...

- Allí hay hombres probos y gente linda y salas VIP con señores que trabajan duro día y noche para que en una gloriosa jornada futura se derramen las mieles del éxito sobre ti, que no haces otra cosa que cumplir un simple horario y fichar tarjeta sin preocuparte de nada ¿Entiendes, oh desagradecido? Está allí el futuro venturoso en el que los bolsillos de los empresarios estarán tan llenos que se derramará la abundancia sobre tu pequeña mollera ¡Mira las bolsas! ¡Mira las nuevas tecnologías! ¡Estamos implementando el nuevo sistema! Observa este pauerpoint: Misión, Visión, Valores ¡Nuestro crecimiento anual fue de un toco por ciento y hemos hecho caja por dólares una parva!

- Si claro, pero es que me vence el cable y...

- Estamos mal pero vamos bien, recuérdalo. Sólo que el maldito estado aún no deja en paz a los hombres virtuosos, todavía pagan pesados y abusivos impuestos y no pueden siquiera aumentar su colección de Ferraris ¡Y no olvides que en parte es tu culpa, porque con tu mentalidad estatista y retrógrada no has gritado con suficiente fuerza! ¿Acaso no quieres pertenecer al selecto club? Pues eso requiere esfuerzo, amiguito. Pertenecer tiene sus privilegios, pero debes ganártelo.

Así que el Sr. Gildegomi se ajustó aún más el nudo de la corbatita, puso cara de yuppie feroz, redobló sus esfuerzos y laburó catorce horas por día en la city porteña. Y cada vez que podía opinar vociferaba que la libre empresa, que hay que trabajar duro, que el estado aún es ineficiente y deficitario, y que parece mentira que el aire sea todavía gratis. Sólo por pronunciar estas sentencias el Sr. Gildegomi ya se sentía un poco parte del estáblisment. Encima la empresa le dio una blacberri llena de botoncitos que se complacía en exhibir -siempre onda cashualgüear ¿viste?- ante sus amistades, aunque tuviera que contestar imeils a las cuatro de la matina.

Ya todo estaba privatizado, entidades financieras se quedaron incluso con el manejo de la guita de las jubilaciones, la economía estaba desregulada hasta las verijas y no había actividad que diera guita que no estuviera en manos privadas. El cuco comunista cayó, el mercado era libérrimo por todo el planeta ¡Aleluya!

Pero pasaban los años y el derrame famoso no llegaba. El Sr. Gildegomi no sólo no vio crecer su salario sino que incluso tuvo que empezar a pagar por cosas que antes eran más o menos gratarola. Mandaba a los pibes a escuelas privadas de cuarta sólo porque tenían uniforme. Sin embargo siguió creyendo en las profecías del Gurú, porque las bolsas subían y subían. Hasta que un día...

- ¡¡El derrame!! ¡¡Por fin!! ¡Ahora viene la posta! ¡Abran cancha, manga de vagos, y sírvanme un champú del bueno que me lo gané laburando! ¡Quiero mi ascenso! ¡Iujuuuuuu!

No, no. No vino ningún derrame. Lo que vino fue la Gran Crisis Gran. Todo voló por el aire. Los informes optimistas cambiaron de un día para el otro por profecías oscuras, siniestros anuncios recorrieron el planeta. El estado -sí, ese ogro despilfarrador cuyas cuentas debían ser severamente recortadas- ¡...de repente fue llamado a poner ingentes cantidades de guita! Pero no para socorrer al Sr. Gildegomi, nada de eso; sino para tapar súbitos agujeros negros en los creativos balances de prósperas y reconocidas firmas presididas por directivos con generosos sueldotes de los que nunca más se volvió a saber qué onda.

Nadie más habló del terrible Déficit Fiscal, se acabó la prédica de la austeridad en el gasto público y la prescindencia del estado en la economía. Igual ojo: el ogro Estado Keynesiano no volvió, porque donde se recortó el presupuesto ya no se volvió invertir, pero quichicientosmil millones de verdes cayeron en bolsillos que ¡oh sorpresa! no sólo no se habían llenado sino que parecían mucho más hambrientos -y obviamente prioritarios- que cualquiera de esos morochitos de África o el norte argentino.

Así que el Sr. Gildegomi fue a ver al Gurú con las manitos agarradas tras la espalda y le preguntó:

- Oh Gurú... Oh sabio maestro... Oh dueño del insondable futuro... ehhmmmm... esteee....

Pero el Gurú se encontraba muy ocupado renegociando unos contratos y al parecer estaba a las patadas con unos señores importantes (que parecían algo resacosos) por el cobro de unas primas. El Sr. Gildegomi pudo oír de pasada unas palabras sueltas:

- ... o sea, yo quiero mi parte... sí, ya sé hay que seguir... el verso... la gilada... OK, pero el tanto por ciento para mi... Se pudre todo... y… ya inventaremos alguna otra cosa…

Y apenas notó la presencia del Sr. Gildegomi el Gurú se dio vuelta, lo miró como quien descubre un insecto sobre la milanesa con fritas y le dijo:

- ¿Y a vos quién te juna?

Así que el Sr. Gildegomi le recordó:

- ¿No se acuerda maestro? Soy yo... ¿hay algo de lo mío?

- ¡Ah! Si, si, claro... vos... -se puso serio- Mira hijo mío: hay graves problemas por causas muy complejas que tú jamás entenderías. Los grandes asuntos de la economía mundial son muy pero muy difíciles y estamos trabajando duramente para solucionarlos, así que no podemos ocuparnos de boludeces. Bien harías, infecto mortal, en dejarnos trabajar a mí y a estos señores que tratamos de evitarte males mayores. Así que quédate quietito y muzzarella.

- Pero... ¿Y el derrame?

- ¿Derrame? ¡¿Pero de qué me hablas, obtuso cenutrio?! ¿No sabes cómo están las bolsas? ¿Acaso te imaginas las preocupaciones por las que estos importantes señores están pasando? ¿Es que ignoras los apuros económicos de aquellos que ya no pueden ni siquiera mantener su flota de aviones privados? ¿Crees acaso que esta vida regalada que estás haciendo será para siempre? Lo que tienes que hacer es volver a tu casa y rezar mucho a San Cayetano para que te conserve el laburo. Mucho agradecerás si no terminas arrojado al Infierno de los Excluidos. Y mejor que no alces la voz ni te metas en cosas raras porque de otro modo te perseguirán la policía y sus perros; que, créeme, son casi indistinguibles.

Así que vía pibe, derechito por la tapuer y respetando la fila. ¡Aire, va!

Y así el Sr. Gildegomi aprendió que...

Bah, en realidad soy muy optimista. Lo más probable es que todavía no haya aprendido un pomo.

Y colorín colorado, seguí participando.

29.8.09

Peligro al teclado

El premio "Peligro al teclado" se lo lleva enterito... (soplen oboes) Chancho Burgués!!! (Bieeeennn!! Iujuuuuu!! Clap clap...)

La joya fue intangiblemente labrada en el aire por su impar florete conceptual en recia polémica con Severian, a quien hay que decir que aplastó contundentemente. No es para menos, luego de leer esto:

5. Pero vayamos a la parte cientifica, al final de cuentas para eso estoy aca. Y veo, no con sorpresa, que omitis mencionar las importantes objeciones que se le han hecho a los estudios que desembocaron en los estudios con los cuales llegas a las conclusiones de las que partiste...

Yo me declaro incompetente. La enjundia de semejante desarrollo supera las capacidades de mi moroso caletre. En un sólo párrafo más sutilezas dialécticas que en todo Hegel.

Vayamos a la parte científica, que Chancho -a ver si se enteran- está acá para hablar de ciencia, manga de papanatas, ciencia científica ¿Entendés, cabeza de termo?

Y ve, no con sorpresa (¿sino con qué?), que Severian omitió mencionar (o sea: omitió) unas importantes objeciones que se le han hecho. No, a Severian no. Las objeciones se le hicieron a los estudios, afirma nuestro campeón derrotando a la sintaxis.

Pero hay más, porque esos estudios desembocaron en otros estudios (¡Ah! ¡Los ríos del saber!) con los cuales Severian llegó a las conclusiones... ¡De donde partió!

Y claro, Sr. Severian; si Ud. llega a las conclusiones y enseguida quiere partir no es de buena educación, además no se sabe si está yendo o viniendo, mi amigo. Eso debe ser porque con tantos estudios que desembocan en otros estudios, posiblemente le haya pifiado en la estación de combinación. Sobre todo cuando las objeciones (que no olvidemos son importantes, no son unas cualquiera) se le hicieron a las conclusiones que empezaban donde se termina. O concluían donde desembocaban.

En fin, a mí no me queda más que agregar que a pesar de las turbias sospechas de que me invento personajes para aumentar la popularidad del blog, la brutal verdad es que... Realmente ya ni sé cuál es.

Quizás desvarío.

17.7.09

Malcolm X, la sirvientita y las elecciones.





Malcolm X

Con su voz ronca e irónica el inolvidable Malcolm X decía que no había "negros" sino dos clases de negros: el negro de casa y el negro de campo.

Los negros domésticos vivían en la casa del amo, vestían bastante bien, comían bien porque comían de su comida. las sobras que él dejaba. Vivían en el sótano o en el desván, pero vivían cerca del amo y querían al amo más de lo que el amo se quería a sí mismo. Daban la vida por salvar la casa del amo, y más prestos que el propio amo. Si el amo decía. "Buena casa la nuestra", el negro doméstico decía: "Sí, buena casa la nuestra". Cada vez que el amo decía "nosotros", él decía "nosotros". A sí puedes identificar al negro doméstico. Si la casa del amo se incendiaba, el negro doméstico luchaba con más denuedo que el propio amo por apagar el fuego. Si el amo se enfermaba, el negro doméstico le decía: "Qué pasa, amo? ¿Estamos enfermos?" ¡Estamos enfermos! Se identificaba con el amo más de lo que el propio amo se identificaba consigo mismo.

Al negro del campo lo apaleaban desde la mañana hasta la noche; vivía en una choza, en una casucha, usaba ropa vieja de desecho. Odiaba al amo. Digo que odiaba al amo. Era inteligente. El negro doméstico quería al amo. Pero aquél negro del campo, recuerden que era la mayoría, y odiaba al amo. Si ibas con el negro del campo y le decías: "Vamos a escaparnos, vámonos de aquí", el no preguntaba: "A dónde vamos?" sólo decía: "Cualquier lugar es mejor que este"


No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que no es el color de la piel lo que define estas conductas.

La sirvientita

La sirvientita de la casa rica está encantada de servir en la casa rica. Es verdad: lleva una existencia estrecha y minúscula, pero escapa de esa estrechez gracias a los portentos de la imaginación. Estar tan cerca del mármol de Carrara, pasar el plumero para descubrir el brillo impecable, regodearse la vista en la mansión; todo eso la hace soñar. Por un lado, también es verdad, mira furtiva y esquinada a la señora de la casa que apenas le da pelota mientras se hace servir el cafecito. Envidia no le falta a la sirvientita. Pero el hecho de llevar un uniforme tan coqueto y de moverse en medio de un lujo que no puede tocar pero que puede ver le hace pensar que esa casa es un poco de ella, aunque duerma en el altillo o la pensión. De vez en cuando liga algún regalito de segunda mano, un mp3 player que el nene ya no usa, ropa usada, bagatelas diversas. Mira con horror a los negros y a los marrones, que son tan negros y marrones como ella pero están sucios, no tienen esa posición que ella logró gracias a sus méritos.

Si se le preguntara a la sirvientita cuáles son esos méritos seguramente diría que ella es buena y no le da problemas a los patrones con un tono de cumplida satisfacción. Colocar a la sumisión en un alto pedestal, elevarla a la categoría de una dignidad es parte indispensable de todo sistema educativo para formar esclavos.

El patrón sabe de las fantasías de la sirvientita, y sabe que esas fantasías son su mejor triunfo a la hora de usarla para satisfacerse. El patrón es poderoso, anda en negocios y altos asuntos de los que ella –que es una cabeza hueca sin remedio– nada sabe. Ella sólo sueña con ir a Miami, con uno de esos viajes importantes a los que el patrón le promete vagamente llevarla un día de estos. Y el patrón es pesado. No vamos a describir aquí sus costumbres íntimas, descripción innecesaria y desagradable, pero la sirvientita tiene momentos de depresión, momentos en los que se siente ninguneada, usada, manoseada. Una rabia oscura que sólo puede apaciguarse cuando observa a los negros y a los marrones de afuera, cuando sueña inmediatamente –otra vez– con ese viaje sofisticado que el patrón le susurra cada vez que la necesita.

Todo esto se desenvuelve no sin sobresaltos. Un día el patrón se puso realmente violento, le hizo cosas espantosas, la violó de una forma obtusa. Es decir: haciéndole saber que la estaba violando, que era una mera cosa. Y esta vez la sirvientita armó un despelote: amenazó, gritó, chilló, lloró. Invocó derechos, se puso solemne, juró y rejuró que desde ese día las cosas iban a cambiar, que iba a hacer valer sus derechos. Acudieron a su boca palabras pomposas: su decencia, su honestidad, su dignidad, el debido respeto, bla bla. En un rapto de audacia llegó a decir que se juntaría con los negros y los marrones y asaltaría la casa y haría volar por los aires todo el orden establecido de una buena vez.

Pero el patrón volvió a hablarle con voz suave, le mostró la casa diciéndole que un día, si se esforzaba y lo complacía un poquito más, sería suya ¿Irse con los negros y los marrones? ¿De veras? ¿Y dejar todo esto, todos estos sueños, toda esta belleza?

El patrón habló y habló y habló. Envolviendo con dulzura las promesas, llamando a la racionalidad y el buen tono, no sin sutiles amenazas y con paternal suficiencia. Le habló de lo feo que es allá afuera y de lo lindo que es acá adentro. Le hizo un par de regalitos más ¿Hacer desaparecer esto? ¿Y qué vas a hacer vos, que no sabés nada? Aventuras de chiquilina, rabietas de inmadurez romántica, tonterías. Vamos, no llores más. ¡Ah! Y las ventanas, no te olvides de las ventanas.

Y así la sirvientita cabeza hueca volvió a soñar, y gracias a los sueños se fue conformando con cada vez menos, trabajando cada vez más, hasta que un día el patrón, aburrido, la violó, la maltrató, le escupió encima y le pegó una definitiva patada en el culo. Sola en la calle, y sin necesidad de la menor palabra, la sirvientita se dio cuenta por fin de quién era: estrictamente nadie.

Las elecciones

Y sí: la sirvientita es muy cabeza hueca. Diez años de menemato, degradación social espantosa, corralito... Y dale que vamos otra vez.

La próxima sesión de sexo violento va a ser jodida. Muy.

26.6.09

Objeciones a la teoría del valor-trabajo


Un par de posts más abajo divagábamos sobre el origen de la riqueza y caímos inadvertidamente en la teoria del valor-trabajo de Marx.

Si alguna conclusión podemos sacar creo que es esta: es indudable que la sociedad humana está construída sobre el trabajo humano, y que sin él la formidable transformación que supone la interacción del hombre con la naturaleza no sería posible: la interacción del hombre con la naturaleza es trabajo.

Recordemos, la teoría del valor-trabajo de Marx dice que:

Si se prescinde de la propiedades naturales –del valor de uso de las mercancías– sólo les queda una cualidad: la de ser productos del trabajo.

(...)

Resultantes de un gasto de fuerza humana en general, muestras del mismo trabajo indistinto, las mercancías revelan que en su producción se ha gastado una fuerza de trabajo. De otro modo: que en ellas se ha acumulado trabajo. Las mercancias son valores en tanto que son materialización de ese trabajo, sin analizar su forma. Lo que se observa de común en la relación de cambio o en el valor de cambio de las mercancias es su valor.


Este planteo recibió un montón de objeciones. Y es entendible ¿Es el trabajo la única medida de valor? ¿No es una proposición un poco rígida? ¿No hay excepciones?

En primer lugar me importa señalar que a un servidor la ortodoxia le importa nada, lo que me parece la premisa de todo pensamiento racional. Objetar no sólo es interesante sino que es indispensable ya que es la única forma de probar el valor de la regla. Presento entonces las objeciones más serias:

I – El tiempo de trabajo socialmente necesario.

Si el tiempo de trabajo es lo que hace valiosa a una mercancía, entonces ¿a más tiempo más valor? Esto sería bastante pavitonto, ya lo señaló Luk@s. Marx habla del trabajo socialmente necesario. Las personas y las empresas no trabajan todas de la misma manera, ni con la misma eficiencia. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el promedio del tiempo que emplean los productores de la mercancía X en el mercado. Si alguien inventa un método para producir la mercancía X en menos tiempo (supongamos: dos unidades en el tiempo que se tardaba en fabricar una) entonces el promedio de ese tiempo (el tiempo de trabajo socialmente necesario) disminuye porque aumenta la productividad.

Aunque gracias a un aumento de la productividad se produzcan en el mismo tiempo dos vestidos en vez de uno, cada vestido seguirá teniendo la misma utilidad que antes de duplicarse la producción, pero con los dos vestidos se pueden vestir dos personas en vez de una; así pues hay un aumento de la riqueza material (el subrayado es mío). Sin embargo, el valor del conjunto de objetos útiles sigue siendo el mismo: dos vestidos hechos en el mismo tiempo que antes en hacer uno, no valen más de lo que precedentemente uno sólo

¡Y tiene razón! Precisamente por esto hay un aumento de la riqueza material. El valor de los artículos ha disminuído por unidad porque ha disminuído el trabajo necesario para hacerlos.

- Pero si los vendo al mismo precio que antes... ¿no gano más guita?

Sí, pero ojo, porque el precio no es el valor, sino otra cosa que ya vamos a ver más adelante...

II – Los Beatles

El amigo Dolmancé planteó una objeción interesante: la fortuna de un artista que gana guita con los derechos de autor ¿no es una anomalía de acuerdo a esta teoría? El tiempo de trabajo socialmente necesario que lleva hacer una canción ¿cuál es?

Una de las objeciones a la teoría del valor-trabajo es que calcular el famoso tiempo socialmente necesario para producir una mercancía “es imposible”. Si es posible o imposible calcularlo con precisión me parece irrelevante, basta probar que existe. Y en el caso de un producto artístico como una canción es perfectamente posible establacer comparaciones, aunque parezca algo mucho más etéreo e inasible que una silla.

En primer lugar hay que tener en cuenta que cuando compramos un CD no estamos comprando el producto del trabajo del artista. El artista suministra una materia prima –la canción– para elaborar un producto –el CD–. Los artistas actúan como proveedores de materia prima a las discográficas, materia prima con la cual se elabora un producto que consiste en la canción grabada en un soporte físico que se reproduce y distribuye en forma masiva. Todo este trabajo de grabación y distribución lleva... adivinen qué: trabajo.

La materia prima que suministra el artista es una materia prima bastante particular. Si hablamos de cemento, un proveedor de cemento debe crear esta materia prima cada vez que la constructora quiere hacer un nuevo edificio; pero una canción basta ejecutarla una vez para que su grabación y distribución se puedan hacer en forma indefinida gracias a la industria de la música, no es necesario que el artista la cante de nuevo. Como el artista sabe esto se asegura que al vender su materia prima a la discográfica quede establecido en el contrato que recibirá una parte de las ganancias resultantes de cada copia que se haga en lo sucesivo aunque él no mueva más un dedo. Pero estas ganancias provienen de un trabajo de grabación y distribución que debe hacerse para obtenerlas.

Sin embargo la producción de la canción exige un trabajo de parte del artista también. Y aquí lo que importa desde el punto de vista de la discográfica es que sea vendible, no importa la calidad artística (que además es un terreno bastante resbaladizo). Los artistas se presentan a las distribuidoras como mercaderes que ofrecen sus canciones como materia prima. Algunos artistas hacen muchas canciones muy vendibles en poco tiempo (o sea, son fabricantes de hits), otros sólo pegan un hit cada tanto, o acaso uno sólo en toda su carrera (¿alguien conoce alguna canción memorable de Mr Mister que no sea Broken Wings?). O sea que si el tiempo socialmente necesario para producir una canción vendible es acaso vertiginosamente difícil de calcular, es perfectamente concebible el hecho de que hay grupos más productivos en términos de canciones vendibles que otros, y que existe por lo tanto un promedio.

III – Lomo vs. bofe.

Esta es otra objeción que presentó Aníbal: cortar un kilo de lomo cuesta el mismo trabajo que cortar un kilo de bofe, sin embargo no tienen el mismo precio en el mercado ¿No contradice esto la ley del valor-trabajo?

En términos marxianos el lomo y el bofe tienen el mismo valor porque el trabajo socialmente necesario para producirlos es el mismo. Lo que no tienen es el mismo precio ¿Por qué? Karlitos también lo explica:

Supongamos que un saco de trigo se produce en un tiempo de trabajo valorado en cinco pesos. Por el momento dejemos de lado cómo se valoran las mercancías –entre ellas el trabajo– en dinero, y consideremos los términos “dinero” y “oro” como equivalentes. El subrayado es mío:

Aunque las condiciones de producción no varíen siendo necesario el mismo tiempo de trabajo, si se presentan circunstancias que permiten estimar el saco de trigo en siete pesos u obligan a bajarlo a dos pesos, en este caso siete pesos y dos pesos son expresiones que aumentan o disminuyen el valor del saco de trigo, y sin embargo son sus precios, porque expresan la relación de cambio del trigo y la moneda.

(...)

En el precio, es decir, en el nombre monetario de las mercancías, su equivalencia con el oro no es aún un hecho consumado (...) Para producir en la práctica el efecto de un valor de cambio, la mercancía debe dejar de ser oro simplemente imaginado y convertirse en oro real y tangible. Para darle un precio basta con declararla igual a una cantidad de oro puramente imaginaria; pero hay que sustituirla con oro efectivo para que preste a su poseedor el servicio de procurarle las cosas que necesita mediante el cambio.

La forma precio sólo revela que las mercancías son alienables y en qué condiciones su poseedor quiere enajenarlas. Los precios son como miradas amorosas que las merancías dirigen al dinero. Para que éste se deje atraer por las mercancias, es preciso que su valor útil esté reconocido.


Es decir que el precio es la condición que el vendedor establece para intercambiar la mercancía en el mercado, pero que esa condición sea aceptada dependerá de la voluntad del comprador. Ahora bien, en atención a su valor de uso, es decir: de la utilidad que la mercancía presta al ser humano, el poseedor de la misma puede fijar un precio superior al de otra mercancía cuyo valor –desde el punto de vista del trabajo necesario para producirla– es el mismo. Sin embargo esto no contradice la teoría del valor-trabajo. El precio puede variar por muchas razones, y no necesariamente estará en relación estricta con el valor-trabajo.

Sin embargo hay dos cosas evidentes: 1) sin el trabajo ni el bofe ni el lomo llegarían a convertirse en mercancías, y 2) si el precio de la mercancía está por debajo del trabajo necesario para producirla, entonces se produce una pérdida de valor.

En una economía ideal (es decir: dirigida a satisfacer las necesidades de todos los seres humanos por igual) el trabajo se dirigiría a producir sólo aquellas mercancias que la humanidad demandara en las proporciones de esa demanda. Ejemplo: si el 70% de la población prefiriera el lomo, entonces se cortaría más lomo, y menos bofe. O posiblemente no se cortaría más bofe porque a nadie le interesaría, o su valor de uso sería para alimentar animales, etc. En una sociedad ridículamente dividida en “clases” (como si hubiera “clases” de seres humanos) la explotación hace que mucha gente se resigne a comer peor con lo que el valor de uso de muchas mercancías está en realidad distorsionado.

IV – La calificación del trabajo

Otra objeción interesante es que el tiempo de trabajo de un albañil no vale lo mismo que el de un arquitecto, así que el tiempo de trabajo contenido en las mercancías que producen uno y otro podrá ser el mismo, pero no su valor.

Esto es verdad, pero parte de una visión un poco acotada, ya que supone al albañil y al arquitecto como salidos al mismo tiempo de un huevo. Lo cierto es que el trabajo humano tiene que ser visto desde una perspectiva total: el trabajo es en sí mismo una mercancía, una mercancía especial pero una mercancía al fin.

Capacitar a un albañil es relativamente sencillo. Los conocimientos que se necesitan para preparar una mezcla y colocar ladrillos son fáciles de transmitir (aunque ojo: levantar una pared decente tampoco es una pavada). Es decir que la formación de un albañil... demanda poco tiempo de trabajo. Aprender y enseñar a hacer un trabajo es también un trabajo... ¡El trabajo que forma la mercancía trabajo! Formar un arquitecto en cambio demanda mucho más. Develar las leyes físicas, determinar la durablidad y resistencia de los materiales, documentar ese conocimiento y enseñarlo de forma sistemática en universidades implican una acumulación de trabajo muy superior. El arquitecto al hacer su trabajo está poniendo en práctica un conocimiento cuya adquisición demandó... más trabajo. Por eso su trabajo-mercancía es más caro.

V – Objeciones bienvenidas

Como ya dije, todo este debate no implica una defensa de la pureza ideológica, ni una necesidad obsesiva de defender a Marx. Al contrario: las objeciones (las de buena fe al menos) ponen de relieve aspectos interesantes del trabajo y permiten abarcarlo en toda su dimensión, que a veces se nos escapa; entre otras cosas porque existe un interés muy fuerte en hacer al trabajo irrelevante, y si es posible invisible. El poder siempre se ha presentado ante nosotros como legitimado por las fuerzas del cielo que nos trascienden y ante las cuales nada podemos hacer, así que está muy interesado en hacernos olvidar que sin nuestro trabajo no existiría.

En tiempos durante los cuales parece que el dinero y el poder son el resultado de la magia de unos vivos, conviene recordar que todo lo que no se consigue con el propio trabajo es porque se arrebató al trabajo de otro; y que este mercadeo de humo, ingeniería financiera, pases de mano y transacciones especulativas no es más que una máscara para esconder lo que se arranca a millones de personas por la fuerza.

6.6.09

Melancolía tecnológica

En Euterpe escribí un post sobre unos estonios que hacen jazz. Y el amigo Peste dejó, refiriéndose al sitio web desde donde se ofrece la discografía, este comentario:

...vean que el sitio esta hosteado en la Politecnica de Tallinn, y da muestras de haber sido abandonado hace a#os. Donde el responsable se vaya, el material desaparece de un dia para otro...

Aunque vivimos la prehistoria de Internet el crecimiento vertiginoso que ha tenido hace que ya existan sus lugares abandonados, sus páginas que ya nadie visita, sus barriadas llenas de escombros. Ya podemos hacer arqueología, tropezar con lugares extraños y preguntarnos qué cultura extinguida y fugaz representaban... Me pregunto yo qué ocurrirá con un blog una vez que su autor no exista más, y me magino a un montón de gente dejando comentarios para alguien que ya no podrá leerlos, o conversando entre sí sin que el autor pueda ya intervenir, como si se hubieran metido en la casa abandonada del difunto y aprovecharan para charlar un rato, o hacer una fiesta.

Para estudiar hechos históricos solemos tropezar con el problema de la falta de datos: unas runas desdibujadas, una piedra trunca con dudosos caracteres cuneiformes. En el futuro ocurrirá lo contrario: el problema será no la falta de datos sino su infernal abundancia, la imposibilidad de ordenarlos y jerarquizarlos; si hoy ya no cuesta mucho encontrar sitios web de cuyos autores nos cuesta entender lo que quieren decir. Imaginemos a sufridos investigadores futuros intentando reconstruir este presente con las toneladas sin peso de lo virtual. Podemos proyectar ya la búqueda de lo vintage, de incunables, ¿de obras de arte? ¿Por qué no? ¿Por qué no podrían salir de Internet los clásicos de mañana? No lo impide nada.

Lo curioso es el hecho de que cuanto más veloz es el desarrollo de cualquier cosa, más rápido envejece, así que la melancolía aparece allí donde uno menos lo esperaría: recuerdo algo tan viejo como una TK85 cuyo tamaño era igual al de un notebook actual de 160 Gb de disco, pero que tenía una memoria de 16 K. Recuerdo entrañables softwares como el Beta Basic para la Spectrum, que ampliaba el poder del Basic hasta hacerlo una sofisticadísima herramienta con la que podía, por ejemplo, dibujar un círculo y llenarlo de color, fah! Y todo esto ha envejecido hasta la conmovedora ineptitud en muy pocos años, históricamente nada.

Estas reflexiones acaso no tienen más que el dudoso valor de la melancolía, pero me parece que no se habla mucho de una asociación algo curiosa como esta. Lo veloz no es más que una estela de múltiples lentitudes.

27.5.09

¿Por qué las clases?

Dediqué algunos posts a hablar de la trampa identitaria, esto es: al apoderamiento que las diferentes burguesías practican respecto de las identidades culturales de los pueblos, para usarlas en beneficio de su agenda política.

Y una pregunta frecuente de parte de no marxistas (o antimarxistas) es: "¿OK, pero acaso la clase no es una identidad tan artificial como la nacionalidad o la religión? ¿Por qué una sí y las otras no? Yo me siento más argentino (o católico, o esquimal) que perteneciente a una clase social".

Establezcamos primero una premisa: toda ideología política debería ser fruto de un ejercicio de reflexión, y no una elección similar a la de un club de fútbol. El que escribe es marxista simplemente porque entiende es lo más lógico y justo, no por simpatías familiares o historias personales. Las identidades nacionales culturales o religiosas pueden y suelen ser heredadas, pero las políticas deberían hacer entrar en juego el juicio crítico. Así que lo que intento no es evangelizar ni establecer un dogma, que eso es aburridísimo, sino ejercer nuestro derecho al pensamiento.

I - ¿Por qué?

¿Por qué identidades no y clases sí? La pregunta es buena porque plantea un problema importante: averiguar el origen real de los conflictos, establecer sus orígenes es el primer paso para entenderlos. Se comprende que haya intereses muy poderosos que busquen enmascararlos frente a la opinión pública. Un viejo axioma dice que la primera víctima de toda guerra es la verdad.

Si esta buena pregunta no está bien respondida, una buena porción de responsabilidad la tiene la izquierda política, que si algo no sabe hacer es explicar sus ideas al común de la gente. Una de las características del militante de izquierda poco formado es engolosinarse con términos ejerciendo el placer infantil de quien maneja una jerga profesional que otros ignoran. He visto a militantes competir ridículamente entre sí para ver no quien es capaz de explicar a Marx en un lenguaje llano sino quién es capaz de hacerlo más incomprensible. La realidad ya es suficientemente compleja como para que le agreguemos jerga sin entenderla nosotros mismos.

Y no digo que yo logre explicarlo mejor, pero al menos que sea por torpeza, porque no me da la mollera; y no por la voluntad gansa de parecer inteligente a fuerza de ser abstruso.

II - El poder

Propongo ponernos de acuerdo en un primer punto: en el mundo hay diferencias respecto del poder. En otras palabras: hay muy poderosos, gente que lo es menos y gente que no lo es en absoluto, esto me parece muy fácil de constatar. Ahora bien ¿el poder de dónde surge? Yo creo que si menciono el dinero no nos resultará muy difícil ponernos de acuerdo en que es un factor importante: más guita en el bolsillo es algo a lo que en principio nadie dice que no.

¿Qué es el dinero? Diría que no pretendamos ahora mismo hilar demasiado fino en esta definición y nos contentemos con lo que nos dice el sentido común: el dinero es una representación simbólica de los diversos bienes tangibles o intangibles que se pueden adquirir en el mercado (olvidemos por el momento las fluctuaciones de su valor, de sus diversas denominaciones, etc.) Consideremos iguales el hecho de poseer dinero o poseer bienes intercambiables por dinero.

Alguien mencionará también el poder militar, ya que ¿cómo se asegura la propiedad de los bienes? El arma en la mano es un elemento fuertemente disuasorio. Esto es cierto, pero no es menos cierto que –contrariando esos discursos sabihondos que hablan de la "naturaleza humana"– lo cierto es que el ser humano no es más estúpido que cualquier animal, el conflicto directo es el último recurso. Antes de recurrir a la violencia el ser humano procura agotar todas las vías posibles. Si se tiene una perspectiva de desarrollo personal razonable y digna (hogar, trabajo, educación, etc.) cualquiera prefiere una existencia tranquila antes que el azaroso camino que supone tomar las armas. Lo único que hace al ser humano recurrir a la violencia es... procurarse bienes, o sea: dinero. Cuando Pompeyo se retira al sur de Roma para reagrupar sus legiones contra Cayo Julio César, confía en derrotarlo porque tiene consigo a la mayor parte de las divisiones... hasta que pierde el tesoro que había confiado a sus mejores hombres. Sin dinero, Pompeyo se da cuenta de que las legiones no lo siguen a él sino porque confían en que tiene dinero para pagarles. Sin paga... que se mate otro, macho.

Por eso una sociedad con fuertes desigualdades es por definición una sociedad violenta.

III - Bien, Jack, pero todavía no dijo una palabra sobre "burguesía", "proletariado" o "medios de producción", ¿no?

Es verdad, por el momento me contento con llegar hasta aquí.

Ahora ¿de dónde sale el dinero? ¿De la maquinita? Ciertamente no. Yo podría ponerme a acuñar millones de monedas con la firma "Jack Celliers" y con eso no lograría pagarme ni un tinto chico.

A diario leemos y oímos hablar de millones de dólares, euros y rupias como de cosas que tienen el poder mágico de comprar bienes, servicios y voluntades. Ahora imaginemos que estamos en una isla desierta y que no hay dinero, ni bienes, ni nada ¿Qué deberíamos hacer para subsistir? Obviamente trabajar. Construir refugios, herramientas, sembrar, cosechar, armar cigarros, etc. Eventualmente intercambiaremos esos bienes por otros que necesitamos y así surgiría el mercado. El dinero en sí mismo no es nada sino un medio de facilitar el intercambio en el mercado.

Creo que podemos entonces acordar en un nuevo punto: la fuente del valor, lo que hace que algo sea valioso es el trabajo. Incluso para obtener la fruta del árbol hace falta agregar el trabajo de subirse al árbol y cortarla. O sea que la base de toda la riqueza humana no es otra cosa que el trabajo humano. Todo lo que nos rodea: la cama sobre la que nos acostamos, la silla sobre la que nos sentamos, la computadora con la que nos conectamos a Internet, Internet, etc. es fruto del trabajo de alguien, y lo hemos adquirido intercambiándolo por nuestro propio trabajo. Incluso si queremos apropiarnos de algo sin trabajar tendríamos que robarlo... y robar es también un trabajo, consideraciones éticas aparte.

Hete aquí que cuando gracias al intercambio en el mercado un individuo logra acumular una cierta cantidad de bienes (o su equivalente en dinero), es capaz de adquirir el trabajo de otra persona. El trabajo se transforma él mismo en mercancía.

O sea que la fuente de todo poder es en realidad el trabajo humano. Trabajo que puede venderse, comprarse... y acumularse en la forma de su representación simbólica: el dinero. Toda esa guita de la que oímos hablar a diario no es más que el fruto del trabajo de millones de personas, ya sea trabajo realizado o trabajo que se realizará: ninguna inversión funcionaría si no se tuviera la certeza de que habrá gente dispuesta a trabajar para darle sentido. Si todo el mundo dejara de trabajar la economía simplemente dejaría de funcionar y el dinero se convertiría en algo tan útil como las monedas "Jack Celliers".

Las famosas clases sociales se estructuran alrededor de esta premisa: quiénes tienen la capacidad de comprar trabajo y quiénes tienen sólo la capacidad de vender su propia fuerza de trabajo. Las identidades culturales, religiosas o nacionales no otorgan al individuo un poder real; no se puede vivir de ser argentino, o de ser judío, o de tener la piel amarilla. Todo ser humano está sujeto a la lógica del trabajo sin importar si es chino o finlandés, si cree que el mundo fue creado en siete días o lo sostiene una tortuga gigante. Sin trabajo humano no hay valor, y por lo tanto no hay poder. Cada uno de nosotros experimenta esta lógica cada día de su vida; es su elección estar o no de acuerdo con ella, pero no es su elección escapar a ella, simplemente no se puede. Incluso si nos vamos a vivir a una cueva apartada o a una isla desierta tendremos que trabajar para subsistir de una u otra forma.

IV – Aquí es cuando viene Karlitos

El "dogma" marxista parte de la observación de este fenómeno. Los dogmas religiosos hablan de diversas realidades imaginarias, las identidades nacionales aluden –como decía Borges– a queridos recuerdos y a símbolos comunes; pero la cultura de cualquier pueblo (que ni siquiera está delimitada por las fronteras nacionales) se desarrolla sin escapar jamás de lo que es ni más ni menos que un hecho: la subsistencia humana depende del trabajo. No hay dios, ni patria, ni raza, ni cultura que no cambie, se desarrolle y eventualmente desaparezca. Pero la realidad del trabajo humano permanece y permanecerá inmutable en tanto el ser humano no logre eso que Diógenes señaló con tanta agudeza: ¡Ojalá el hambre pudiera ser aliviada con sólo frotarse el estómago!.

La política es intereses, y los intereses se estructuran alrededor del poder. El poder depende del trabajo, de tal forma que la verdadera base de la política es la gestión del trabajo humano. Si el ser humano no necesitara trabajar para vivir, si pudiéramos subsistir sin necesidad de mover un dedo y todo lo que deseamos nos fuera dado mágicamente, entonces no existiría eso llamado "economía" ¿para qué? Y como consecuencia tampoco existiría eso llamado "política".

En cambio mientras no desaparezca la necesidad de trabajar para subsistir, en el mundo podrían desaparecer las nacionalidades, podrían desaparecer las diferencias étnicas, y podría haber una sóla religión, o ninguna; pero el problema del trabajo, de su intercambio y acumulación seguirían tal como ahora, ergo la economía seguiría existiendo así como la política. Los intereses en conflicto permanecerían idénticos, sólo que ni la etnia, ni la nacionalidad ni la religión podrían utilizarse como máscaras.

Pero el conflicto subsistiría, asi que ya se encontrarían otras...