Durante el debate anterior se tocó obviamente la existencia o inexistencia de ese ente tan famoso denominado “Dios”. Tengo ganas de divagar más sobre el tema. Estoy seguro de que el lector sacará mucho provecho de estas lecturas al momento de amenizar sobremesas o intentar algún ocasional levante. Pero como siempre: es mejor leer a los que saben de verdad.
I – Un asunto original
La vieja pregunta acerca del origen de la existencia sigue allí, y en ella se esconden todos los dioses que hemos creado. Pero antes de debatir sobre la respuesta me atrevo a declarar que esa pregunta tiene trampa, que plantea supuestos falsos.
a) La Palabra
El ser humano está acostumbrado a hacer cosas, y también a ver unas cosas desarrollarse a partir de otras. Un alfarero fabrica un jarrón a partir de arcilla, una semilla se transforma en planta, las nubes devienen tormenta, y así. Eso es lo que observamos. Y entonces decimos: el alfarero creó el jarrón, la semilla dio origen a la planta, las nubes a la lluvia.
Percibimos el universo y para transmitirlo de nuestro entendimiento al del prójimo utilizamos unos fonemas representativos llamados “palabras”. Esta práctica es útil, pero tiene trampas que a veces no vemos; por el constante uso que hacemos de ella llegamos a confundir la palabra con la cosa en sí: primer paso a creer en abstracciones como si fueran la realidad.
El misterio del universo se revela a nuestros ojos en todo su esplendor en cuanto nos damos cuenta de que las cosas en realidad no tienen nombre: el perro no se llama “perro” ni el abedul se llama “abedul”. Hemos dado esos nombres a esos entes por cuestiones prácticas pero en realidad no vinieron con ningún nombre. No lo tienen como tampoco nosotros tenemos un nombre aunque nos hayamos acostumbrado a definirnos según algunos casuales fonemas (“ser humano”, “argentino nativo”, “estudiante”, “Alejandro”, etc.)
De aquí esa interpretación para mí pervertida del diálogo socrático que menciona Platón. No son las ”ideas” lo que el hombre busca fuera de la caverna sino todo lo contrario: el encuentro con las cosas reales a plena luz del día es lo que revela la distancia entre ellas y las ideas que se había formado sobre las mismas debido a unas condiciones de percepción deficientes. Para obtener la verdad el hombre va en busca de un contacto más estrecho con la realidad. Sus ideas sobre las cosas están supeditadas a la praxis y cambian con ella. La conclusión lógica del diálogo socrático es que la praxis manda y las ideas reflejan, conocer y aprender no son otra cosa que eso.
b) La Cosa
El famoso “origen” es una abstracción típica: hacemos una separación entre cualquier cosa y su origen; y así llegamos a pensar que en la realidad están tajantemente separadas.
Pero en realidad no se trata de dos entes separados sino de las distintas etapas en un mismo proceso de desarrollo. El alfarero y su jarrón pertenecen al mismo mundo, se mueven dentro de las mismas leyes y ambos forman parte del mismo proceso creativo. Es verdad: podemos distinguir en ellos a dos entes distintos, pero si vamos a ser sinceros ¿en qué momento exacto ese montón informe de arcilla se transforma en un jarrón? No podemos decirlo con precisión porque ese momento no existe, es una mera convención. El jarrón no es más que arcilla modificada mediante un proceso gradual; el alfarero no “creó” realmente cosa alguna, no sacó algo de la nada; sólo modificó los elementos ya existentes en su entorno.
La ciencia corrobora el punto: nadie “crea” una cosa de la nada porque nada se pierde ni se crea sino que todo se transforma. Descubrimiento nada tonto: todo está en permanente transformación, no hay en la realidad “origen” ni “fin”. Inventamos esas palabrejas para distinguir etapas de un proceso que en realidad es un continuum.
Separamos la semilla de la planta sólo para facilitarnos la clasificación del universo, pero como bien decía Borges en El idioma analítico de John Wilkins: en realidad no sabemos qué cosa es el universo. El interesante ensayo muestra los límites de toda clasificación, es decir, de toda abstracción. El examen más atento de la realidad nos dice que en verdad semilla y planta son una misma cosa, que el alfarero tomó elementos de la tierra y les dio otra forma, pero él mismo también es resultado de un proceso de transformación previo. Y a todos los procesos de transformación sucesivos y simultáneos que ocurren desde que tenemos memoria los llamamos “existencia”.
Preguntamos a renglón seguido por el “origen de la existencia” sin darnos cuenta de que el primero es sólo parte de la segunda, y que si la “existencia” tiene un origen, sólo puede ser dentro de otra existencia a la que remitirse. La pregunta es fallida: la existencia no puede tener origen.
II - God strikes again o El elefante tras la rosa
Esta separación fallida entre “origen” y “creación” es la que nos lleva a los dioses, que lógicamente son antropomórficos. Pero en realidad esto no resuelve el problema: si estamos preguntando por el origen de la existencia, entonces estamos hablando de TODA existencia. La religión no es más que un malentendido respecto de la palabra “todo”. El “todo” al que se refiere la religión es un “todo” chiquito, parcial, del cual el dios de turno está excluido rigurosamente: él sí no tiene origen, no tiene fin y es el muro frente al cual se estrella el conocimiento humano, según se enorgullecen las religiones.
Este efecto grandilocuente se logra de manera sencilla: para que los dioses sean inasequibles al conocimiento humano se los coloca cada vez más allá de la realidad: “fuera”, en lo “externo” del cosmos, en lo inasible / inverificable / incognoscible. Los dioses son así iguales al famoso elefante escondido tras la rosa, que prueba no su mera inexistencia sino su habilidad para el escondite. Y cuando uno se encoge de hombros diciendo que tales “existencias” inasequibles a la experiencia son irrelevantes, entonces vuelve el sacerdote a la carga:
- Ah no, mire: dios es así y asá. Hizo esto y quiere aquello, mandó a su hijo, ascendió al cielo, predicó en la tierra, se transformó en llamas…
- Pero caramba, ¿cómo es que sabe Ud. todo eso?
- La fe.
Para poder revelar a los dioses primero es preciso esconderlos del conocimiento normal, si fueran asequibles al conocimiento normal el sacerdote no contaría con ninguna “revelación” para hacer. Hay que poner al dios fuera del alcance de todo conocimiento humano justamente para poder afirmar de él lo que a uno se le cante sin tener que verificar nada. Del dios vendrán luego la legislación y el poder político, bien terrenales ambos. La historia humana está repleta hasta la náusea de leyes, reglas, edictos, mandamientos y poderes caídos del cielo.
Normalmente para justificar a los dioses se recurre a este ejemplo del origen y lo creado, que como vimos es arbitrariedad pura. Y esta es toda la prueba irrefutable que se consigue: como nada surge de la nada, entonces la existencia tampoco puede surgir de la nada ¿nocierto? Inmediatamente se fabrica el famoso origen y se lo llama “Dios”. Pero ¡ay! Resulta que si existe también tiene que tener un origen… Solución inmediata: lo declaramos eterno y decimos que a partir de ahí, pelito para la vieja, no podés indagar más, se acabó: no tiene origen, no tiene fin ¿Su propósito e intenciones? Ya mismo te explico, resulta que…
Cuando uno manifiesta dudas acerca del relato, inmediatamente se vuelve atrás: ¡Pero nada puede surgir de la nada, así que ALGO hay! Ese “algo” se vuelve a revestir con el invisible color de lo ignoto y se le vuelven a otorgar los atributos de lo desconocido para que sea admisible, puesto que todos los seres humanos con una mínima honestidad admitiremos que hay cosas que no sabemos:
- De acuerdo: no sé cuál era exactamente la situación antes del Big Bang
- ¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡Ud. admite la existencia de Dios!
No, chantujes: Ud. está llamando “dios” simplemente a lo desconocido. Coloca a su dios bien lejos, fuera del cosmos y luego dice tan pancho que yo no lo puedo negar.
Lo gracioso es que la ciencia avanzó tanto que ya ni la estratósfera ni el espacio son escondites seguros, así que para colocar al dios fuera del conocimiento hay que mandarlo al –perdónenme el galleguismo gruesón– quinto coño de la inasibilidad. Para no ser negado adelgaza tanto que está un paso de negarse solo.
III – ¿Sed de absoluto? Aquí hay uno
Dejando de lado estas maniobritas, me parece que se puede intentar un planteo de esos de cafecito.
La expresión “origen de la existencia” presupone un estado antes del cual no había existencia. Esto es contradictorio con la palabra “origen”: no puede haber ningún origen en la “no existencia”, un origen ya presupone existencia.
- ¡Pero la existencia también presupone un origen, Jack!
Alguno podrá pensar que hemos caído en una trampa tonta, una inútil persecución del huevo y la gallina. A mí en cambio me parece que aquí está precisamente la respuesta.
Si descubrimos que nada se pierde ni se crea, y que en realidad no hay “origen” ni “creación” sino etapas de un proceso de transformación sin principio ni fin… ¿entonces por qué no suponer la eternidad de la materia y la energía?
En la realidad que conocemos nada se crea ni se pierde… Veo ahí un atributo de eternidad que ni pintado queda mejor, mire. No se puede, ninguno de nosotros puede “crear” cosa alguna (hacerla surgir de la nada) ni podemos realmente destruir nada (hacerla desaparecer, borrarla del universo). Ni la creación ni la destrucción son realmente posibles, sólo la transformación ocurre. Todas las “creaciones” (y también las “destrucciones”) que conocemos son en realidad transformaciones que se suceden en un continuum.
Nuestra manía de abstraer declara que el jarrón “no existía” antes de que el alfarero lo "creara", pero sólo se trata de una insuficiencia de nuestro lenguaje: en realidad el “jarrón” ya existía con otro nombre igual de arbitrario: “arcilla”.
Si la realidad está tan a la vista ¿por qué no aceptarla?
Al que me diga que esto es poco razonable, le responderé: menos razonable me parece sostener que –contra toda evidencia y aún contra toda lógica– la existencia tuvo un origen en un ente fuera de la existencia (¿?) que es a su vez eterno y sobre el que nada se puede saber, a excepción de lo que dicen unos señores vestidos con túnicas.
La eternidad de la materia/energía no es menos inconcebible para nuestra mente que la eternidad de cualquier dios, y de hecho es mucho menos arbitraria: puedo constatar que es tan imposible destruirla como crearla: si la eternidad no es eso que me expliquen qué es. Y si al final vamos a caer en la eternidad ¿por qué no reconocerla en aquello que a todas luces y frente a nuestros ojos es eterno?
- Está bien Jack, Ud. Habla de “la realidad que conocemos”, pero puede haber otras…
- Claro, pero de lo que no conocemos nadie puede hablar con autoridad, precisamente porque no lo conocemos ¿vio?
Si alguien anda con ganas de pavear, puedo remitirlo a este otro post mío en el que desarrollo el tema con la habitual mezcla de audacia, disparos en la noche y confusión general.
Pero estos divagues necesitan obviamente del aporte por parte de gente que realmente sepa algo del asunto, así que espero me iluminen.
Buenas tardes.
21.10.09
Y dale con el origen
19.8.08
El "diseño inteligente" y otras avivadas
I – Recomendaciones y precauciones.
El concepto no va a sorprender a cualquiera con un poco de curiosidad acerca de los debates epistemológicos que vienen sonando últimamente. En línea con el retroceso del pensamiento racional, la vuelta a toda clase de supersticiones y el auge del pensamiento mágico que acompañan a las diversas formas de desesperación y falta de confianza en la propia mollera, el “diseño inteligente” es el maniquí que los vendedores de magia nos presentan jurándonos que se trata de un ser humano: “¿Ven? Tiene ojos, nariz y boca: ¡es un tipo!”.
Gente con mucho más caletre que el insolvente que suscribe ha probado ya largamente que el “diseño inteligente” es lo que es: un verso. Pero creo que hay una aproximación al asunto que no se ha hecho. Me corrijo: seguramente se ha hecho pero mi pereza intelectual me ha impedido percibirla. Se me ocurre entonces presentarla tal y como me ha venido a las neuronas, recomendando desde ya leer a los que realmente saben algo de esto.
II – El asunto.
Presento el “diseño inteligente” tal como lo entiendo: el Universo – nos ilustran los conocedores de los diversos trasmundos – evidencia sin duda un orden; el átomo, las especies, la disposición de los planetas, etc. dejan ver ciertas constantes y leyes accesibles a la inteligencia, por lo tanto es posible pensar (de “posible” se salta a “obligatorio”, pero dejémoslo) que existe una inteligencia autora de esas leyes, esas constantes y ese orden.
La cosa no deja de seducir a primera vista, y todos sabemos lo importante que es la primera vista a efectos del marketing: el ser humano hace cosas, o sea que aquellas que no ha hecho el ser humano deben haber sido hechas por Otro. Hasta aquí nada nuevo.
El primer cuestionamiento se presenta solito al intelecto inquieto: ¿Y bien, entonces qué hay de ese Otro? Las diversas religiones se apresuran a acercarnos sus folletos informativos, el problema es que hay que hacer una pequeña excepción a las reglas que venimos siguiendo para llegar hasta aquí: ya no vale la observación ni la constatación, hay que creer.
Pero uno es tozudo así que los cultores de las diversas religiones, particularmente las mayoritarias, se han puesto más o menos de acuerdo en que la existencia misma del Universo es prueba, y cerramos el círculo. El Universo fue creado por Dios ¿Y Dios? Ah, no, no, Dios no fue creado por nadie, estuvo ahí siempre; ahí se acaba el antropomorfismo divino. Dios es igual que nosotros, hace cosas como nosotros, tiene berrinches como nosotros, es celoso y pega gritos, pero... no podemos saber nada más que lo que el sacerdote se digne a decirnos. Bien, gracias.
III – ¿Inteligencia?
Pero vamos a aceptar la existencia de un creador, de un ente, de lo que se les ocurra. Total, como posible es posible, aunque la existencia misma siga sin tener la menor explicación per se. La pregunta es ¿cómo saben que el amigo Dios (Alá, Jehová, Adonai, Maradona) es inteligente?
Veamos cómo define el DRAE “inteligencia”:
(Del lat. intelligentĭa).
1. f. Capacidad de entender o comprender.
2. f. Capacidad de resolver problemas.
3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.
4. f. Sentido en que se puede tomar una sentencia, un dicho o una expresión.
5. f. Habilidad, destreza y experiencia.
6. f. Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí.
7. f. Sustancia puramente espiritual.
Como siempre, el diccionario no ayuda demasiado, pero algo. “Comprender” nos dice, verbo abstracto si los hay. Para no andar saltando de definición en definición tratemos de convenir en algo, a ver si todos (creyentes incluidos) podemos ponernos de acuerdo: la inteligencia es un fenómeno que sólo puede percibirse – y acaso medirse – en función de los productos que crea. Decimos que un ser es inteligente cuando logra, pongamos por caso, resolver un problema. Decimos que Dios es inteligente porque ha creado el Universo, que Einstein es inteligente porque ha postulado la teoría de la relatividad y que Eduardito es inteligente porque ya sabe ir al baño solito, parece mentira con dieciocho añitos solamente.
O sea que la inteligencia tiene que producir algo para ser percibida. Y aquí viene el problema, ay.
IV – El problema
El problema es este: aquello que la inteligencia ha producido puede ser y es objeto de juicio en sí mismo. El producto de la inteligencia tiene que ser – como cualquier otra cosa – algo perceptible, ergo pasible de recibir un juicio.
Supongamos que tenemos a un tipo que dice ser un genio en problemas de lógica y tiene una novia que está muy buena. Le proponemos entonces lo siguiente: que se quede un sábado a la noche resolviendo un arduo problema (el de descubrir una bola entre doce cuyo peso es diferente con tres pesadas en una balanza de platos, o lo que se les ocurra) mientras nosotros nos llevamos a su novia a un boliche. Postulemos dos resultados posibles:
a) El tipo se queda resolviendo el problema en su casa y lo saca.
b) El tipo declina la invitación aduciendo que se trata de algo muy difícil.
Si el tipo ejecuta la opción a) ¿qué resulta ser? ¿Inteligente o un nabo? Bueno, depende. Depende de lo que haya comprendido, justamente. Quizás ni se da cuenta que le queremos transar la novia, y a nosotros nos parecerá un nabo. Quizás sí se da cuenta, pero su novia no le interesa y el problema le interesa más ¿Se trata de una conducta estúpida? Para nosotros sí, pero se trata de un mero juicio de valor. Por ahí está harto de su novia y sólo espera la oportunidad de sacársela de encima, quizás es gay y decidió asumirlo, quizás...
No podemos medir la inteligencia por una sencilla razón: necesitamos un consenso para definir si el producto de una acción cualquiera vale la pena o no, y esto es subjetivo. En algunos casos el consenso es más o menos unánime: la novia del tipo está realmente buena y no vale la pena dejarla por un problema de lógica un sábado a la noche... pero esto es una mera opinión: para vos sí, para otro quién sabe.
Resumidamente: la acción se juzga por el producto, el producto se juzga en relación a otras cosas, y éstas a su vez de acuerdo con otras... Se puede resolver un problema de mucha enjundia y demostrar una gran inteligencia, pero la acción en sí misma puede ser estúpida. Cuando hablamos de "inteligencia" estamos postulando arbitrariamente y sobreentendiendo un fin que hemos declarado previamente válido como objeto; pero no hay que olvidar que no tiene por qué serlo, que ese objeto y ese fin a su vez pueden ser cuestionados en relación a otras cosas.
Como siempre: las palabras, conceptos abstractos, son peligrosas facilidades que nos tomamos para clasificar una parte del Universo aislándola del todo. Es necesario recordar que en la realidad nada está aislado de nada.
V – Y ahora...
Juzguemos ahora al Universo, nada menos ¿Es un producto que denota “inteligencia”? Los que vivan más o menos satisfechos podrán decir: “Definitivamente el Universo es fantástico: me tiro en el pasto y me tuesto al sol ¡El que inventó esto es un capo!”. Pero si hilamos un poco más fino el Universo puede parecer hecho por un chiflado. La existencia es un derroche de vidas bestial sin que se entienda muy bien para qué. Tengamos en cuenta a los dinosaurios, para poner un ejemplo simple: tiene toda la pinta de un ensayo medio torpe. El equilibrio natural, que parece tan armónico y maravilloso es en realidad una especie de lucha constante por la supervivencia en la que los animales no dejan de competir frenéticamente y matarse entre sí ¿Esto es realmente necesario? ¿Para qué? ¿No sería mejor – digo, qué sé yo – una existencia en la que los animales vivieran del aire, o de algo menos forzado?
Cioran llamaba a la Naturaleza “torturadora genial”, y señalaba que “más vale ser piedra que vegetal, vegetal que animal, animal que ser humano”. Si lo consideramos con un poco de distancia parece que a más complejidad la vida presenta más problemas y desequilibrios ¿Quién tiene una vida más serena que un roble? Ni el yogui más dedicado.
VI – El producto estrella
Menciono a los animales para no jugar la carta fuerte: el ser humano. Claro: el ser humano sí que es problemático. Como las estupideces que ha hecho a lo largo de su existencia son incontables entonces aquí las religiones salvan a Dios proponiéndole un adversario: Satanás (o Arhimán. o...), y declaramos que el hombre tiene “libre albedrío”. O sea: es una creación pero también es autónomo, por lo que ninguna de sus torpezas puede ser achacada a Dios ¿Y las cosas buenas que el hombre hace, sus virtudes? Ah, esas sí están inspiradas por Dios, son obra de Dios, etc. Nunca queda claro el reparto de responsabilidades, pero siempre se da una de cal y otra de arena.
El problema del creador de este circo es que o bien no es todopoderoso, o bien tolera lo intolerable, o bien es simplemente inepto, o bien se regocija en el caos, o bien... vaya uno a saber. Ya los gnósticos planteaban que este Universo no podía ni remotamente ser obra de un Ser perfecto sino de una divinidad deficiente, un demiurgo; los cátaros lo atribuían directamente a Satanás.
Obsérvese que al fin y al cabo lo que se hace es juzgar al Universo (el producto) para juzgar la inteligencia de Dios: el Universo es maravilloso, el Universo es extraño, el Universo es deficiente, el Universo no es serio, el Universo es un cago de risa, El Universo es y será una porquería ya lo sé... Antropomorfismos por doquier.
No falta quien postula algo que me parece bastante acertado: un ser perfecto no tiene necesidad de crear nada ¿Para qué si es perfecto? Si Dios se aburre y tiene que crear algo es que ya muy perfecto no es. Y lógicamente las religiones nos explican que por eso los caminos del Señor son inescrutables. El Señor es indescifrable, no sabemos nada de sus propósitos, no podemos explicarnos su plan, no alcanzamos a comprender su lógica que nos sobrepasa.
En realidad lo que queremos decir es esto: no tenemos idea de qué cosa es el Universo, no lo comprendemos ni sabemos su objeto. Podemos juzgarlo, pero desgraciadamente somos juez y parte; juzgamos lo que percibimos y normalmente a veces el Universo nos parece maravilloso y otras absurdamente cruel. Porque el Universo es todo eso.
Frente a este pasmo que nos embarga a poco que nos pongamos a pensar, otros seres humanos de gran viveza vienen a decirnos que tienen la precisa: el plan es este, tengo línea directa con el Creador, haceme caso. Pero ni bien queremos realmente comprender y empezamos con las preguntas concretas viene el recule: es un misterio, es inescrutable, no es accesible a nosotros, ¿fu?, ¿fa?. Lo cierto es que el sacerdote es un tipo que sabe lo mismo que nosotros: poco y nada.
VII - ¿De qué estábamos hablando?
De ahí que hablar de “diseño inteligente” tenga tanto sentido como hablar de “diseño idiota” o “diseño escatológico” o “diseño sádico” o “diseño Bauhaus”. Calificar el diseño del Universo supone saber para qué propósito fue diseñado, y ese propósito nadie lo sabe realmente, ni siquiera sabemos si existe, si es trascendente y para quién, o si se trata del garabato que hace distraídamente la divinidad en el post-it mientras habla por teléfono con su suegra, aburridísimo.
Vayamos más allá: hablar de un "propósito del Universo" es hablar del propósito del Todo, lo cual no tiene sentido ya que dicho propósito no puede estar fuera del Todo mismo. Un "propósito" u objeto o fin es por definición externo a la cosa que juzgamos, pero ese carácter externo es una ficción que hemos inventado para separar un continuum en partes de manera arbitraria. Por definición el Universo no tiene propósito, ergo su diseño no puede ser calificado.
Y si a pasar de todo un día lo sabemos – ¿por qué descartar la posibilidad de una formidable pirueta dialéctica? – será de la misma forma que venimos averiguando todo lo que realmente sabemos hoy: abriendo los ojos, escrutando, preguntando, haciendo ciencia.
Entretanto, encendamos un cigarro y tomemos un café.
Buenas tardes.
13.3.08
Parasitismo
¿Por qué ponerse a escribir si hay gente que ya he planteado las cosas más o menos como las plantearía uno, incluso mejor? Parasitemos un poco.
Aquí el Carnefice señala una reflexión sobre los sindicatos docentes ¿Está harto de que nuestra minúscula izquierda política no produzca más que slogans sobre la educación? ¿Quiere críticas lúcidas a los sindicatos? Pruebe esto que está rico.
Si por el contrario Ud. prefiere dejar la política porque ya está harto, entonces métase acá que Severianus pergeñó una explicación tan clara sobre el azar que pude entenderla sin ayuda.
Un blog de blogs... no estaría mal.
12.7.07
El Pulga
Se había armado un debate interesante en el blog de Severian. Iba a opinar pero las intervenciones superaron previsiblemente mi inteligencia. Así que me dio por un cuentito que leí por ahí, no me acuerdo dónde, que no tiene nada que ver, claro.
Creo.
Bueno, el cuento se llama
El Pulga.
Pibe problemático el Pulga.
En la clase planteaba cosas fuera de lugar. Lejos de seguir dócilmente los derroteros que la maestra trazaba con tiza machacando los conceptos definitivos, el Pulga la ponía a prueba con la estúpida costumbre de preguntar. La maestra solía contestar:
- Eso está fuera del programa.
Cualquiera sabe que en esta vida salirse del programa es buscarse problemas.
La maestra trazó en el pizarrón algo que cualquier babieca entendería con facilidad: a = b.
El Pulga levantó su mano y la maestra, algo molesta, le cedió el uso de la palabra porque claro, era algo tan pero tan pelotudamente evidente que no se explicaba por dónde podría venir el hachazo. Sin embargo, acostumbrada a los planteos desconcertantes de su alumno rebeldón, no pudo evitar mirar hacia atrás fugazmente para controlar si estaba todo en orden: a = b.
- Maestra, eso no puede ser, “a” nunca puede ser igual a “b” porque son letras distintas.
La maestra recordó fugazmente el chistecito: “Si a = b y b = c ¿para qué carajo le ponen letras distintas?” Se dijo que sería una variante del mismo, así que con una cara más bien amenazante respondió:
- Escúcheme, alumno, esto es una representación.
- ¿De qué?
- De cualquier cosa, alumno. Una manzana es igual a otra manzana por ejemplo.
- Pero eso no es así maestra. No hay dos manzanas iguales. En realidad no hay dos cosas iguales en el mundo ¿no?
A esta altura la mitad de la clase reprimía la risa y la otra mitad se picaba con el Pulga, “cashate nene...”
La maestra suspiró.
- No, no hay dos cosas iguales...
- ¿Tonces? ¿Qué representan “a” y “b”? Cualesquiera sean las cosas que representen – dijo el Pulga que había aprendido la palabra “cualesquiera” no hacía mucho – esas dos cosas no pueden ser iguales, ¿no?
La maestra se exasperó. Pensó en cuánto le faltaba para jubilarse y pensó también que pensar eso la deprimía porque le faltaba demasiado y demasiado poco al mismo tiempo.
Pero se iluminó de repente con una pequeña astucia y trazó en el pizarrón:
a = a
- ¿Ve alumno, ahora le queda más claro?
- ¿Qué cosa?
- ¡El concepto, alumno! Ahora “a” es igual a “a” y en eso no hay refutación posible.
- Pero la primera “a” no es igual a la segunda “a”, son diferentes.
- ¡Pero de nuevo, no piense en la “a”!
- ¿Y en qué pienso?
- ¡En lo que representan!
- ¿Y qué representan?
- Una manzana, alumno ¡Una manzana, la misma, que es igual a sí misma!
- ¿Es igual?
- ¿Y cómo no va a ser igual?
- Y mire, yo tenía una manzana en la frutera de mi casa y ahora se machucó toda...
- ...
- ...o sea que cambia. ¡La manzana no es siempre igual, maestra!
- Es igual a sí misma aunque cambie, en un instante dado es igual a sí misma, alumno.
- ¿Qué es un instante?
- Un espacio de tiempo – la maestra contestaba monocorde viéndosela venir.
- Y durante ese espacio de tiempo... ¿no cambia?
La maestra suspiró. Pensó en un instante haciéndose más y más breve, infinitamente breve... y aún así siendo tiempo transcurrido, una fracción infinitesimal, sí, pero sin duda un abismo enorme durante el cual la maldita manzana, cada cosa existente, el mundo entero sufría transformaciones.
Pensó que ese instante eterno y efímero era el tiempo que le faltaba para jubilarse.
Sin convicción empezó una explicación acerca de los límites que tienden a cero, se enredó en cosas que estaban definitivamente fuera de su alcance y quiso restaurar su autoridad mediante la necesidad de respetar el famoso programa.
Pero el Pulga no cejaba:
- Maestra, no importa lo breve que sea el instante, las cosas cambian constantemente. La única forma de que algo sea igual a sí mismo sería que el instante fuera igual a cero, que no transcurra el tiempo ¿no? Lo que pasa es que nada puede existir sin tiempo... O sea que para que algo sea igual a sí mismo tiene que no existir.
Y remató con un comentario intelectual:
- ¿Qué raro no?
El Pulga ya lo había pensado antes. Manzana, mesa, cielo, “a” y “b”. Inventos. El Pulga sabía que los nombres de las cosas no son las cosas, que inventamos nombres para dividir a un universo cambiante en categorías que podamos utilizar, pero que el hábito nos ha hecho perder de vista el hecho de que en realidad todo se transforma, más rápido o más lentamente, en otra cosa. Otra cosa que a su vez también se transforma.
La impotencia de las palabras, es decir, de los conceptos formales fue intuida por Mishima, por Borges, y por el Pulga.
Cuando el Pulga salió de la escuela mientras pensaba en todo esto se le acercó un tipo. Tenía alas. Le dijo:
- Hola, soy un ángel, y quería felicitarte por tu planteo en la clase.
Un poco sorprendido por el conocimiento que el ángel tenía de su intervención (se lo habría contado alguien) el Pulga lo miró extrañado y le contestó:
- Los ángeles no existen.
- Tenés razón. Soy un disfrazado nomás y voy para el corso ¿Venís?
Y se fueron juntos.
27.5.07
El aborto oooootra vez!
Bueno, primero vamos a pelearnos un poco (de otra forma la cosa no tiene gracia, vamos), pero luego intentaremos una idea. Me gustaría en realidad centrarme más en la idea, pero es que algunas conductas realmente no tienen desperdicio y ejemplifican bien la voluntad de "diálogo" de ciertas gentes.
I – Nos peleamos con los "anti"
Bueno, con esto no asombro a nadie, ya sé.
El debate se armó con el pesadito tema del aborto en otro blog, uno de esos con orientación católica. De derecha. Y para colmo ibérica, una derecha que parece cualquier cosa menos europea.
Me expongo al comentario socarrón acerca de esa mala costumbre que tengo de ensayar la razón contra quienes son enemigos de toda razón. ¿Quién me manda a meterme ahí? La única respuesta que puedo dar es que no pierdo la capacidad de asombro. Todavía.
Pero estoy cerca ¿eh?
El post que me ocupa comienza con esos alaridos típicos de la derecha católica sobre el aborto: "La principal causa de muerte en Europa", sin sonrojarse, la típica foto del niñito por nacer y toda la colección de golpes bajos.
Una de las cosas curiosas que constato es el malestar que despiertan en ciertos espíritus la argumentación y el razonamiento. No se los valora. El uso de la palabra para exponer razones es algo que ven como un intento de hacer trampa y la sensación que se tiene es que simplemente desprecian toda demostración, soportan mal cualquier debate y no están interesados más que en exponer su punto a los gritos. Para ellos usar la razón es un demérito, recurrir a un medio más bien despreciable.
Por eso sus razonamientos son en general pobres, cortitos, las alusiones personales son demasiadas, el estilo es confuso, colorido, exaltado y a veces un poquito bobalicón.
Se entiende: siglos y siglos mandando a gente a la hoguera no los han preparado para argumentar, ni siquiera para entender el valor de una demostración, que como decía nuestro amigo Demócrito "vale más que el reino de los persas".
Hay excepciones, por suerte. En el debate de marras hay que decir que hubo una persona con vocación de argumentar desde la razón, un tal loreto a quien no tuve el gusto de tratar antes.
La derecha católica, especialmente en Europa, está muy interesada en fogonear esta caracterización del aborto como un "asesinato" y larvadamente incuba algo muy peligroso: el odio. Europa no es – afortunadamente – como los EEUU. Pero la derecha católica sueña con llevarla a ese estado de imbecilidad, fanatismo y degradación. Ya se escuchan los alaridos contra las clínicas que practican abortos y no faltará mucho para que estas piadosas gentes empiecen a preguntarse si no convendrá empezar a matar.
Cuidado con ellos, porque si algo no le sobra a esta gente son escrúpulos.
Dicen que les importa la vida. Cuesta creerles cuando uno ve que simultáneamente se oponen también a aquello que previene el aborto con la mayor eficacia: la anticoncepción.
Considerarla un crimen no pueden por un limitado sentido del ridículo, pero se mueren de ganas. Cualquier día nos dirán que el espermatozoide y el óvulo son dos medias personas buscando unirse y que impedirlo es un crimen. No se rían: si leen el post verán que no faltó el filósofo explicando que "la anticoncepción evita la vida".
Por supuesto: sus fieles – salvo unas escasas y respetables excepciones de gente honesta y convencida – practican la anticoncepción alegremente (como tantas otras cosas: la homosexualidad, el sexo fuera del matrimonio, etc. etc.), pero ya sabemos que si alguien está exento de las exigencias morales de la iglesia son sus propios fieles. Lo que en realidad quieren estas piadosas personas es que tanto el aborto como la anticoncepción sean privilegios, y no opciones de libre elección para cualquiera más allá de sus medios económicos.
Por supuesto, fue imposible seguir el debate porque en línea con la mejor tradición reaccionaria y con una ingenuidad casi diría conmovedora (la derecha española se caracteriza por ser muy tosca, muy burda, muy berreta) la persona dueña del blog, al ver que no había posibilidad de contraargumentar, simplemente cerró el post y se quedó con la última palabra.
No hacía falta, bastaba con pedirme que me retire.
Pero aquí puede esta persona – si tal es su deseo – expresarse con total libertad ya que a mí me atan ciertos principios entre los cuales está el que una discusión debe ser leal, y que cerrar un debate quedándose con la última palabra es más bien una trampita digna más de políticos barriobajeros que de gente con cierta altura.
¡Ah! Para el que quiera remitirse, el post de marras está acá.
II – También nos peleamos con los "pro".
En el tema del aborto es complicado encontrarse con opiniones basadas en la razón. Pero no sólo del lado de los antiabortistas, también del lado de los abortistas, a muchos de los cuales el aporte de la ciencia o la posibilidad de que el embrión sea un ser humano los trae sin cuidado. En el último post que recuerdo respecto de este tema en mi blog la nota curiosa fue que los "anti" al menos solían recurrir al dato científico mientras los "pro" se dispersaban en vaguedades y diversas nubes gaseosas.
Uno de los comentarios más geniales fue que la decisión de si el feto era un ser humano o no correspondía a la madre porque es una "cuestión subjetiva" que le concernía sólo a ella.
A veces hay que recoger la mandíbula del suelo.
Curiosamente en el debate sobre el aborto las razones de los "pro" me convencen mucho menos que las de los "anti", por la sencilla razón de que en general parece importarles muy poco si lo que hay ahí es un ser humano o no. Generalmente se cuestiona a la iglesia o se denuncian sus fácilmente identificables hipocresías, pero resulta que eso es desviarse del asunto.
Que la iglesia condene el aborto no basta para justificarlo. Que el niño ya nacido vaya a tener una vida miserable tampoco tiene el menor sentido como argumento a favor del aborto, y hasta es peligroso porque implicaría que sólo los ricos pueden tener hijos.
Y en definitiva, entre uno que aprueba el aborto sin importarle un comino si lo que hay ahí es un ser humano o no, y otro que lo condena sinceramente convencido de que se trata de una persona, me quedo con éste último.
III – Una idea acá por favor...
Lo terrible es que el aborto es uno de los temas que más precisa de la razón. Es indispensable dejar de lado tanto los alaridos como las posturitas de moda y encuadrarlo como uno de los problemas filosóficos y éticos más difíciles e interesantes.
Como frecuentemente viene sucediendo, la opinión más certera, concisa y hasta diría elegante (buena noticia: la verdad no está reñida con la elegancia) fue la de Severian. El meollo del asunto es la definición de "individuo humano". Los antiabortistas recurren a argumentos más bien burdos: definen al embrión como "vida humana" (la "vida humana" se encuentra en cualquier célula) y recurren a ineptas alusiones al material genético (que también está presente en cualquier célula). Por su lado, a muchos partidarios del derecho al aborto simplemente les importa un bledo si se trata de una vida humana o no mientras no se toque el sacrosanto "derecho de la mujer a decidir".
Resulta que definir "individuo humano" es muy difícil. El proceso que lleva desde un cigoto hasta un individuo es profundamente dialéctico. Es aquí donde puede verse la transformación de cantidad en calidad. Es divertido ver cómo aquellos que postulan la identidad fundamental entre cigoto y persona utilizan frases como "deviene en un ser humano", "se transforma en un ser humano", "da lugar a un ser humano" sin darse cuenta de que con estas frases inadvertidamente admiten lo evidente: que no es un ser humano (justamente por eso "deviene", "se transforma", etc.).
Según Severian:
Estamos acostumbrados a creer que la palabra "pato" designa algo ontológicamente diferente de la alocución "no pato". Pero el mundo es mucho más complejo que eso. Un pato es un pato cuando vuela sobre la laguna, pero ¿sigue siéndolo cuando un cazador lo mete en su bolsa? ¿luego de horneado? ¿y de digerido? ¿cuando exactamente, en qué preciso instante, dejó de ser un pato?
No sé si Severian lo sabe pero este es un análisis pura y duramente dialéctico, aunque él lo llama escuetamente "complejidad". Ocurre, me parece, que nada puede definirse sin tener en cuenta su devenir, y el devenir de algo (de cualquier cosa) implica saltos de calidad a partir de variaciones en la cantidad.
Las definiciones formales que utilizamos para cualquier cosa ("gato", "mesa", "jeringa", "mono aullador", "un kilo de azúcar") son útiles para la vida cotidiana, pero en rigor son simples aproximaciones, no las cuestionamos porque a los efectos prácticos no es necesario. Pero a veces nos enfrentamos con problemas para los que la lógica formal no alcanza.
Los antiabortistas suelen chicanear con el planteo: "Si el cigoto no es un ser humano, ¿cuál es el punto exacto en el que deviene humano?". La respuesta es que el famoso punto exacto no es determinable, entre otras cosas porque no sabemos cuáles son las características que definen a un individuo humano, tenemos que definirlas nosotros. Pero la misma pregunta puede hacerse para cualquier cosa: la mesa de madera fue antes un árbol, el jugo de naranja fue en algún momento una semilla. Todo deviene y se transforma, toda definición humana es una mera convención basada en la experiencia. Y aunque digo "mera" debería decir "nada menos", ya que eso pone en nosotros una responsabilidad.
Tranquilamente podríamos decir que la semilla es una planta, pero el hecho es que discernimos una de otra porque hemos decidido que las características diferenciales de ambas justifican tal discriminación.
Si el almacenero va a vendernos un kg de azúcar y retira un grano no vamos a inquietarnos. Si retira otro tampoco. Si retira diez tampoco. Pero si sigue retirando granos es seguro que llegará un punto en el que para nosotros ya no será un kg de azúcar ¿Cuál es ese punto? Depende ¿De qué? De nuestros parámetros, que en el caso de un kg de azúcar indican que un grano menos no establece a los efectos prácticos una diferencia significativa en la cantidad de mates a endulzar. Pero si se tratase de otro compuesto químico es posible que una ínfima variación fuera determinante.
También conviene señalar que el "proceso" es en realidad infinito: si el cigoto es una persona, entonces ¿por qué no decir lo mismo de cualquier pareja "óvulo – espermatozoide"? ¿Es el espermatozoide media persona buscando su otra mitad?
Caemos en la cuenta de que no hay una sola cosa del universo que antes no haya sido otra: la mesa de madera antes fue un árbol, el caballo que galopa en la pradera deviene comida para buitres y abono para la tierra, ese jugo de naranja alguna vez fue una semilla ¿Dónde y cuándo una cosa deja de ser lo que es para ser otra? La pregunta – planteada con insidia por más de un antiabortista respecto del cigoto (¿cuándo es que se transforma en er humano, eeeeehhhhh?) – vale en realidad para cualquier cosa que intentemos definir.
Así que como señala Severian, somos nosotros los seres humanos quienes ponemos un criterio para definir lo que es humano. Esta libertad implica en realidad una responsabilidad. Nuestra responsabilidad. Una responsabilidad jodida si se quiere, pero necesaria.
Desde ya aclaro algo, los chistecitos ineptos del tipo "Mirá este tipo, compara una mesa o un pato con un ser humano" son precisamente eso: chistecitos ineptos que demuestran la incapacidad para establecer la identidad fundamental entre dos ejemplos. Si se cae un perro de un quinto piso las fuerzas que operan sobre él son las mismas que operan sobre un ser humano, y decir esto no establecer identidad alguna entre un perro y un contador.
Salute para todos. No se atropellen.
14.11.06
Compadradas: metiéndose con el origen del Universo

En el debate que surgió hace un par de posts se terminó hablando de dios y el origen del universo. Con qué habíamos empezado ya ni me acuerdo dado que este blog sigue la estricta norma de irse puntualmente al carajo en cada discusión.
Lógicamente, nuestro habitual invitado Mr. Dios no pudo estar ausente del asunto (la divinidad aparece con tanta frecuencia en este blog que pronto será ubicado por místicos a la búsqueda de dios en Internet).
Resulta que ahora me dieron ganas de hablar del origen del universo, tema sobre el que tengo tanta autoridad como sobre todos los otros: ni la menor.
En medio del despelote el amigo Severian planteó algo interesante:
"El mundo satisface ciertas leyes naturales, cuyo origen es una cuestión no científica."
Aquí aparece por primera vez la palabrita: origen.
Y amplía más adelante:
"Digamos que la cuestión del origen de las leyes naturales es puramente filosófica. Casi por definición me parece imposible dar una respuesta científica a eso. El científico puede "descular" las leyes que rigen el universo, darles una forma que sea consistente con todos los datos empíricos obtenibles, y que permita predecir el resultado de cualquier experimento imaginable. Ahora bien, por qué el mundo es así y no de otro modo es una pregunta no susceptible de ser falseada por datos empíricos, luego no científica."
La explicación de Severian parece autosuficiente a primera vista, y muy recatada; pero a mí me parece que se la puede seguir unas cuadras a ver si se le puede sacar algo más, un teléfono aunque sea.
¿Por qué el mundo es así?
Veamos: observamos que llueve, el científico estudia y da con el origen del fenómeno, ah claro, resulta que la masa de aire frío condensa el vapor de la nube y se precipita en forma de gotas. Genial.
Pero... ¿y porqué se forman las nubes? Elemental mi estimado, las mases de agua reciben energía del sol en forma de calor, el agua se evapora, bla bla bla. Hemos dado con unas leyes sencillas: el calor sobre una masa de agua aumenta la energía cinética de las moléculas y forma vapor, el frío las disminuye y se condensan gotas de agua.
OK, ¿Y esto por qué?
Bueno, digamos que la energía aumenta el movimiento de los electrones en los átomos que componen las moléculas y bla bla bla y bla.
¿Y por qué?
Bien, creo que ya nos damos cuenta de la dificultad. Existe un camino interminable de "¿por qué?" detrás de cada fenómeno, pero al mismo tiempo nadie puede declarar que la ciencia debe hacer stop y declararse incompetente para dar el próximo paso. Incluso preguntas más borrosas como "¿Por qué la injusticia, la violencia, etc.?" no tienen por qué ser vistas como misterios insondables. La razón por la que declaramos "por que sí" es sencillamente momentánea ignorancia.
Dialécticamente: momentánea y al mismo tiempo eterna. Nuestra ignorancia es infinita y precisamente por eso nuestro conocimiento no deja de avanzar.
Muchas veces intuyo que los caminos de la fe se deben a una impaciencia en la búsqueda de absoluto, de una explicación definitiva cuando la única explicación es precisamente que lo único definitivo es que todo cambia, que nos movemos en un continuum, si me perdonan el latinajo. Suponer la ruptura de dicho continuum para fijar un comienzo es actuar con la misma arbitrariedad con la que declaramos que la semilla es el origen de la planta, dejando de lado que es válido decir asimismo lo inverso.
Vivimos omitiendo datos para hacer la realidad más fácil. Fijamos un origen para todo olvidándonos que antes de ese origen hubo otro origen, y así.
A riesgo de que me tilden de new age, me interesa la vieja frase del I Ching: "Lo único inmutable es la mutación". Esta declaración es la que el relativismo cognitivo (y ético) quiere aprovechar como grieta para colarse y declarar que nada es cognoscible y que como todo muta entonces mejor no hacerse problemas, procediendo de una manera tan arbitraria como la fe, sólo que en sentido inverso.
Así andamos.
En cambio nuestros amigos los chinos llamaban la atención sobre el carácter dinámico de la existencia, que tiene leyes claramente expuestas, tan claramente que permanecen ocultas. Heráclito coincidía al decirnos que nadie cruza dos veces el mismo río. Y creo que fue Borges quien había notado que la frase tiene dos sentidos: uno manifiesto (el río nunca es el mismo) y otro más sutil (nosotros tampoco somos ya los mismos).
Así que cuando hablamos del origen del universo me parece que caemos en una trampa. El concepto "origen del universo" implica la caída en una zancadilla imperceptible que nos tiende nuestro trato diario con la realidad, que a los fines prácticos ignora la evidencia de que el concepto "origen" es tan inconcebible para nosotros como el concepto "infinito" o el concepto "nada".
Estamos acostumbrados a otorgar arbitrariamente un comienzo a las cosas, pero la verdad es que nadie ha realmente visto jamás un verdadero "origen". Lo sabe cualquiera puesto ante el viejo dilema del huevo y la gallina, planteo metafísico-avicultor que empleado de manera casual por mi abuela tuvo la virtud de proyectarme de golpe y vertiginosamente al origen de todo ya en mi más tierna infancia. Ahí me di cuenta de que sólo la mera comodidad nos lleva a afirmar que algo ha empezado, cuando en realidad sólo hablamos de transformaciones a partir de un estado anterior, nunca de un surgimiento de la nada: el partido comenzó pero antes había una cancha y jugadores en los vestuarios, y antes venta de entradas, y antes...
Suponer un origen de todo es postular la existencia de un punto temporal antes del cual no hay nada, dato absurdo: si no hay nada no puede haber un "origen". Y la invención de dioses como punto de partida es un antropomorfismo que omite por no accesibles al simple mortal las explicaciones acerca del origen del dios, con lo cual seguimos claramente a oscuras, si puedo ponerme gracioso.
Si el concepto de eternidad es igualmente inconcebible, a mí – si mi opinión vale de algo – se me hacen más amigables, o familiares, las teorías que sitúan la existencia como un hecho dado en lo eterno: el Eterno Retorno de Nietzsche, las teorías sobre la eternidad de la materia o el taoísmo. Querer ubicar un "comienzo" es en realidad un error de percepción, un espejismo.
No se me escapa que mi objeción también puede ser cuestionada de la siguiente forma: estoy proponiendo la imposibilidad de un comienzo para la materia en el tiempo, olvidándome que quizás el tiempo también tiene un origen, acaso el mismo para ambos ya que si la materia no es concebible sin tiempo, posiblemente tampoco sea a la inversa. Yo, acostumbrado como estoy a vivir en la dimensión temporal, planteo la pregunta "¿Y qué había antes?", olvidándome de considerar la posibilidad de un punto no espacio-no temporal para el que no hubiera ningún "antes".
La teoría del Big Bang satisface (me parece) una intuición que – dentro de nuestras limitaciones - siento muy redonda e interesante. Según lo que oí por ahí, el universo habría empezado como un punto de dimensión cero y densidad infinita. Sospechando una relación entre materia y tiempo aventuro que no se me hace filosóficamente tan descabellado suponer que en dimensión cero y densidad infinita no hay tiempo. Preguntar "cuándo" ocurrió esto es nuevamente caer en la trampa temporal. Ni la eternidad ni el no-tiempo pueden tener un "cuándo" ya que una es todos los instantes y el otro es la ausencia de instantes.
Son conceptos que forman una síntesis dialéctica estéticamente interesante, aunque algo vertiginosa.
En el medio de ambos, la existencia no parece ser más que una sorpresa, un raro accidente que nos encierra en su dinámica y no nos permite a nosotros – que somos parte – alcanzar sus fronteras.
Todo cambia, y todo cambio es un comienzo y un fin en cada instante. Ese comienzo y ese fin inconcebibles están ocurriendo perpetuamente, y lo que ocurre perpetuamente no ocurre nunca: el tiempo y sus instantes jamás han dejado de existir y por eso jamás han existido ni existirán.
Buenas tardes.
21.11.05
Tesis del Negro: un hombre no es una pelota

Eran todos negros. Recuerdo que me quedé concentradísimo observando los movimientos de la redonda en las manos de los morochos: la pelota girando en la punta del dedo con un equilibrio de dinámica-estática perfecto, y de pronto, con un movimiento imperceptible, más insinuado que ejecutado, le pelota se lanzaba a correr por el brazo, la nuca, el otro brazo, y así.
Por supuesto, luego intenté hacer cosas similares con la Plastibol, comprobando que si bien yo creía hacer lo mismo que los Harlem, la pelota insistía en la imprevisibilidad y la predilección por las vitrinas.
Me pareció entonces – y me sigue pareciendo ahora – que hay cierta habilidad específica de la gente de raza negra, o quizás de ciertas razas negras, que tienen una forma de moverse y de mover los objetos que es especial. No es que los blancos no puedan ser hábiles o que white men can’t jump, sino que hay un tipo de habilidad que es específicamente negra. Otras razas son hábiles de otra forma, pero ciertos negros parecen tener una relación privilegiada con los objetos inanimados.
Aprendí más tarde que muchas culturas de África son animistas (o eran, antes de que aprendieran cosas maravillosas como el cristianismo , el abuso del alcohol y la esclavitud). Las religiones animistas suponen que las cosas inanimadas (una piedra, un tronco) en realidad tienen un alma, que sólo es cuestión de saber despertarla.
Aquí hago un paréntesis: puede decirse entonces que los animistas creen que nada es inanimado. Porque la palabra "animado", me parece y sin tener un diccionario etimológico a mano, tiene que ver con "ánima", es decir, alma. Igual creo que debe ser para sus derivados "ánimo", "animar", etc. Y si me apuran creo que la palabra "unánime" debe tener que ver con "como una sola alma", palabrita que me gusta y que usó Borges en una memorable imagen: "en la unánime noche".
Bueno. Perdón, ¿en qué estaba? ¡Ah! Sí. El animismo. Me pregunto: ¿no será eso lo que hace que sean tan buenos moviendo una pelota? Digo, en lugar de cualidades físicas, una cualidad psíquico - cultural, el ancestro animista que les permite acercarse a un objeto "inanimado" con la confianza y la certeza de que no está inanimado en absoluto, sino que simplemente está regido básicamente por las mismas leyes que nos rigen a nosotros y que su animación es cuestión de conocerlas.
- Qué pelotudez, qué ingenuidad - dice uno que votó a La Alianza - Es muy obvio que una piedra no tiene vida, no se mueve, nabo. ¿Ves? Estos negros están como están porque creen esas boludeces.
Y un Negro africano, responde:
- ¿Está seguro de que no se mueve, maestro ? - y con una sonrisa muy blanca tomaría la piedra, o la pelota, o el tronco y haría algún malabar, un juego. Y la piedra, la pelota o el tronco se moverían con una gracia con la que no se mueven más de cuatro.
Claro - dice el anterior (u otro que creyó en el sistema bancario argentino) con tonito sobrador condescendiente desde su realismo y su sapiencia - pero esa pelota no se mueve por sí sola, mi estimado; usted la mueve, pero pruebe dejarla y si ninguna fuerza actúa sobre ella , la pelota estará quietísima. ¿Eh? ¿A ver? Dejelá a ver que pasa... ¿eh? ¿Se anima? ¿Eh?
A lo que el morocho, un poco asombrado, pregunta:
- Pero… ¿Y usted? ¿es que usted se mueve por sí solo? ¿no me diga ? Yo pensaba que usted para poder moverse tenía que comer, beber, calentarse al sol, en fin: extraer energía de otras cosas, como la pelota la obtiene de mí. Y usted tampoco se moverá para siempre: la pelota dejará de rodar, y un día usted también dejará de moverse. Usted es movido por otras fuerzas. A usted lo mueven, y a mí, y a todos.
- ¡Pero yo me muevo porque quiero! ¡yo tengo voluntad! - grita indignado nuestro amigo realista mientras revisa todas las boletas que va a pagar aunque no quiera.
- Mire, quizás a pelota también cree que la fuerza que la impulsa es su propio deseo. Y ni siquiera yo estoy seguro de que se trate del mío: ¿es mi deseo el que me impulsa a jugar con la pelota, o es el deseo de la pelota de ser movida el que influye sobre mí? ¿y si es el mismo deseo y no vale la pena atribuírlo? ¿Es que los deseos nacen de la nada, o algo los crea dentro de mí, de usted, o de la pelota?
- Mire, no tengo tiempo para estas pavadas. Me tengo que ir. Dedíquese a algo serio, ¿quiere? ¡Viejaaaaaa, poné a Tinelli que ya voy!.
Si el señor serio quisiera discutir un poco más podría hablar del concepto de "vida" y las definiciones científicas del asunto. Pero lo cierto es que los científicos se rompen la cabeza tratando de determinar el límite entre lo vivo y lo no - vivo, investigando virus fronterizos, paquetes de ácidos nucleicos, y conjeturando acerca del metabolismo y la reproducción; lo cierto es que es un tema mucho más complejito de lo que parece. El límite no es claro.
- Y es que el límite nunca es algo claro. - nos explica el Negro - Un hombre no es una pelota, pero la diferencia entre uno y otra no es tan fácil de establecer. Es cambiante. Tan pronto tomo la pelota y ella es parte de mí, y yo parte de ella. Y cuando la dejo ya nos hemos separado y volvemos a ser cada uno lo que es. Y es así con una mujer, con un amigo, con un animal. Somos individuos, pero también somos parte de algo. Todo lo existente existe de diferentes maneras. El límite no está señalado con un cartel, ni con una línea. Se mueve, como nosotros, como el Universo.
Sonriendo, el Negro remata:
Sólo podemos ser parte de un Todo si somos individuos separados, y para poder ser individuos separados dependemos de un Todo que nos defina.
El Negro, además de animista es sin duda un materialista dialéctico. Un capo el Negro.