Mostrando las entradas con la etiqueta Crónicas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Crónicas. Mostrar todas las entradas

23.11.06

Punga argento contra el imperio.

Ella va donde se le canta, claro. Para eso es la hija del idiot... del Presidente de la Potencia Número Uno. Ella tiene permiso para consumir todas las drogas que se le ocurran sin ser molestada porque los poderosos jamás transgreden la moral y las buenas costumbres hagan lo que hagan. El placer de un pobre es siempre indignante y repulsivo, mientras que el de un poderoso impone el respeto de la liturgia; vamos, no me va a comparar a Barbarita Bush con un lumpen de San Telmo.

Y justamente andaba por San Telmo ¿quién se iba a imaginar? Uno se pregunta qué pensará de Buenos Aires esta chica, y probablemente no piense nada: un segundo atrás del otro de una vida consagrada a vivir un segundo atrás del otro. Y no es por ponerse pesado contra ella, quizás es inteligente y sensible. Quizás le importa algo. Pero lo más probable es que sea una inimputable.

En eso estaba, de incógnito en un restaurante rodeada de sofisticados guardaespaldas con microfonito invisible y anteojos oscuros, gringamente hieráticos y tan convencidos de sí mismos, con el regocijo de su parafernalia celosamente oculto. "I’m a pro" piensan. "I’m protecting the Free World" piensan. Intentan no pensar en cambio que podrían estar vendiendo droga en el Bronx, o en la insignificancia de sus nombres, entre los que seguro hay mucho Tony Cardoso o Williams Pereda.

Los gringos estaban tan concentrados en estar concentrados que lógicamente no podían ver a un ladrón argento, especie escurridiza mezcla de artesano e instantáneo psicólogo urbano, capaz de detectar en la actitud, los gestos y la mirada del gil ese segundo imperceptible en el que está justito maduro para cosechar su cartera, su tarjeta de crédito, su celu y su billetera dejando a cambio una enseñanza zen: "Tu espejo te devuelve la imagen de un capo. Funciona mal".

Así que el punga se hizo la cartera de la rubia, pasando discretamente de costado como un monje chino entre orangutanes borrachos, un guerrero de lo mínimo. Su mano ejecutó con elegancia y discreción un pase maravillosamente indoloro, como si ese bolso de mujer fuera su propiedad de toda la vida. Perfecta sincronización con el Orden Universal con el que nuestro punga se tutea en esos momentos, precisamente porque nada la importa menos.

Y seguro que en la fascinante cartera se encontró con cosas triviales: pañuelitos de papel, una billetera con fotitos, papelitos anotados y claro: el celu y los dólares que habrá limpiado antes de dejarla en una pizzería.

Parece nomás que los imperios están construídos por hombres, así que no será descabellado pensar que los hombres pueden derrumbarlos. El punga sin pensarlo siquiera nos acaba de enseñar que se trata de simplemente gente.

Hay una palabra argentina, una palabra porteña y preclara que oculta sus maravillas en la cotidiana y permanente divulgación que el pueblo llano le regala al relanzarla una y otra vez, pero que en ocasiones especiales surge imprevista como la afirmación del adjetivo más exacto, un milagro de precisión poética que vale la pena detenerse a admirar aunque sea por un instante.

Esa palabra adquiere entonces la belleza severa de un haz luminoso que cae impiadoso sobre el rostro, iluminando unos ojos más bien redondos y una incierta boca entreabierta. La palabra nuestra que – gritada libre por una socarrona voz del pueblo – es el majestuoso testimonio de una verdad definitiva:

Boludos.

3.11.06

Hoy y ayer

Le decían Valijita.

Nunca supe porqué. Traía una valija, como todos. Quizás fuera la forma de sostenerla, como si llevara algo especial dentro. Una bomba. Cartas de amor. Pruebas comprometedoras.

En el secundario uno aprende a sobrevivir. Se viene todo encima: el mundo, los sueños, el sexo y los ideales, el temor y la vida. Uno se viene a sí mismo encima, ese que vamos a ser, ese que no seremos nunca.

Y encima el parcial de mañana.

Le decían Valijita y siempre se hacía el distraído. Lo cierto es que oía y veía. Y callaba.

Valijita era homosexual. Nunca supe su nombre. Era el marginal, el otro, ese fenómeno ridículo y digno de la doble maldición del escarnio y la lástima.

Lo cierto es que en ese momento de la vida todos somos un caso. Ser diferentes es nuestro orgullo y nuestra vergüenza, y oscilamos permanentemente entre ser parte del grupo y ser ese que no sabemos aún de quién se trata. Remarcamos los rasgos en un esfuerzo de afirmación, y ese esfuerzo muchas veces conlleva el escarnio del otro como forma de exorcizar nuestros fantasmas.

A Valijita no lo fajaban ni lo insultaban, los tiempos ciertamente no daban como para eso. Pero lo cierto es que Valijita no podía de ninguna manera acercarse a "nosotros". Entre "nosotros" posiblemente hubiera algún homosexual o futuro homosexual frecuente o esporádico o diverso, platónico o carnal, pero quien fuera podía hacer algo que Valijita no: disimularlo.

No es que le pegaran. Ni siquiera le hacían bromas. Ni siquiera le daban la posibilidad de contestar una piña o un insulto. Era el vacío. El chiste del puto. No era culpa nuestra, sencillamente el mundo está hecho así, viste. Pobre. Son enfermos. Es que nacieron con hormonas femeninas. Es psicológico, boló. Yo no me le acerco. Cuidado no te agachés. Ja ja ja. Boló, corré que ahí viene.

Entiéndase, era una cuestión de standards sociales. No éramos prejuiciosos, no lo odiábamos. En aquel momento prejuicioso era, qué se yo, un neonazi, unos que fueran en banda y lo reventaran. Nosotros no. Nosotros simplemente lo rodeábamos de ese cordón sanitario normal, digamos. Natural. Lógico.

Yo no era peor que los demás. Tampoco mejor, y eso es lo que cuenta.

A veces me ponía a pensar cómo lo pasaría, o cómo sería su vida. A veces me dolía, o lo juzgaba injusto, pero mucho más fuerte era la necesidad imperiosa de jugar el supremo juego que tan bien jugábamos todos. A veces pensé en acercarme y charlar, pero hacían falta unos huevos que yo no tenía. Si fuera por los pensamientos nobles todos seríamos gente de pro, sin duda.

Hacer, no hice nada.

Las culpas no se lavan, Uno fue lo que fue y es lo que es. Lo que sí se puede es cambiar.

Si una cosa puedo rescatar de los tiempos que corren respecto de otros pasados es que la aceptación de la diferencia tiene una dimensión estrictamente ética – lejos de la multipelotudez – que es la única que me gusta. Es la única pero es fundamental. Hacer sufrir a otro, declararlo inferior, enfermo o inaceptable cuando ese otro no nos hizo nada es indudablemente la conducta de un cobarde o de un flagrante tarado, pero fue durante mucho tiempo la norma.

Las culpas no se lavan, decía. Pero se puede aprender. Es cierto que hoy es más fácil, y seguro que hoy no soy más valiente que ayer, pero sí un poco menos estúpido. Hace unas semanas se cumplió el primer aniversario de una boda que tuvo lugar el año pasado en un pueblito perdido de Catalunya. Un amigo mío que se casó con quien hoy es su compañero.

Adivinen quién firmó como testigo.

30.10.06

Ayer y hoy



En los '60 y los '70 - dorados años para el pensamiento - se discutía. Se discutía filosofía, política, el futuro del mundo, el cine arte, el cine debate, el papel del arte en la construcción de la liberación, el compromiso, y así.

Es verdad: estaba lleno de chantas, verseros y giles diplomados, nadie trata de negarlo. Tipos que llevaban a Marx o a Sartre o a Fanon bajo el brazo simplemente para levantarse minitas. La nouvelle vague a veces abusaba de la paciencia. En el café hacían la revolución los que hoy nos explican la muerte de las ideologías.

Pero el hecho de que para levantarse a una mina hubiera que posar de intelectual comprometido (incluso siendo un ganso) al menos marcaba una tendencia interesante, una dirección, un zeitgeist digamos, qué se yo.

Hoy... hoy asistimos atónitos a algo que en aquella época parecía impensable: el ataque en toda la línea contra la enseñanza científica en las escuelas, la defenestración de Darwin, la reivindicación de la ignorancia y la cereza sobre el postre: la grave, pormenorizada y solemne discusión sobre la existencia o no del... limbo.

Son tiempos muy, pero muy malos para el pensamiento.

Si me llaman nostálgico diré que a veces no queda otra que serlo. No está nada mal tener nostalgia de tiempos en los que pensar era un mérito y en los que semejante tema hubiera sido contemplado como un impensable delirio de cavernícolas.

Si me apuran, diré que se trata hasta de una cuestión estética.

Francamente, yo iba a escribir algo más, créanme, pero me agarró como un cansancio ¿vieron? Nada puede hacerse frente al ridículo. Mejor dejarlo ahí y contemplarlo con paciencia, a ver hasta cuándo piensa durar.

31.7.06

Truth 100%

- Mirá, tiene las tetas hechas
- ...
- En cambio esa no, ¿ves? Esa las tiene bien.
- Mi amor...
- ¿Qué?
- Estamos mirando una vidriera, esos son maniquíes.

10.3.06

Apuntes sobre Buenos Aires II

Extrañaba mucho cosas como estas. Sólo nuestro fantástico país puede darlas. Buenos Aires puede hacer salir de sí misma esta extravagancia crepuscular, este entusiasmo por lo absurdo, esta inagotable vitalidad circense. No terminamos de derrumbarnos porque nuestra capacidad para ilusionarnos no importa con qué fetiche es infinita. El músculo argentino se ejercita sin cesar. Al pedo, pero sin cesar.

Si menciono el nombre de Gabriel Ruiz de los Llanos, posiblemente la mayoría se pregunte quién es el mono ese. La respuesta: es un maravilloso ser, casi diría un Ser de Luz, producto dilecto de este genial circo. Vamos a repasar su proficua vida.

Allá por los turbulentos ’70 existía una organización terrorista llamada Triple A. Su órgano de prensa era una pestilente publicación denominada El Caudillo, vinculada a los sectores de extrema derecha del peronismo, algo así como el lugar desde el cual es imposible caer más bajo.

Pues bien, un día la citada cloaca publicó un poemita en el cual se llamaba a los argentinos de bien a la cívica tarea de invadir el barrio del once y matar a todos los judíos. Un simpático pogrom, bah. ¿El autor? Claro que sí: Gabrielito.

Gabrielito publicó otros
poemitas que aún hoy son recordados por la extrema derecha. No exijamos demasiado, se trata de balbuceos de métrica vacilante, compadradas imaginarias contra enemigos fantásticos y demostraciones de fuerza sobre el papel, que son las típicas descargas adultas del boludito al que en la secundaria todo el mundo fajaba y tenía de punto.

Y algo de eso parece que hubo, fíjense: con el advenimiento de la democracia, allá por los ’80, Gabrielito tuvo una conversión. Le dio por acercarse a la DAIA y hacer un mea culpa. Se presentó y dijo: "¡Yo fui antisemita!" golpeándose el pechito argentino. Publicó asimismo un librito llamado El Antisemita en el que explica más o menos que como sus viejos eran un par de fracasados y él se sentía medio estúpido, bueno, le dio por antisemitificarse.

Al parecer en la DAIA no le dieron mucha bola, o no toda la que el quería (aunque incluso se había puesto a estudiar hebreo en un intento de demostrar… no sé, que era estudioso, qué se yo), porque se enojó. Mucho. Armó no se sabe qué pelotera y volvió al primer amor.

Así que Gaby desempolvó sus poemitas de antropoide y perpetró más libritos que no leyó nadie acerca de la guerra contra la subversión, la patria, el gaucho y otros de temática variable que revelan su multifacética ineptitud, entre los que destaco un título muy sabroso: Lo Argentino en el Tango, que vendría a ser algo así como Lo Brasileño en la Bossa Nova o Lo Esquimal en el Iglú.

Y no resisto la tentación de uno más: Santos Vega, Martín Fierro: los Tres Gauchos Orientales; queriendo yo suponer que se trata de alguna ingeniosidad un poco desafortunada y descartando desde ya que se trate de un error matemático en la suma de gauchos, o confusión acerca de algún posible dúo Santos & Vega o Martín & Fierro.

Pero faltaba el remate. Ah si, si... la capacidad de asombro es ilimitada, niños. Paseando por Corrientes me encontré hace unos días con unos afiches en los que se vindica al Islam. Pero no a cualquier Islam, no, no, no; estamos hablando del Islam Argentino, que buena falta nos estaba haciendo.

En papel tamaño afiche y con un esotérico dibujito que combina una estrella marroquí con un… filete porteño (créanme, sean buenos, mi salud mental es excelente por el momento), el texto explica que el Islam no tiene por qué ser árabe, y que es una castración del Ser Nacional Argentino el hecho de que los musulmanes criollos se tengan que cambiar el nombre Juan o Pedro por el de Abdul o Ahmed. "¡Dios no es árabe!" clama, y aunque tampoco afirma que sea argentino, aboga firmemente por un Islam auténticamente nacional, para lo cual ofrece - en serio, fuera de joda les digo - los más de 10.000 versículos de El Corán traducidos al español… en décimas criollas rimadas. Sí, es eso, no me lo hagan repetir, que voy y me lo compro.

No necesito decir quién es al autor de esta imprescindible iniciativa que tanto estábamos esperando. Lo que sí me encantaría saber es de dónde sale la guita para financiar estos delirios. Debe ser alguien que está muy, pero muy aburrido.

Gabrielito Ruiz de los Llanos ¿Sabés qué? te quiero; la vida es un cabaret.

24.2.06

Mogo stone y mogo izquierda

Me parece que está pasando algo grave, desde hace ya demasiado tiempo, con cierto sector de la juventud. Me corrijo: en realidad no se trata de la juventud sino de un problema general del cual la juventud es el emergente visible.

Y ya sé: hablar de "la juventud" parece colocar al enunciante en la categoría de viejo choto y sentencioso, pero en realidad no es necesariamente así ya que nada impide que una persona joven observe más o menos lúcidamente a la juventud.

Veo por el noticiero los incidentes alrededor del estadio en el que tocan los Rolling Stones. Un kilombo general: corridas, botellazos, autos destrozados, palazos de la cana, piedrazos, etc. etc. Asisto - entre varios diálogos entrecortados - a éste entre el reportero y un pibe:

Periodista: - ¿Qué pasa?
Pibe Rolinga: - Que no podemo entrar... no nos dejan entrar... nos están cagando a palo...
P: - ¿Tenés entrada?
PR: - No... ¡No la pude comprar!
P: - Pero sin entrada no los van a dejar entrar... ¿no sería mejor irse?
PR: - ¡No loco! ¡Sho lo quiero ver a Shaguer loco!
P: - Pero sin entrada...
PR: - ¡A mi no me importa loco! ¡Sho lo quiero ver a Shaguer y lo voy a ver a Shaguer! ¡Shaguer es mi ídolo y no me voy y aguante Shaguer y aguante losestóoooooooooon! - dicho esto último en una especie de alarido inarticulado. El pibe se suma a una nueva corrida revoleando la remera.

Ahora bien, ante esto caben dos actitudes, una que conocemos bien:

- Son unos negros / en este país hace falta mano dura / más represión / el rock es satánico / etc.

Esta no me preocupa demasiado. Pero hay otra que me preocupa: es la actitud de eso que cada día más difusamente llamamos "izquierda" cultural o política.

Esta actitud consiste en culpar a la organización, a la policía, a una combinación de ambas, hablar de "los problemas de los jóvenes" y dejar todo más o menos ahí, evitando decir lo que hay que decir.

Creo que no hace falta aclarar que el que escribe no es precisamente un simpatizante de la cana. Ni de los organizadores de este tipo de espectáculos. ¿Los Rolling? Me gusta mucho escuchar Jumpin' Jack Flash pero esto no tiene nada que ver con lo que ocurre aquí. No tiene nada que ver con recitales de música, ni siquiera con espectáculos públicos. Es otra cosa.

Me parece que esos pibes necesitan desesperadamente que se empiece por decirles la verdad.

Y la verdad comienza por esta frase: "Sos un imbécil".

Después podemos agregar más cosas, pero primero lo primero: "Sos un imbécil, dejá de serlo".

Esto es algo que la izquierda parece no atreverse ni a insinuar.

Tener grandes sectores de la juventud imbecilizados es solamente el síntoma de una sociedad muy enferma. Desde ese punto de vista es una responsabilidad colectiva. Pero ocurre que (se supone, supongo yo, no sé) es la izquierda la manifestación política cuya misión principal es dirigirse a los jóvenes trabajadores preocupándose por la opresión que sufren, la que primero debería denunciar claramente esto: el sistema imbeciliza y hasta el momento está teniendo un éxito espeluznante.

Todo el resentimiento de esos pibes está exclusivamente volcado a poder o no entrar a ver, a adorar, a sacralizar a unos tipos a los que les importa un bledo nada de ellos. No es que los Stones sean mala gente, simplemente hacen su negocio y nada saben de exclusión social ni de frustración, ni de necesidad de encontrar algo que saque de la desesperación a los jóvenes. No tienen por qué hacerse cargo de eso.

Pero alguien sí tiene.

La imbecilización toma la forma de una descarga impresionante de energía que no redunda en el más mínimo reconocimiento de sus derechos. Esto incluye tanto a los que pagaron una entrada a precios que representan un lujo para sus salarios, como a los que fueron a romperse la cabeza con la cana para pasar sin pagar.

Estos sacrificios son incluso mostrados por ellos como un orgullo, una muestra de no se sabe qué lealtad ridícula. Se parece mucho a una religión: el vacío de los cielos a falta de otro reconocimiento, a falta de otro derecho, a falta de otro respeto que nadie les otorga.

La izquierda, al no denunciar esta imbecilidad claramente ante ellos mismos, que son los primeros interesados, hace exactamente lo mismo que Grinbank, los Rolling, los equipos de fútbol o quien sea: alimentar la demagogia para hacer negocio. Un negocio de partido burgués, no la política clara de un partido revolucionario (la palabrita tan demodée).

Porque la izquierda política (esa hartante colección de sellos de goma) ve a la gente a la que se dirige exactamente igual que un partido burgués: como una clientela. El partido burgués de derecha lisonjea a la clase media alta, el partido burgués "transversal" lisonjea a la clase media insegura y el partido burgués de izquierda lisonjea a los excluídos y descontentos.

Todos esperan lo mismo: un voto.

Para esto la crítica no es negocio, así que la izquierda evita la crítica agarrándose de cualquier cosa para evitar dirigirse al sentido de la responsabilidad en estos pibes. Responsabilidad que no tiene nada que ver con el callejón sin salida por el que les exige entrar la burguesía (sé un buen chico, conformate con dos mangos, cerrá la boca) sino responsabilidad para invertir esa energía en acciones concretas: organizarse, defender sus derechos, exigir lo que les corresponde.

No se puede utilizar a la policía, ni a la organización, ni siquiera al sistema - aunque tengan todos su parte - para ocultar la responsabilidad de estos pibes. La responsabilidad de bancarse años y años de salarios miserables para luego ir a descargar su furia y su resentimiento en una cancha. Hay que decir que son unos imbecilizados, y la mejor forma es emplear la palabra exacta.

La izquierda no lo hace porque lo único que espera de ellos es un ridículo voto. "Votá a la izquierda que puede entrar" fue el slogan de no sé qué partidito pseudotrotskysta. ¿"Entrar" a dónde? ¿Para qué? No importa: vos votá, y si me votás sos un capo. Votame boló, aguante los estón.

Me gustaría que en la izquierda se empezara a hablar otro lenguaje, con otro mensaje y otras perspectivas. Porque me parece que un día la tan ridícula y vergonzante Revolución va a dejar de ser una utopía. Va a ser una desesperante necesidad.

19.2.06

Apuntes sobre Buenos Aires I

En una pared alguien escribió:

Hitler no murió, está mutando.

Imposible saber si con alarma o alegría.

Suponer que Hitler muta, que ya no tiene rostro; que hoy no hacen falta los gestos convulsivos del encarnizado pequeño burgués. Como alguna vez señaló Cioran, toda esa palabrería sobre la superioridad de la raza era un lastre inútil, un síntoma de desesperación.

Hoy la producción en masa de muerte es indolora, ajena a los grandes discursos, simplemente lamentable, pero inevitable. Cara de circunstancias.

Con la ironía del aerosol y ese gusto porteño por desarreglar, por buscar variantes, alguien cambió unas letras, agregó otras y dejó:

Hitler no murió, se está mudando.

Quizás esté haciendo las dos cosas. Por las dudas yo vigilaría el barrio.