28.8.07

Money., money, money...

Las vacaciones me han permitido recobrar fuerzas, fuerzas que me encantaría invertir en algo productivo: me iría ya mismo a las Bahamas.

En fin, seguimos con estos debates que hacen de Jugo de Ladrillo el blog más popular entre los amantes del manga.

I - Sobre la peligrosidad de las citas

El que haya seguido algunos debates por acá sabrá que no soy muy amigo de las citas. Hay varias razones.

Una es que me parece que se abusa de la cita. Los psicólogos, los científicos, los cientistas sociales... los marxistas, agh! La cita es ley.

No es que me oponga a las citas, sólo me parece que cuando se las formula se olvida que leer algo es sólo una parte del asunto, queda mucho por delante: aplicar la cita al punto del que se trata, demostrar su relevancia para sostenerlo o refutarlo y por último asegurarse de que el autor no ha corregido su encuadre posteriormente, o bien que otros autores – contando con más datos – no lo han hecho.

Y esto vale mucho más cuando se habla de autores de obras profusas y complejas (que casualmente son los que más se citan). Es fácil constatar que a lo largo de la obra de un científico – y Karlitos lo era – se encontrarán muchas afirmaciones que luego serán matizadas, completadas, enmarcadas, corregidas o contradichas.

Por ejemplo, si yo dijera que el imperialismo cumple un papel progresivo en el desarrollo capitalista de una nación atrasada podría perfectamente apoyarme en los escritos del joven Marx acerca de la India. Podría convertir a Marx en un apologista del imperialismo como lo han hecho una multitud de populistas gansos y liberales que se arrastran dejando un rastro de baba en las revistitas de moda. Si yo hiciera tal cosa ¿Estaría repitiendo fielmente a Marx? Si ¿Sería marxista? No.

Qué cosa ¿no? Es lo que tienen los pensadores que realmente valen la pena, nos piden bastante más que repetir sus páginas.

En una polémica con Trotsky, Bujarin empleaba una serie de citas de Lenin, el camarada León David – que tenia un oído fino y una memoria agudísima – lo increpó:

- Pero Lenin ha escrito otras cosas en las que contradice totalmente lo que Ud. está afirmando.

Bujarin le contestó con cara de pedernal:

- Claro, pero yo tomo sólo lo que conviene a mi tesis.

Claro macho, así cualquiera.

II – ¿El dinero es un medio de producción?

En un debate (aquí abajito, el antepenúltimo post, fijesé) me atreví a sostener que sí, y puse un ejemplo sencillo a decir basta: un hombre tiene dinero en el bolsillo, compra una máquina y con ella produce X mercadería. En este caso el dinero ¿no ha actuado como medio de producción?

Se me ha dicho que no con profusión de citas y numerosas alusiones a la ortodoxia. Se transcribieron párrafos de El Capital y se habló de las “categorías marxistas”. Lo que no se ha sido capaz es de explicar – y esto es lo preocupante habida cuenta de que quien invoca la ortodoxia se supone sabe aplicarla a la realidad – es definir en qué se diferencia tener dinero en el bolsillo de tener una máquina desde el punto de vista de la capacidad productiva. Cuando digo “preocupante” no aludo a Dolmancé sino a quien se reivindica “ortodoxo" y “conocedor de las categorías”.

A mi me parece que tener dinero es como tener una máquina, un medio de producción. Qué digo: tener dinero es tener en las manos el medio de producción más versátil. Con él puedo comprar no sólo la máquina sino también la fuerza de trabajo y la materia prima. El dinero no sólo es un medio de producción, es EL medio de producción por excelencia, aunque por supuesto no es sólo esto, es más.

III – Ahora cito yo

¿Me permiten? Gracias.

Marx dice:

"El dinero, en cuanto tiene la propiedad de comprarlo todo, de apropiarse de todos los objetos es pues el objeto por excelencia. La universalidad de su cualidad es la omnipotencia de su esencia; vale, pues, como ser omnipotente..., el dinero es el alcahuete entre la necesidad y el objeto, entre la vida y los medios de vida del hombre".

Y también explica que el dinero transforma las creaciones humanas en una representación abstracta.

Esto está, para el que quiera leerlo, en Manuscritos Económico Filosóficos, El Poder del Dinero. Es interesante cómo Marx caracteriza al dinero en su formidable y monstruosa capacidad proteica, citando por ejemplo a Fausto:

¡Qué diablo! ¡Claro que manos y pies,
Y cabeza y trasero son tuyos!
Pero todo esto que yo tranquilamente gozo,
¿es por eso memos mío?
Si puedo pagar seis potros,
¿No son sus fuerzas mías?
Los conduzco y soy todo un señor
Como si tuviese veinticuatro patas.


Siendo en sí mismo nada, el dinero lo es todo, porque como representación puede transformarse en lo que sea. Al facilitar todas las transacciones comerciales por medio de una representación abstracta y contable el dinero permite transformar en mercancía cualquier cosa: la fuerza de trabajo, los medios de producción, incluso el dinero puede convertir en mercancía al dinero mismo con el préstamo a interés.

Siguiendo con Marx:

Lo que mediante el dinero es para mi, lo que puedo pagar, es decir, lo que el dinero puede comprar, eso soy yo, el poseedor del dinero mismo. Mi fuerza es tan grande como lo sea la fuerza del dinero. Las cualidades del dinero son mis —de su poseedor— cualidades y fuerzas esenciales. Lo que soy y lo que puedo no están determinados en modo alguno por mi individualidad.

Esto es el dinero para Marx, y es la definición más exacta y lúcida que pueda concebirse. El dinero no es nada en sí mismo, pero ese no ser nada le permite ser todo. Cuando tengo dinero puedo optar incluso por la forma en como lo haré producir: puedo comprar la máquina X que fabrica zapatos o la Z que fabrica helados, o puedo simplemente prestárselo a otro para que lo haga en mi lugar.

IV – Ejemplitos

Por supuesto, se me dirá que el dinero no ha “producido” realmente nada, que aquello por lo que el dinero se intercambia ya existía. Es verdad, pero recuérdese que el medio de producción tampoco produce realmente nada, es simplemente aquello que permite extender la capacidad de trabajo humana, siendo el trabajo el único generador de riqueza.

En ese sentido, el dinero también aumenta mi capacidad de trabajo: le pago a veinte ñatos para que hagan tal o cual cosa. Ellos me venden su fuerza de trabajo (no el trabajo en sí, distinción sutil pero que aquí se vuelve totalmente relevante) con lo cual yo me apropio de la fuerza de trabajo de ellos como me apropiaría de la fuerza de trabajo de una máquina. Mi fuerza de trabajo se multiplica entonces por veinte como las patas de los caballos de Fausto ¿Y qué hago con esa fuerza de trabajo que ahora es mía? Pues trabajar, produzco bienes.

En algunas islas de Polinesia existen artesanos que realizan tallas en madera. Uno puede ver hileras interminables de morochos haciendo dragones, serpientes y toda clase de objetos de adorno. Sus herramientas les pertenecen pero la materia prima es provista por una empresa que además les paga por su trabajo y se lleva sus tallas, que luego vende en el mercado europeo. No necesito decir que la diferencia que saca la empresa por talla es muy reconfortante.

Ahora bien, ¿dónde está aquí el medio de producción poseído por el capitalista? Fuera de la cadena de distribución – que encima normalmente está tercerizada – prácticamente no hay otros capitales invertidos en este negocio. Te doy la madera, vos me hacés la figurita, y listo.

Esto para no hablar del espinoso mundo de las empresas de servicios. O de quienes viven de rentas financieras.

Para esquematizar el ejemplo: supongamos que no poseo máquinas sino que sólo tengo dinero. Con dinero compro la materia prima y la fuerza de trabajo de los veinte ñatos mencionados que hacen alguna clase de trabajo manual produciendo alguna artesanía que luego vendo ¿No me convertí en capitalista sin poseer ningún medio de producción, a no ser dinero?

Ahora supongamos el ejemplo contrario: tengo una máquina. Varias máquinas. Una fábrica entera. Tengo también materia prima. Pero no tengo un mango en mi cuenta corriente ¿Puedo producir algo? A menos que encuentre a alguien que labure gratis un tiempo, no. Tendré que vender parte de mis materias primas o mis máquinas para conseguir (adivinen qué cosa) dinero con el que pagar a los laburantes ¿no?

O sea que sin “medios de producción” puedo aún producir algo si tengo dinero. Pero sin dinero no puedo producir nada, incluso poseyendo “medios de producción”.

¿El dinero no es entonces un medio de producción?

Si alguien quiere decir que no, está muy bien; pero por favor expliquemos por qué. Y si no somos capaces, entonces no nos aferremos a “las categorías” y tratemos de entender qué ocurre. Repetir como un loro que “no, no, no”, no sirve.

Hay que recordar de dónde provenía el debate original: si cabía la posibilidad de considerar pequeño burgués a una persona con un determinado saldo en su cuenta corriente (una suma lo suficientemente importante como para poder ser intercambiada por medios de producción en una cierta escala). Yo creo que decir que el dinero es un medio de producción indirecto es entonces perfectamente válido y ajustado tanto a Marx como a la praxis: intente cualquiera producir lo que sea sin dinero compitiendo contra quien produzca lo mismo con dinero, y luego me cuenta.

Y esto es lo que nos lleva al segundo puntito, la pregunta acerca de si una determinada capacidad de acumulación cambia o no la pertenencia a una clase. Pero para eso me voy a gastar otro post.

Buenas noches.

12.8.07

Me borro unos dias...

Me voy de vacaciones, a dar unas vueltas por la Toscana italiana.

El navegante curioso puede participar del debate en el post anterior, aquí debajo. Los comentarios seran administrados pero quizas yo ande un poco lejos de los teclados como para participar. Bah, igual no se pierde demasiado.

Traeré fotos.

Salutes.

10.8.07

Definición de "clase social" (peromiradondesefueameterrrr!)


Bueno, vamos con un post marxistón de esos que le gustan a la gente.

Hace poco por acá se comentó acertadamente que Marx no dejó ninguna definición del concepto “clase social” (Dolmancé). Si bien el mismo es peliagudito, complejo y necesita algo más que una definición en cuatro palabras, lo cierto es que tampoco tenemos a mano ningún esquema teórico formal dirigido específicamente a definirlas que Marx haya elaborado (creo que trabajaba en eso precisamente poco antes de su muerte) aunque tampoco se puede decir que no las haya definido en absoluto a lo largo de su obra.

Ya lo escucho a Carlitos gritando “Pero che, ¿tengo que definirles todo yo muchachos?”.

Al mismo tiempo durante un interesante debate que mantuve con una persona de ideología marxista mucho mejor formada que la mía, tratando la política que un partido revolucionario del proletariado debería adoptar frente a la pequeña burguesía, intenté definir qué es para mi la inasible “pequeña burguesía”. De aquí saltamos a la definición de “clase social” y recibí una serie de objeciones que voy a ir planteando aquí a medida que la ensayo.

Se me dijo que me aparto de la ortodoxia, yo creo que no. Desde ya evito caer en las Máximas Webadas acerca de status económico, político y prestigio, éticas protestantes y otros cambalaches inventados por Max Weber sobre los que se han basado un montón de simpáticos charlatanes capaces de entretener a cualquiera en persona por unos cuantos miles de dólares.

Pero lo interesante sería determinar si mi análisis tiene algo de interesante o no, y de paso ver si es cierto que agarré para el lado de los tomates, claro.

¡Vamos Jack, muévala como si supiera!

I – Las clásicas clases, definición.

El modelo marxista clásico estructura las clases sociales sobre la base de las relaciones sociales de producción, así que para definir las clases tenemos un esquema que parece simple: proletarios son aquellos que venden su fuerza de trabajo, burgueses son los que poseen los dichosos medios de producción, capaces de explotar el trabajo de los proletarios.

¿Y los pequeños burgueses qué son?

Marx los consideraba una clase destinada a desaparecer. Viendo el incremento de la brecha entre los deciles más altos y más bajos de la población mundial (pongamos por ejemplo la argentina) esto parece que se va cumpliendo pese a las ilusiones de la llamada “clase media”.

Pero desde un punto de vista estrictamente marxista el término “clase media” no existe y las clases no se definen por los niveles de ingreso. Como nos basamos sólo en la propiedad de los medios de producción lo único que tenemos es el concepto de “pequeña burguesía”, que estaría constituido por aquellos que son propietarios de bienes de producción, pero a una escala tan pequeña que no les permite explotar trabajo asalariado sino que sólo pueden explotarse a sí mismos. Un kiosquero, por ejemplo, o un pequeño productor campesino.

Así que el esquema de definiciones propuesto para definir “clases” sería éste:

a) Burgueses (poseen medios de producción y explotan trabajo asalariado).

b) Pequeños burgueses (poseen medios de producción pero no pueden más que explotarse a sí mismos).

c) Proletarios (no poseen medios de producción y deben vender su fuerza de trabajo).

II – Cuestionando.

Como válida, esta definición es válida. Podemos ubicar a cualquier individuo en alguna de las categorías precedentes, sin duda. Pero la pregunta es ¿de qué nos sirve a los efectos prácticos esta definición?

El primer cuestionamiento que haría cualquiera aparece cantado: un gerente de una multinacional (que no posee ningún medio de producción y depende de un salario) gana 15.000 pesos por mes, un obrero menos de diez veces eso ¿ambos pertenecen a la misma clase?

Acá es posible creer que uno cae de cabeza en Weber y su categoría “status económico”: el obrero y el gerente pertenecen a clases diferentes en función de su ingreso... ¿No estamos hablando de la estratificación económica? Marx nunca habló de las clases como estratos de renta, con lo que al parecer aquí Weber tendría algo de razón en este punto, más allá de otras docenas de conceptos suyos mucho más endebles.

Meter en la misma bolsa a un gerente y a un laburante raso sólo porque ninguno de los dos posee realmente la empresa para la que laburan ¿no es un poco excesivo?

Acá creo que vale hacer una pausa, dejar la pregunta en suspenso por ahora, tomar un sorbo del cafecito y preguntarse inesperadamente: ¿qué es una definición?

III – Eso, ¿qué es?

Una definición describe un objeto según un criterio. Por ejemplo: la definición taxonómica de un pájaro y un murciélago los ubicará en categorías diferentes. Pero si mi definición es “animales que vuelan” resulta que ambos están en la misma (junto con el chancho). Definir algo es adecuarse a un criterio.

Así que si el criterio de nuestra definición se basa en la propiedad de los medios de producción, podemos admitir que por el momento el obrero y el gerente juegan en el mismo equipo.

Pero si observamos la realidad vemos que en los hechos difícilmente lo hagan. Veamos.

IV – La famosa praxis

Supongamos que en una empresa la comisión del sindicato decide ir a la huelga ¿Puede esperar que todo aquel que – según la definición que tenemos hasta ahora – pertenece a la clase trabajadora vaya a la huelga?

Evidentemente no, se sabe perfectamente que más allá de los porcentajes de deserción lo normal es que un gerente que gana quince lucas muy difícilmente se halle siquiera encuadrado en el sindicato, aunque no tenga ni una acción de la empresa.

Una objeción posible a este simple análisis es que el nivel de conciencia de clase no es uniforme en todo el proletariado y que la ideología burguesa alcanza a buena parte del mismo. Esto es verdad, la percepción subjetiva de un laburante puede ser y de hecho demasiadas veces es contraria a sus intereses objetivos de clase.

Pero esta explicación no alcanza para ilustrar este caso. Serviría para un obrero no combativo o un empleado pero no para un tipo con un salario tan alto.

La pregunta concreta es ¿hasta qué punto un gerente que gana quince lucas actúa contra sus intereses de clase (o de la capa a la que pertenece, si no queremos decir que constituye una clase) al negarse – por ejemplo – a ir a una huelga?

El obrero que no lucha actúa contra los intereses de la clase, sin duda, pero cierto estamento de determinados ingresos tiene ya intereses propios. No está interesado en dejar su carrera profesional, ni sus ingresos ni su posibilidad de ascenso, es muy difícil sostener que su conducta en este caso está motivada por mera permeabilidad de su subjetividad a los valores de la clase burguesa.

La guita en el bolsillo es una realidad bien material, y al negarse a ir a una huelga la posición del gerente es mucho más realista que la del empleadito que gana poco más de luca y media y quiere ascender.

Nueva objeción: el gerente de una multi se da cuenta de que vive en un mundo ilusorio en el momento en que le pegan una patada en el tujes. Todas sus creencias en el sistema se derrumban y se siente “traicionado” por la burguesía, porque su fuente de ingresos – por muy altos que sean – no es propia, depende de vender su trabajo como cualquier laburante.

Esto es verdad hasta cierto punto, punto que puede ser alto, pero que tiene un límite. Y aquí me meto en una interpretación de cosecha propia:

V – Interprete nomás

Los ingresos, cuando traspasan cierto punto (y la determinación de este “cierto punto” es un asunto profundamente dialéctico) permiten un nivel de acumulación tal que hacen más fácil el paso de asalariado a pequeño burgués según la definición marxista clásica.

El gerente de una multi tiene una capacidad de ahorro tal que le permite hacerse una provisión de fondos, y en caso de pérdida de la fuente de trabajo esta provisión le permitirá montar un negocio propio – aunque sea un kiosco – en condiciones mucho menos penosas que las de aquel cuyo salario se va estrictamente en pagar su subsistencia.

O sea que su dependencia objetiva de la fuente de trabajo es mucho menor. En definitiva ¿qué otro objeto tiene la acumulación de un asalariado sino éste? Todo ahorro que hace un laburante en el sistema capitalista está dirigido a disminuir su dependencia del capital ajeno; en otras palabras: la única forma de subsistencia dentro de la dinámica capitalista es acumular porque la única forma de independizarse de la burguesía es... convertirse en burgués.

El dinero, acumulado hasta llegar hasta el famoso “cierto punto” se transforma también en un medio de producción. El hecho mismo de poner dinero en el banco y percibir un interés convierte al pequeño capital que tiene cualquiera en medio de producción indirecto.

Por supuesto: en la enorme masa de asalariados esta percepción es despreciable y apenas si sirve pare defenderse de la inflación, pero ojo: en tanto el ingreso sube y es capaz de dejar un excedente creciente, este excedente puede y es utilizado como fuente de ingresos extra mediante la inversión de cualquier tipo.

Si reconocemos este hecho no salimos de la interpretación marxista clásica. Los asalariados de altos ingresos son en realidad propietarios de un medio de producción: dinero; que invierten como ahorristas, tenedores de acciones, inversores en fondos, etc.

VI - Más objeciones

Todavía queda otra objeción, esta vez con un argumento interesante: los obreros de Santa Cruz ganan diez lucas y son sin embargo proletarios.

Yo creo que esto es verdad con una salvedad: son una capa privilegiada del proletariado, precisamente en función de sus ingresos.

Los obreros de Santa Cruz trabajan en un sector clave de la producción – el petróleo – que combina alta vulnerabilidad ante conflictos (se para la producción de petróleo y se pierde mucha guita por día) e ingresos siderales, factores combinados que obligan al pago de buenos salarios. Es verdad que trabajan en una zona desfavorable en condiciones muy duras, pero este hecho es menor: las condiciones de un minero boliviano son tan miserables como sus salarios.

Por lo que sé la identificación de capas en las clases sociales no se desvía ni un ápice del marxismo-leninismo, y está fundamentada en el nivel de ingresos (espero que alguien me dé un garrotazo teórico si le pifio).

Pero de todas formas... ¿Un gerente gana diez lucas y no es proletario y el obrero de Santa Cruz gana lo mismo y sí lo es (aunque sea “capa privilegiada”)? ¿En qué quedamos, Jack?

Bueno yo creo que existe un tercer factor.

VII – Aquí viene el tercer factor, no se impacienten.

El trabajo es nuestra forma de producir para nosotros. Del fruto de nuestro trabajo surge el ingreso para adquirir bienes y servicios. Como tal el trabajo deviene una parte importante de nuestras vidas y un moldeador de nuestra conciencia y valores.

Nuestro trabajo produce bienes o servicios a través de los cuales el burgués extrae plusvalía. Pero la visibilidad que tiene para nosotros esto es diferente de acuerdo al tipo de trabajo que desarrollemos.

El obrero de fábrica tiene una relación directa con la producción, ve claramente el proceso que lleva al producto terminado y sus fases. El obrero controla el proceso productivo: sabe que si baja la palanca pasa una cosa y si la sube otra, y que si para la planta se generan unas pérdidas que puede cuantificar con exactitud debido a su familiaridad con la línea de producción, sus tiempos y sus costos.

Al mismo tiempo su experiencia le indica que el capitalista gana guita muy lejos de esos pozos de petróleo o esos socavones que son la fuente de la misma. A los ojos del obrero la diferencia entre lo que él hace – generar riqueza – y lo que hace el capitalista es clarísima: él hace la riqueza y el burgués se la mete en el bolsillo.

En cambio el trabajo en la administración es diferente. El trabajador intelectual, administrativo o jerárquico tiene una relación mucho más mediatizada con la producción. Su control sobre el proceso en el que participa es objetivamente mucho menor porque le es mucho más difícil saber exactamente cuánta plusvalía genera su trabajo y cuánto depende de él el capitalista.

Siendo la jerarquía administrativa mucho más compleja, el trabajador de corbata sabe que su supervivencia depende relativamente de la eficiencia pero mucho mas de la negociación, de caer bien, de diseñar estrategias de ascenso, etc..

Su identificación subjetiva con el capitalista es mucho más fácil e inmediata: ambos trabajan en oficinas, ambos usan corbata y ambos manejan conceptos abstractos: cifras, resultados, presentaciones e informes. Mucho más si se trata de personal jerárquico, acostumbrado a mandar subordinados.

La relación con la producción es el tercer factor y tiene un peso importante.

VIII – Definiendo el esquemita Jack

Los factores que concurren para definir “clase social” son entonces:

a) Propiedad de los medios de producción.

b) Capacidad de acumulación.

c) Relación con el proceso productivo.

Los tres giran en torno a los medios de producción y su control. El factor a) define la forma de control primaria que separa a un burgués (pequeño o grande) de un asalariado.

Este factor es predominante y ejerce el corte más importante. Los otros dos b) y c) se contrabalancean para separar asalariados proletarios de asalariados pequeño burgueses.

El factor b) separa entre los asalariados a aquellos que pueden hacerse con un medio de producción indirecto – que es el dinero – de aquellos que no pueden, esto es: asalariados pequeño burgueses y proletarios respectivamente.

El factor c) la relación con la producción también separa a los asalariados entre aquellos cuya relación es mediatizada e indirecta (asalariados pequeño burgueses) de aquellos en la que es directa (asalariados proletarios).

La famosa “pequeña burguesía” entonces engloba a los propietarios de medios de producción que no pueden explotar asalariados y a los asalariados cuya relación factor b) / factor c) los coloque en un determinado punto.

IX – Ejemplitos

Un obrero de Santa Cruz es un proletario aunque tenga ingresos superiores a los de un administrativo de la city porteña, que es un pequeño burgués, en virtud del factor c).

Ojo que aquí hay más un juego de fuerzas que una clasificación rígida: El factor b) empuja a un obrero de alto salario al campo pequeño burgués, mientras que el factor c) lo ancla al proletariado (por eso es “capa privilegiada del proletariado”). Inversamente el factor b) empuja al administrativo al proletariado mientras que el factor c) lo ancla en el campo pequeño burgués (por eso es “capa desfavorecida de la pequeña burguesia”).

El gerente de una multi es sin duda un pequeño burgués, en virtud de ambos factores b) y c), aunque no tenga a).

Un profesional independiente es pequeño burgués en virtud de c), poco importa si él mismo es su propia empresa o es en realidad un asalariado encubierto que factura ocho horas por día a la misma empresa, incluso si tiene bajos ingresos.

Un caso interesante son los maestros, yo creo que – al menos en Argentina – son proletarios dado su bajo nivel de ingresos que les plantea una gran dependencia de su fuente de trabajo y porque su relación con la producción es en realidad fuerte a pesar de que sea intelectual y no manufacturera. Algo parecido pasa con los médicos de los hospitales, mientras que los particulares pierden el factor c).

Un trabajador de servicios (no, no de la SIDE muchachos) también tiene problemas con el factor c), aunque si sus ingresos son bajos entonces hay un contrapeso.

Otro caso interesante es la policía. Algunos partidos trotskistas pedían su sindicalización, que no es una mala idea, solo que su dependencia de las necesidades del estado burgués es demasiado alta como para hacerse ilusiones.

Otros casos interesantes son los comerciantes a muy baja escala, vendedores ambulantes, comerciantes informales, etc.

Quedan afuera – metáfora ácida – los desocupados, cuyo problema es precisamente la falta total de factor c), como ya se analizo en algún otro post, a pesar de que sus ingresos son ínfimos.

Sin embargo – y sin sobrevalorarlos – es evidente que la falta total de ingresos los empuja a algún tipo de movilización, como lo demuestran algunas experiencias piqueteras altamente politizadas y combativas como la Aníbal Veron.

X – Conclusiones

Que se yo... ¿Alguno se anima?

29.7.07

Yo no juzgo

Esa frasecita anda dando vueltas. Siempre.

Yo no juzgo ¿Quién soy yo para juzgar? No soy quién para juzgar, yo trato de ser feliz, vos tratás de ser feliz, y así, y así...

Y así.

Incluso está el relato bíblico ¿no...? ¿Cómo era...? Ah, sí: no juzguéis para no ser juzgados, con la misma vara con la que midiereis seréis medidos... ¿No?

Ajá.

No sé, a mi no me gusta. Me parece una sutil forma de escurrir los bultos pesaditos.

Yo creo que juzgar es inevitable. Claro, me dirán ¿y vos quién joraca sos para juzgar nada? ¿Juez? Ja Ja.

No. Juzgar no es sentenciar, es más bien tomar una posición frente a algo en búsqueda de lo que uno cree razonablemente bueno. Lo de "yo no juzgo" me parece una de las mentiras más baratas que pueden conseguirse en el negocio Accesorios y Prótesis para la Paz Espiritual.

Vivir es juzgar. Uno va y toma un camino, se come una banana, corre, mira pasar un par de piernas, se inclina sobre una página. Elige una revista y se duerme. Se emociona, se ríe o llora. Juzga todo el tiempo.

Y cuando dice "yo no juzgo" con demasiada frecuencia miente. Es verdad, no se puede juzgar cuando no se sabe; pero demasiadas veces "yo no juzgo" quiere decir en realidad "juzgo conveniente para mí callar mi juicio".

El hábito de esta práctica se vuelve sibilinamente creciente: se calla el juicio frente a los demás, se termina callando frente a uno mismo y por último se evita cuidadosamente todo análisis, toda inteligencia y toda reflexión, no sea que se me escape un juicio sobre algo. En suma: se ahoga la conciencia para que no se ponga molesta.

Porque la conciencia no es otra cosa que juicio.

Para juzgar se necesitan datos, discernimiento, compromiso, interés, sentido crítico. Para juzgar se necesita, casualmente, juicio. Cuando no se tiene nada de esto ni se lo quiere tener uno se transforma paulatinamente en un cretino.

Y francamente la frasecita de Jesús me extraña por oportunista. Mera estrategia ¿Qué es eso de "No juzguéis para no ser juzgados"? La abstención del propio juicio como forma de evitar el que caiga sobre uno no parece un consejo para gente muy dispuesta a mirarse de frente al espejo. Más bien una negociación algo chota: "Disimulá mis miserias y yo disimularé las tuyas".

Esto tampoco es una toma de partido por los virtuosos implacables, no es cuestión de convertir la vida en un infierno del detalle. Todos tenemos nuestros más y menos, pero me ocurre oír a demasiada gente absteniéndose de juzgar cosas más bien jodidas: "Fulanito mi cuñado es soldado en Irak y se cargó a unos cuantos civiles... yo no lo juzgo ¿eh?" Bueno, andate al carajo flaco; si no juzgás eso ¿qué vas a juzgar? Esa misma gente es la que se enfurece si el perro del vecino le mea la puerta.

El horror ante el mal ¿no es un juicio? El amor ¿no es un juicio? La pena o la alegría ¿no son juicios? No me refiero a juicios con tribunales, fiscales y jueces sino a juicios más íntimos y acaso importantes, esos que se llevan a cabo a cada momento y que deciden nuestra conducta.

No hay un Juicio Final, esa idea comporta una sugerencia de pasividad: "vos esperá que al final vas a ver". Lo cierto es que "el día del juicio final" es la expresión más usada para decir simple e irónicamente "nunca", una promesa irrelevante que deja escapar lo más importante y lo que verdaderamente decide la marcha del mundo: los juicios de cada momento en los que participamos o de los que desertamos.

El juego se juega aquí y ahora, la perdición o la salvación no ocurrirán dentro de milenios ni décadas ni al final de nuestra vida, sino que se nos ofrecen como alternativas todos los días. Y elegimos, aún cuando queremos convencernos de que no.

"No juzgar" es posar con sonrisa bobalicona al lado de un Hitler cualquiera. Estrechar una mano ensangrentada, hacerse el boludo hasta que la máscara sea inseparable del rostro, mirar de frente sin ver mostrando los dientes al flash delante de los ahorcados.

En esa clase de tarados se convierten quienes quieren convertirse en esa clase de tarados.

Yo quisiera evitarlo.

Buenas noches.

23.7.07

Chau, Negro


Se fue el Negro Fontanarrosa.

No es que uno tenga quejas acerca del particular, ya sabemos como funciona esto: uno pasa y se va. Eso podemos - aunque yo firmo bajo protesta - aceptarlo. Lo que sí molesta es que la existencia agregue esos chistes estúpidos, como el hecho de que una enfermedad se lo tenga que llevar a los 62 años y obstaculizándole la movilidad de las manos, precisamente, lo que llegado cierto punto no lo dejó ya dibujar.

Pero el Negro era de esos que doblan la apuesta y enfrentan el dolor con ingenio. Asistió a cuanta conferencia o charla lo invitaran, y cuando no pudo dibujar más empezó a recurrir a dibujantes amigos a quienes les dictaba ideas para reproducir, corrigiendo las obras hasta lograr lo que quería.

Fontanarrosa era de esos a quien uno le gusta llamar "de los nuestros"... aunque en realidad es uno el que se pregunta si merecería jugar en su equipo. Era de los buenos tipos, de los inteligentes y lúcidos. De esos que en su obra pueden ser sarcásticos sin ser destructivos y afectuosos sin ser complacientes. La clave del humor y de la inteligencia quizás sea esa: la del equilibrio entre la esperanza y el sentido crítico.

Con Boogie como con Inodoro el Negro representó a dos personajes que a mí me parecen contracaras. Ambos son caricaturas que se tutean con el surrealismo, pero mientras Boogie es un lumpen de mierda al servicio de quien pague (o sea: esos que "cuidan nuestra seguridad"), Inodoro es lo mejor del ingenio criollo. Sin embargo necesitamos a los dos personajes; Boogie no deja de tener muchas reflexiones de un cinismo lúcido que - vistas desde la vereda opuesta - nos enseñan mucho, porque el Negro no podía dejar de prestarle a semejante escoria algo de su inteligencia.

No sé si era comunista ni tiene demasiada importancia, pero en su humor y en su mirada sobre la sociedad y el mundo no puedo dejar de entrever algunos rasgos "de izquierda" que sin ser panfletarios indudablemente van más allá de la progresía bobalicona.

Con decirles que hasta podía transmitir y hacer simpática su pasión por el insufrible Rosario Central a un bostero intransigente como yo.

Nada. Se fue el Negro. Los buenos se van igual que los malos. Quizás un día podamos arreglar ese defecto que hace del Universo un sitio poco serio.

Buenas tardes.

12.7.07

El Pulga

Se había armado un debate interesante en el blog de Severian. Iba a opinar pero las intervenciones superaron previsiblemente mi inteligencia. Así que me dio por un cuentito que leí por ahí, no me acuerdo dónde, que no tiene nada que ver, claro.

Creo.

Bueno, el cuento se llama

El Pulga.

Pibe problemático el Pulga.

En la clase planteaba cosas fuera de lugar. Lejos de seguir dócilmente los derroteros que la maestra trazaba con tiza machacando los conceptos definitivos, el Pulga la ponía a prueba con la estúpida costumbre de preguntar. La maestra solía contestar:

- Eso está fuera del programa.

Cualquiera sabe que en esta vida salirse del programa es buscarse problemas.

La maestra trazó en el pizarrón algo que cualquier babieca entendería con facilidad: a = b.

El Pulga levantó su mano y la maestra, algo molesta, le cedió el uso de la palabra porque claro, era algo tan pero tan pelotudamente evidente que no se explicaba por dónde podría venir el hachazo. Sin embargo, acostumbrada a los planteos desconcertantes de su alumno rebeldón, no pudo evitar mirar hacia atrás fugazmente para controlar si estaba todo en orden: a = b.

- Maestra, eso no puede ser, “a” nunca puede ser igual a “b” porque son letras distintas.

La maestra recordó fugazmente el chistecito: “Si a = b y b = c ¿para qué carajo le ponen letras distintas?” Se dijo que sería una variante del mismo, así que con una cara más bien amenazante respondió:

- Escúcheme, alumno, esto es una representación.
- ¿De qué?
- De cualquier cosa, alumno. Una manzana es igual a otra manzana por ejemplo.
- Pero eso no es así maestra. No hay dos manzanas iguales. En realidad no hay dos cosas iguales en el mundo ¿no?

A esta altura la mitad de la clase reprimía la risa y la otra mitad se picaba con el Pulga, “cashate nene...”

La maestra suspiró.

- No, no hay dos cosas iguales...
- ¿Tonces? ¿Qué representan “a” y “b”? Cualesquiera sean las cosas que representen – dijo el Pulga que había aprendido la palabra “cualesquiera” no hacía mucho – esas dos cosas no pueden ser iguales, ¿no?

La maestra se exasperó. Pensó en cuánto le faltaba para jubilarse y pensó también que pensar eso la deprimía porque le faltaba demasiado y demasiado poco al mismo tiempo.

Pero se iluminó de repente con una pequeña astucia y trazó en el pizarrón:

a = a

- ¿Ve alumno, ahora le queda más claro?
- ¿Qué cosa?
- ¡El concepto, alumno! Ahora “a” es igual a “a” y en eso no hay refutación posible.
- Pero la primera “a” no es igual a la segunda “a”, son diferentes.
- ¡Pero de nuevo, no piense en la “a”!
- ¿Y en qué pienso?
- ¡En lo que representan!
- ¿Y qué representan?
- Una manzana, alumno ¡Una manzana, la misma, que es igual a sí misma!
- ¿Es igual?
- ¿Y cómo no va a ser igual?
- Y mire, yo tenía una manzana en la frutera de mi casa y ahora se machucó toda...
- ...
- ...o sea que cambia. ¡La manzana no es siempre igual, maestra!
- Es igual a sí misma aunque cambie, en un instante dado es igual a sí misma, alumno.
- ¿Qué es un instante?
- Un espacio de tiempo – la maestra contestaba monocorde viéndosela venir.
- Y durante ese espacio de tiempo... ¿no cambia?

La maestra suspiró. Pensó en un instante haciéndose más y más breve, infinitamente breve... y aún así siendo tiempo transcurrido, una fracción infinitesimal, sí, pero sin duda un abismo enorme durante el cual la maldita manzana, cada cosa existente, el mundo entero sufría transformaciones.

Pensó que ese instante eterno y efímero era el tiempo que le faltaba para jubilarse.

Sin convicción empezó una explicación acerca de los límites que tienden a cero, se enredó en cosas que estaban definitivamente fuera de su alcance y quiso restaurar su autoridad mediante la necesidad de respetar el famoso programa.

Pero el Pulga no cejaba:

- Maestra, no importa lo breve que sea el instante, las cosas cambian constantemente. La única forma de que algo sea igual a sí mismo sería que el instante fuera igual a cero, que no transcurra el tiempo ¿no? Lo que pasa es que nada puede existir sin tiempo... O sea que para que algo sea igual a sí mismo tiene que no existir.

Y remató con un comentario intelectual:

- ¿Qué raro no?

El Pulga ya lo había pensado antes. Manzana, mesa, cielo, “a” y “b”. Inventos. El Pulga sabía que los nombres de las cosas no son las cosas, que inventamos nombres para dividir a un universo cambiante en categorías que podamos utilizar, pero que el hábito nos ha hecho perder de vista el hecho de que en realidad todo se transforma, más rápido o más lentamente, en otra cosa. Otra cosa que a su vez también se transforma.

La impotencia de las palabras, es decir, de los conceptos formales fue intuida por
Mishima, por Borges, y por el Pulga.

Cuando el Pulga salió de la escuela mientras pensaba en todo esto se le acercó un tipo. Tenía alas. Le dijo:

- Hola, soy un ángel, y quería felicitarte por tu planteo en la clase.

Un poco sorprendido por el conocimiento que el ángel tenía de su intervención (se lo habría contado alguien) el Pulga lo miró extrañado y le contestó:

- Los ángeles no existen.
- Tenés razón. Soy un disfrazado nomás y voy para el corso ¿Venís?

Y se fueron juntos.

9.7.07

Alguien está muy nervioso.

Como habrán notado, se ha habilitado la moderación de comentarios.

Y ya muchos deben saber el motivo.

Pero mencionémoslo: este blog ha sufrido un intento de sabotaje. Vamos, un intento de sabotaje bastante pelotudo, pero que evidenció de parte de quien/es lo intentaron una carga de trabajo y persistencia verdaderamente notables que van mucho más allá del bardeo ocasional o las pasajeras ganas de molestar.

Quien lo intentó (en realidad me cuesta creer que haya habido más de un gil dedicado a esto) se tomo el trabajo primero de intervenir en los debates para romperlos y sacarlos de quicio con manifestaciones de odio, alusiones personales a mí y a otros participantes, y luego ya simplemente a inundar el blog de insultos a un ritmo sostenido. Contabilizo no menos de 100 intervenciones a puro copy/paste en las que el pobre infeliz tuvo que tipear laboriosamente otras tantas verificaciones de palabra.

Esto pinta con claridad a alguien súmamente interesado en este blog. Puede que por ser un pobre enfermito, ciertamente, pero hay un dato más.

El dato es que en medio de sus muestras de histeria el esforzado de marras intentó disfrazarse de supuestos bloggers que daban su nombre y apellido instándome a hacer lo mismo, a mí y a otros participantes. Un recurso conmovedoramente imbécil, pero que plantea la pregunta ¿para qué quiere alguien los datos personales de gente que meramente se entretiene discutiendo de política y otros temas?

Curioso.

Mi primera reacción fue de incredulidad, y es que todavía no termino de asimilar que este espacio pueda poner tan nervioso a alguien como para que se tome tanto trabajo, pero es evidente que sí. Esa evidencia me hizo correr el riesgo de sentirme mínimamente importante.

Lo cual hubiera sido - me dí cuenta - un grave error.

Estoy muy contento de que esto haya pasado, sí. Pero no porque este blog valga necesariamente dos mangos por sí mismo. Lo que sí creo que vale mucho es la mera intención y el placer de intercambiar ideas.

Eso quiere decir que si algún mérito tiene es colectivo y pertenece a todos. Y estoy muy contento precisamente por eso. Todos alguna vez nos preguntamos qué sentido tiene escribir o intervenir en un blog, si realmente vale de algo, si no se trata de una acción de alcance demasiado pequeño que no cambiará nada al fin y al cabo. Sin darse cuenta el pobre huevón que ha insistido tan tenaz como inútilmente nos ha dado una interesante respuesta: lo que hacemos tiene ciertamente alguna importancia.

Y la tiene porque los grandes cambios no vienen sólo a causa de grandes manifestaciones. Pensar, argumentar, reflexionar, son todas acciones que provocan un cambio, tanto en nosotros como en el medio. Debatiendo nos acostumbramos precisamente a eso: a debatir, a que el intercambio de ideas sea parte de nuestra vida, a que nuestra mente tenga por hábito la búsqueda de argumentos y puntos de vista. Apreciar el valor de lo aparentemente imperceptible es difícil, y curiosamente este ataque miserable tuvo el benéfico efecto de permitirnos justamente - a mí por lo menos - esa percepción.

La reflexión es también acción, las habituales burlas de los escépticos de barrio acerca de la inutilidad de todo intercambio de ideas por este u otro medio tienen una bonita refutación precisamente en este ataque. Lo que consideramos "acción" tiene siempre origen en las ideas que son su motor, por eso lo primero que prohíbe toda tiranía es pensar, actividad a la que todo imbécil tiene terror.

Y cuando hablo de ideas hablo de todas las que se expresan aquí, a favor o en contra, las cercanas y las que vienen desde posiciones ideológicas totalmente opuestas. Incluso las chicanas, las que me acusan de zurdo delirante, las que puedo considerar totalmente absurdas, las que han llevado a largos debates bastante caldeados, hasta las meras bromas. Todas llevan en sí mismas un valor intrínseco: el de contraponerse entre sí, el de crear algo nuevo.

Gracias a este ataque rastrero pude apreciar mejor este valor intrínseco, por contraste frente a la voluntad de romper, de sabotear, que no es más que expresión impotente del deseo de hacernos callar a todos.

El mundo cambia cuando le agregamos una idea.

Así que cuando nos pregunten qué hacemos participando en un blog podremos esbozar una tranquila sonrisa y contestar: "Perdiendo el tiempo".

Gracias a todos.

JC.

PS: La moderación de comentarios es un precio mínimo que hay que pagar por el beneficio de charlar. No creo que afecte mayormente el debate ya que bloggear me gusta y suelo atender el blog con frecuencia.

4.7.07

Los principios (más palos a la izquierda de su pantalla, señora)

En los debates que se suscitan en la izquierda hay una palabrita que surge con bastante frecuencia y es "principismo". Digamos que la definición de la palabreja significa simplemente fidelidad a los principios y a partir de ahí sigamos.

Lo curioso es que desde hace ya algunas décadas el término viene a cuento casi siempre dicho en forma despectiva y asociada a defectos que sin duda son muy reales en la izquierda: fragmentación, falta de vocación de poder, soberbia, pelotudez, etc.

Según este discurso es la exagerada fidelidad a ciertos principios lo que mantendría la fragmentación, la falta de voluntad para llegar a acuerdos, en fin: la falta de pragmatismo y eficacia para construir una alternativa de poder.

Y la receta entonces es simple: hay que ser menos "principistas", hay que olvidarse un poco de tanta pureza química y hacer política "real" para dejar de ser – y aquí viene otra palabrita frecuente – "testimoniales". Entendamos esta última como la mera vocación de dar testimonio, de ser fieles a una postura sin tener en cuenta cuánto conviene dicha fidelidad a nuestras ambiciones.

Este es hoy el discurso dominante en la izquierda, y también en la progresía que no deja de reprocharle a la izquierda su "principismo"; sin ir más lejos en el debate anterior alguien habló de que en política es necesario "chapalear en el barro".

Bueno, yo creo que todo esto es una seria meada fuera del tarro, si me perdonan la criollada.

En primer lugar oponer los principios al pragmatismo y la eficiencia es un error, porque los medios y los fines no son compartimientos estancos, como no lo son la forma y el fondo. Hacer algo de una manera y luego de otra es en realidad hacer cosas distintas.

Yo creo que el problema es al revés: si algo escasea en la izquierda son precisamente los principios, y creo que justamente es la falta de principios ideológicos lo que mantiene la fragmentación y el escaso peso social de la izquierda.

Hay algo que es evidente para cualquier persona que se reivindique marxista con una mínima convicción, y también para cualquier persona con un poco de sentido común y honestidad brutal: el sistema capitalista no ofrece salidas, no al menos para los que están jodidos de veras. Y para los que aún se mantienen a flote el futuro es cualquier cosa menos seguro. No creo que nadie maneje perspectivas realmente optimistas a mediano plazo.

Entonces ¿por qué no abordamos la discusión de fondo? Y particularmente ¿por qué no lo hace la izquierda? Esa discusión sólo puede darse desde los principios.

Lo que muchos apologetas del pragmatismo sostienen es que toda discusión ideológica está perimida, o que por lo menos no es tácticamente conveniente, que es mejor ir a lo "inmediato" y "concreto": la baldosita, el semáforo, etc. Todo chiquitito. Sin embargo creo que a poco que se excave en el alma de cualquier vecino de un barrio desfavorecido nos encontraremos enseguida con que quién más quién menos asume una convicción sencilla y profunda: estamos fregados.

Actuar en los conflictos inmediatos no sólo es necesario, es muy importante No puede todo ser una grandilocuente llamada a la destrucción del sistema. Pero hemos acumulado tanto miedo a la grandilocuencia que ya ni nos atrevemos a hablar de un mundo distinto y utilizamos la ironía cada vez que podemos como último recurso ante las escasas posibilidades que vemos para cambiarlo.

Montarse en un conflicto cualquiera para protestar es algo que puede hacer cualquier partido, incluso uno que no quiera cambiar nada. Lo que debería distinguir a la izquierda marxista es precisamente la vocación de cambiar el mundo y la convicción de que es no sólo posible sino indispensable.

Yo creo que la gente desconfía de la izquierda porque a pesar de que el apoyo a tal o cual causa o conflicto pueda ser reconocido como justo, todos entienden que el fin último de una organización marxista tendría que ser un cambio revolucionario. Si asumir esta verdad plenamente es difícil, más lo será si el partido que se presenta como "marxista" no se atreve a plantearlo con seriedad.

Si nosotros no creemos, no podemos esperar que nos crea nadie.

Y si no somos fieles a principios ¿entonces a qué somos fieles? ¿Por qué nos avergonzamos de tener principios? ¿Qué clase de perversión es esta en que los principios se han convertido en motivo de burla?

Yo creo que los principios y la rectitud son lo mejor que tenemos, y lo mejor de nuestra historia. Enfrentarse al poder no se hace desde el cinismo. Se puede tener humor, se puede ejercer la ironía. Pero lo que hizo que muchas personas le pusieran el pecho a una muerte no precisamente agradable fueron sin duda unos principios arraigados. Identificarlos hoy como un error no me parece que vaya a darnos nada mejor.

Al fin y al cabo ¿no manejamos ciertos principios en nuestra vida cotidiana?

Y no sólo eso, creo que es además la postura más certera; cuanto más firmemente sostengamos principios tanto más evidente será la solución a las cosas sencillas y pedestres. Por el contrario, limitarse exclusivamente a "lo concreto" es entramparse en el retroceso perpetuo.

La izquierda hoy rebosa de "pragmatismo", se monta en los conflictos inmediatos y los fogonea pero sin ir a más, pide el voto como cualquier partido burgués, organiza a los desocupados y va al ministerio tal o cual para pedir comida. Estas son estrategias pragmáticas que servirán para sacar un par de diputados, pero depender exclusivamente de la bronca y atender a los sumergidos como una clientela esperando que esa bronca atraiga votos es una estrategia pobre. La bronca sola, huérfana de ideología lleva a votar a cualquiera que no esté en el poder: Macri, Rico, Bussi u otro esperpento cualquiera.

Se dice que la izquierda está demasiado "ideologizada", y yo otra vez creo que no, que precisamente su nivel ideológico es muy bajo. El nivel ideológico es alto no cuando se es capaz de recitar libros de memoria sino cuando se pueden relacionar los problemas cotidianos con un planteo ideológico claro y sin complejos. Mostrar a una persona cómo desde el problema cotidiano y urgente se llega hasta una visión del mundo – el marxismo es precisamente eso – es una tarea imposible si no tenemos... una visión del mundo precisamente.

Lo que me parece es que lo mejor desde el punto de vista de la misión de la izquierda (que me parece no es meter uno o dos diputados sino algo más que eso) es explicar las cosas claramente. Que dentro del sistema capitalista no hay salida y que destruir ese sistema y cambiar la propiedad de los medios de producción es una tarea muy jodida en la que se debe enfrentar a un poder inmenso. Que no es gratis. Que es un poder seriamente consolidado (en lugar de ese optimismo descolgado que expresa la izquierda en sus periódicos), que es una lucha larga y dolorosa, que hay que superar muchos desalientos.

Y además: cómo se enfrenta a ese poder, con qué medios, qué fuerzas y qué debilidades tiene el pueblo, cuáles son las precauciones y cuáles las posibilidades, cuándo es el momento y cómo nos daremos cuenta, cuáles son las consecuencias. Creo que ese debate está totalmente ausente.

Por supuesto que yo no tengo la respuesta, digo simplemente que ya es hora de empezar a discutirlo seriamente, porque si no se discute esto entonces no tiene sentido discutir otra cosa. Al fin y al cabo el poder y la represión no los van a odiar ni más ni menos por eso.

Porque si pensamos que todo se resuelve metiendo un par de diputados, lo que resultará es que ni eso.

Como hasta ahora.

24.6.07

Maurizio, la progresía, la izquierda... ¿Lo qué?

Bueno, es posible que Maurizio quede al frente de la Capital nomás.

Y se escuchan, no podía ser de otra manera, las voces alarmadas de la progresía nacional. Recorriendo blogs, notas y opiniones de la clase media bienpensante es imposible no encontrarse con las voces de espanto: a dónde vamos a parar, cómo es posible, qué horror monona, y dale, y dale, y dale.

Y a mí, qué quieren que les diga, ya me tienen podrido.

Quién es Maurizio ya lo sabemos. El nene de papá, el representante de los negocios privados enriquecidos a costa del sector público, el que pondrá al frente del poder político en forma directa a la clase prebendaria, inútil y parasitaria que hunde al país en la miseria, los que vaciaron históricamente al estado nacional para que todos paguemos sus deudas.

El análisis más lúcido - hasta cierto punto - lo hizo Horacio Verbitsky,
acá y acá. La descripción de Maurizio es acertada. Pero lo que ni Verbitsky ni nadie explica es qué se supone que hay que hacer frente a esto, cuál es la alternativa.

Verbitsky - y toda la progresía - se indignan tanto con quienes apoyan a Macri como con aquellos que no hacen un frente común para votar a Filmus, particularmente - cuándo no - la pobrecita izquierda política, a la que el pensamiento progroide y Verbitsky no cesan de llamar "paleoizquierda", que sencillamente no sabe qué carajo hacer luego de haber vendido todo lo vendible y renunciado a todo lo renunciable.

Unas líneas nomás acerca de lo que llamamos todavía "izquierda". A esta izquierda anémica no se la cesa de escupir, ningunear y burlar. Pero cuando la progresía necesita sus votos frente a la derecha peluda... ¡Ah! ¡Corriendo a pedirle el voto contra el cuco!

Se le critica a la izquierda no tener más programa que la crítica a la situación actual, pero simultáneamesnte ni bien la izquierda deja asomar algo parecido a un programa alternativo al capitalismo le caen encima con que "¡Eso es viejo, Marx ha muerto, todo eso ya está superado, antiguos, bu, buuu, buuuuuu!". Acto seguido la progresía completa su ciclo esquizofrénico quejándose del "pensamiento único" que ella misma ha impuesto y no cesa de imponer.

Como muestra patente, en la nota de marras podemos ver el chistecito de Daniel Paz, sepultando a la izquierda porque al parecer decir que "son todos lo mismo" está mal, que Filmus es mejor que Macri, que los extremos se tocan y que peperepepepepeeeeee.

Presas de su retroceso constante a las tres decenas de partiditos de izquierda no les quedará otra alternativa que pedir a sus bases - en voces más o menos bajitas - que voten a Filmus, aunque sabiendo perfectamente que esto las empuja cada vez más a ese espacio indefinido, vergonzante y pútrido que es la eterna rosca de los partidos burgueses de los que la gente está cada día más asqueada.

La izquierda no comprende que su problema es otro: impotente para presentar ninguna alternativa al capitalismo, habiendo bajado ya todas las banderas posibles, avergonzada de sí misma y habiéndose convertido en un espacio para que hagan carrera todo tipo de chantas, ignorantes y politicastros "alternativos", cuando amaga renunciar a su mimetismo permanente con los partidos burgueses se encuentra con que no puede, con que le es imposible hacerse ningún replanteo ideológico serio sin enfrentar los gritos destemplados de la progresía más ignorante. Y así, con el rabo entre las piernas, la izquierda vuelve a ser rueda de auxilio de la política profesional.

Lo que la militancia de izquierda que aún osa reivindicarse "marxista" no entiende es que toda renuncia que haga es y será insuficiente. No importa cuan aggiornada intente mostrarse, cuántos malabares haga en honor de Negri, Vattimo y la bosta del pensamiento débil, siempre será tildada de paleolítica, antigua y superada. Y la razón es muy simple: al renunciar a su programa la izquierda se coloca ella misma en la posición de confirmar estas críticas y de declarar su propio carácter superfluo.

Pero la presión de las bases, aún en la confusión más absoluta, no cesa. Los miles de hundidos por el sistema, los trabajadores en lucha y los que no quieren someterse a la miseria clientelar no pueden quedarse con el circo de los partidos del sistema, necesitan algo más. La izquierda - a imitación de los partidos burgueses - trata a estos sectores como una clientela electoral, recogiendo sus quejas y pidiéndoles el voto. Para ello no puede menos que denunciar la situación existente, pero como se limita a eso, como no ofrece ni un programa ni una alternativa militante contra el sistema porque lo tiene prohibido, se hunde en la contradicción permanente, se divide en innumerables oficinitas electorales y saca cuatro votos.

El diagnóstico desde la progresía es entonces terminante: "¡No se han aggiornado lo suficiente!" "¡Todavía son demasiado críticos, demasiado molestos, demasiado antiguos!". Desde los suplementos veintitresavos y paginadoceros se insiste con el "dogmatismo" y la "rigidez" de una izquierda que hace rato ya no se atreve a hablar ni de lucha de clases, ni de medios de producción, ni de socialismo en favor de las múltiples multiculturales multipelotudeces y los genéricos estudios de género.

Y fundamentalmente toda este permanente machacar contra la izquierda sirve para ocultar muchas preguntitas que se podrían hacer a la progresía guardiana del sistema. Preguntitas que nadie hace porque la progresía es chic, es linda, es simpática y moderrrrrna.

Por ejemplo: señores ¿qué es lo que nos perdemos si Filmus no gana? ¿Todo este progresismo indolente, clasemediero y pedante no tiene la menor autocrítica que hacerse? ¿No es significativo que Macri haya ganado no sólo en los barrios pudientes sino también en los barrios pobres del sur? ¿Acaso los Macris del país no han hecho negocio tras negocio durante todas las gestiones progres habidas y por haber?

¿Es que con Filmus se acabarán las villas de emergencia, las condiciones de vida precarias, las zonas de la capital sin servicios básicos esenciales, las aberraciones inmobiliarias, los pibes que duermen en la calle? ¿Se va a acabar todo eso? ¿Si? ¿Cuándo, si no es mucha molestia preguntar? ¿Cuánto más de gestión K necesitamos para un objetivo tan simple o tan complicado como acabar con la miseria estructural?

¿No es significativo que el único activo que pueda exhibir la progresía sea simplemente el miedo a que suba Macri? ¿Eso es todo lo que el pensamiento progresista puede exhibir como logro? Y si sube Filmus ¿Macri tendrá que ir a laburar como cualquier hijo de vecino? ¿Pagará impuestos acordes a su fortuna? ¿Se acabarán no ya los subsidios a la parasitaria enseñanza religiosa - que esto es mucho pedir - sino al menos su constante aumento frente al simétrico derrumbe de la educación pública?

¿Alguien puede contestar?

Porque yo creo que no.

Lo que podeos esperar con la progresía en el poder es algún vernissage intelectualoide, subsidios a programitas para "estudios de género", suplementitos culturaletos que hagan sentir a nuestra lamentable clase media bienpensante que "este es nuestro gobierno". Pero los pobres, los miserables, los que no tienen trabajo o tienen cuatro, los que se la rebuscan en los trenes y en la calle, los obreros aplastados por la patronal, esos pueden esperar de Filmus, de Telerman y de Macri lo mismo: nada.

Entonces es hora de que la izquierda empiece a reflexionar, pero no en tiempo de elecciones sino antes, mucho antes. Si la izquierda sigue en su negocio de tratar a los pobres como una clientela electoral, de seducir estúpidamente a la clase media, de utilizar miserablemente el arreglito del semáforo como vía de escape a todo debate ideológico, de ser una simulación baratísima de la política profesional, entonces no tiene nada de qué extrañarse al sacar cinco votos; al fin y al cabo el original es siempre más serio que la imitación.

Sin un programa alternativo al capitalismo que explique qué se va a hacer con los medios de producción y que exprese la voluntad de llevarlo adelante, mejor no existan muchachos.

Porque para rejuntar votos ya tenemos a los partidos del sistema.

17.6.07

La patria y los billetitos

¡Por fin podemos respirar tranquilos! ¡Aprobaron la ley antiterrorista!

Estabamos todos tan nerviosos... Es que en Argentina no se puede vivir con todo este terrorismo. Pregunte Ud. a cualquier argentino cuál es su principal problema, vamos, no es la falta de laburo, ni los precios ni la infación. No señor. Acá lo que no nos deja vivir tranquilos es el terrorismo.

Ahora, lo que es una vergüenza es este gobierno comunista y este parlamento soviético que retrasaron todo lo que pudieron la aprobación de esta ley. Oigamé, ¡una semana! ¡Una semana enterita! ¡Y después quieren negar que el zurdaje en el poder maneja todos los hilos!

Pero por suerte están los nacionalistas argentinos, los guardianes de las puras esencias de nuestra nacionalidad inmarcesible. Debemos esta ley al reclamo de esos aguerridos patriotas: el Grupo de Acción Financiera Internacional. Como todos sabemos estos son desinteresados hombres de bien que reclamaron la ley para que "Argentina sea un país más confiable para las inversiones extranjeras" ¡Ahijuna con la lobuna canejo! ¡Qué sabrán de la patria estos marxistas!

Pero por suerte los gauchos del GAFI amenazaron con declarar a la Argentina "país inseguro para las inversiones" ¿A Ud. le parece señora? Dígame si no es calamitoso que nos consideren inseguros para las inversiones. Lo que es yo, mire, es que no podía dormir, le garanto.

La ley era también reclamada por nuestros amiguitos del Gran País del Norte. El Poderoso Vigía de Occidente nos dijo: "Niños, debéis ser seguros para las inversiones internacionales", y aquí respondimos "Siseñorsí, siseñorsí", y la ley salió derechita a pesar de ese comunista de K, que como todos sabemos puso los medios de producción bajo control obrero ¡Sucio rojo!

En fin...

Los que en Argentina se llaman a sí mismos "nacionalistas" son aquellos que están dispuestos a hacer el trabajo más sucio por el bien del capital financiero internacional. Esa curiosa mezcla de retrasados mentales, chupacirios ultramontanos y lúmpenes enfermos, son los que dieron cobertura ideológica a la desaparición de 30.000 argentinos para que Joe Martinez de Hoz le pusiera bandera de remate al territorio nacional y signara nuestra definitiva decadencia. Y van a ser ellos los que - obedientes como soldaditos - saldrán a reventar a quien esta ínclita ley señale como culpables de perturbar el sacrosanto templo de los negocios internacionales en nuestro país.

Sus voceros son gente de tan límpida estampa como los hadades, los cherashnys y las diversas emanaciones de submundos como la SIDE, lugares a los que difícilmente pueda acceder ninguna persona con un mínimo sentido de la decencia, el olfato y la higiene.

Esta ley fue impulsada también por el Consejo Judío Americano, y apoyada por las dirigencias de la AMIA y la DAIA, que no representan a nadie más que a sí mismos pero que parecen el eco del Departamento de Estado yanqui. Los nacionalitos argentinos suelen ser antisemitas... pero ojo: siempre que se trate de un sastre de Villa Crespo, porque delante de Kissinger o de Wolfowitz se cuadran derechitos, derechitos.

En definitiva: los que hoy y siempre vociferaron contra la "conspiración judeo-liberal-marxista internacional" son los que mañana - y siempre - harán cumplir por la fuerza esta ley, exigida por el Departamento de Estado yanqui, el Consejo Judío Norteamericano y el Grupo de Acción Financiera Internacional. Rosas comes back!

"Nadie es la patria pero todos lo somos", decía Borges. Viendo la mugre con la que hay que amontonarse, a veces conviene trazar una rayita en el suelo y decir: "muchachos, ustedes de aquel lado por favor".

9.6.07

Flojito lo tuyo, pibe



Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que fue otro quien golpeó su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó nada de lo que había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago.

Recuperó la conciencia. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo.

- ¿Es esto el
seppuku
? - pensó. Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como consecuencia de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y su coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido ahora a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar, asido a esa fibra, con toda su desesperación.

Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que tanto su mano como el paño que envolvia la hoja estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía las cosas visibles pudieran todavía ser vistas y las cosas existentes, existir.

(...)

La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.

(...)

Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de lado a lado. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia afuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros.

El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser.

El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta lo bajo del ombligo. Al advertirlo Shinji sintió un renovado coraje.

(...)

Cuando el teniente pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalosa de sangre y de grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, el teniente gritó roncamente. Los vómitos volvieron aún más horrendo el dolor, y el vientre, que hasta aquel momento se había mantenido firme y compacto, explotó de repente dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, las entrañas de Shinji causaban una una impresión de salud y desagradable vitalidad que las hacía escurrirse blandamente y desparramarse sobre la estera...


Yukio Mishima escribió esto en su cuento Yukoku (Patriotismo) en 1960. Está basado sobre un incidente histórico real que ocurrió en Japón en 1936.

Diez años después de escribirlo, y luego de intentar sublevar al ejército Mishima se mataría exactamente de esta forma.

Lo sublime puede estar a un paso del ridículo, es verdad. Y es que todo lo que vale tiene riesgos. Mishima caminó al filo patinando un par de veces ¿por qué ocultarlo? Pero en el balance general sale sobrado.

Y uno se hubiera tomado un cafecito con él antes que con más de cuatro. Seguro.

Acá tienen el cuento completo.

4.6.07

Divagues sobre el arte, la propiedad y todo eso


La cosa empezó en este post de Hargentina, el blog de Tino Hargen, a propósito de unas declaraciones de Josefina Ludmer respecto de la cultura y el plagio.

Es innecesario decir que los debates del medio cultural argentino suelen tener la profundidad de un charco, no voy a aburrir a nadie con eso. Lo que me pareció interesante es el intercambio posterior.

I - El asunto

Las declaraciones de Ludmer hablan del plagio como de algo maravilloso, como un arma contra la privatización del arte:

"No comparto la idea o el mito del autor como creador y la ficción legal de un propietario de ideas y/o palabras. Creo, por el contrario, que son las corporaciones y los medios los que se benefician con estas ideas y principios. El mito del plagio ('el mal' o 'el delito' en el mundo literario) puede ser invertido: los sospechosos son precisamente los que apoyan la privatización del lenguaje. Las prácticas artísticas son sociales y las ideas no son originales sino virales: se unen con otras, cambian de forma y migran a otros territorios. La propiedad intelectual nos sustrae la memoria y somete la imaginación a la ley"

Como dice
Tino, esto tiene mucho de discursito progre de café, ese que frente al robo tiene una actitud de tolerancia o incluso apoyo vocinglero argumentando que se trata de una forma de resistencia a la sociedad capitalista.

Lo que olvidan los libertarios de utilería es el hecho de que el capitalismo se apalanca en el robo como piedra basal. Su reproducción a pequeña escala no hace más que confirmar su esencia. Es cierto que la opinión pública hace foco en el robo pequeño y no en el grande, pero justificar el robo per se es simplemente justificar en última instancia la ley del más fuerte.

Ahora, esto es verdad en tanto el objeto robado sea un bien, la pregunta es si el arte es un bien o no. O en todo caso si es un bien como cualquier otro.

II - Divagues sobre lo que el arte es

En la sociedad capitalista el arte es tratado exactamente como una mercancía. Con un nivel de subjetividad mucho más alto que el que se necesita para una aspiradora, pero mercancía al fin.

Aún así uno se atreve a decir que hacer dinero no es un hecho consustancial al arte, que el arte es expresión, y que el hecho de ganar dinero con él ya es algo que tiene que ver estrictamente con el capitalismo y no con la sensiblidad artística.

Entonces el artista se ve obligado a lidiar con dos impulsos que no tiran necesariamente para el mismo lado, el de expresarse y el de ganar dinero.

En este contexto el plagio es sin duda un robo, decirle a un artista que necesita ganarse el mango: "¡Si lo plagiaron jódase, cerdo burgués!" está fuera de lugar ya que el artista no tiene la culpa de vivir en la sociedad en la que vive. Pero lo que no hay que perder de vista es que se trata de un robo en tanto el arte es tratado como mercancía, y el arte no debería ser una mercancía.

Determinar la propiedad de una obra es una tarea más administrativa que artística. La grandeza de la obra de Oscar Wilde reside en la obra, no en que perteneciera a un señor irlandés cuyo documento rezaba "Oscar Wilde" ¿Esto significa que daría lo mismo el hecho de firmar una obra de Oscar Wilde con el nombre Jack Celliers? En nuestra sociedad no. No sólo el valor económico de una obra está en juego, también el prestigio y el renombre, la fama y otros aspectos, que igual a mí me siguen pareciendo poco relacionados con el arte en sí mismo.

Si acaso es relevante desde el punto de vista artístico conocer que El Retrato de Dorian Gray y Salomé brotaron de la misma pluma y forman parte de un todo.

Ludmer continúa con esto:

"Precisamente uno de los objetivos del plagio es restaurar la dinámica y fluidez del significado, apropiando y recombinando fragmentos de cultura. El significado de un texto deriva de sus relaciones con otros textos".

Esto vale tanto como decir que el objetivo del robo es restaurar la dinámica y fluidez de la circulación de bienes. Me encantaría ver la reacción de Ludmer si un chorro ingenioso le espetara este discursito mientras le afana el sueldo del bolsillo.

Pero Ludmer no se rinde:

"Creo que toda condena de plagio (toda condena de un escritor como 'delincuente' literario) es un acto reaccionario. Y si pienso en una política propia de los que escribimos, la consigna central sería que todo libro editado, como los periódicos, sea digitalizado y puesto en Internet cuando aparece, para que pueda ser leído y usado por cualquiera que pueda acceder libremente."

Como señala
Tino, lo que esta afirmación olvida es que quien plagia tiene el mismo objetivo original que el artista en la sociedad capitalista: ganar dinero con el fruto de su robo, con lo cual no agrega absolutamente nada de bueno.

¿Pero acaso el arte no debería circular libre de restricciones comerciales? Yo creo que sí, pero la libre circulación del arte, aunque objetivo loable en sí mismo no tiene nada que ver con el plagio. El plagio precisamente lo que hace es considerar esencialmente la propiedad del arte por sobre cualquier otra cosa.

III - Divagues sobre lo que el arte debería ser

Bah, lo que me parece a mí que debería ser.

Lo que cualquier robo pone al descubierto es el problema de la propiedad. Nuestra sociedad se basa en la propiedad privada y su representación simbólica: el dinero.

Si puedo tirar un panfleto al aire, León Trotsky hablaba de una sociedad de transición en la que "el dinero deje de elevar al cielo o hundir en el infierno", y que recupere su función de simple medio facilitador del intercambio. La frase me parece resumir de manera exacta lo que persigue una sociedad socialista: que lo material deje de ser un obstáculo, un objeto de nuestra libido y una deidad cotidiana que oscila entre la condena al infierno de la miseria y el premio de la riqueza sin límites.

En el caso del arte es muy evidente: determinar si una obra es plagio de otra, copia servil, homenaje, recreación, etc. es imposible por medios técnicos. El intento de introducir estos parámetros técnicos para establecer las similitudes (cantidad de compases iguales en una canción, formas y colores en un cuadro, etc.) es muy penoso y está más dirigido a establecer una propiedad - esto es: a satisfacer los requisitos del tratamiento mercantil del arte - que a determinar cuestiones artísticas.

En una sociedad en la que el artista no dependiera de su arte para generar ingresos el plagio no tendría sentido. Determinar si una obra es copia de otra o no sería una simple cuestión del gusto público, que podría dictaminar si la nueva obra agrega valor artístico o no respecto del original. En mi debate con Tino puse como ejemplo Pierre Ménard, autor del Quijote, de Borges como muestra de que se puede copiar punto por punto una obra y sin embargo crear otra, con lo que determinar el valor de esta última obra no es posible más que por el gusto artístico y no por meras comparaciones técnicas, porque la obra es mucho más que la obra: es ella y el contexto, que está formado entre otras cosas por su relación con otras obras.

Tino replica que eso no resuelve el problema de la identidad del autor, que una cosa es copiar en el propio nombre y otra adjudicarse la obra de otro. Yo creo que es verdad, pero también creo que en una sociedad en la que el artista no dependiera del dinero esto último sería estéril. Si según Tino incluso en una sociedad de este tipo aún existirían el prestigio y el renombre artístico, yo creo que el estilo no se puede robar, o que en todo caso sería un trabajo inmenso para obtener una recompensa muy modesta.

De hecho la identificación del artista con su obra es algo más bien occidental. En la corte de los antiguos emperadores chinos los artistas eran rentados, y si bien había artistas más reconocidos que otros ese reconocimiento era más similar al de un obrero calificado por su habilidad en una fábrica o un empleado talentoso, se desconoce el nombre de los autores en muchas obras orientales, que son más bien identificadas por su pertenencia a una dinastía determinada que por el nombre del artista, quien normalmente no firmaba sus obras por no parecerle necesario.

Borges , para volver al maestro, recordaba con su sorna habitual el intento de crear una revista literaria en la que nadie firmara ni sus obras ni sus artículos, pero lamentablemente "...nadie quiso renunciar a su nombre, sin duda eufónico y precioso...".

IV - Final con más panfletos

Creo que en definitiva el asunto del plagio revierte sobre el del robo en general. Ante un robo en pequeña escala el debate siempre se enciende en ambos sentidos: desde el costado izquierdo se tiende a justificar debido a la situación de miseria de muchos y la necesidad de socializar, y desde el derecho se condena señalando los sacrificios de quien es afanado y el respeto a su propiedad privada.

Yo creo que los dos puntos son atendibles, y los dos incompletos. Porque en tanto todo nuestro porvenir gire en torno a la posesión de bienes es imposible que el robo no exista como realización de esta ley de hierro.

En el arte es evidente que la propiedad privada es algo artificial, que una idea o una sensibilidad no son nada si no se transmiten y circulan ya que la obra se completa con la percepción: en tanto admiramos un cuadro o leemos un cuento estamos participando también en su creación. Leer es una tarea tan artística como escribir.

Ya sé que una sociedad así es para muchos utopía, sueños, gansadas. Yo diría más bien que - visto como van las cosas - es una necesidad impostergable.

27.5.07

El aborto oooootra vez!

Bueno, primero vamos a pelearnos un poco (de otra forma la cosa no tiene gracia, vamos), pero luego intentaremos una idea. Me gustaría en realidad centrarme más en la idea, pero es que algunas conductas realmente no tienen desperdicio y ejemplifican bien la voluntad de "diálogo" de ciertas gentes.

I – Nos peleamos con los "anti"

Bueno, con esto no asombro a nadie, ya sé.

El debate se armó con el pesadito tema del aborto en otro blog, uno de esos con orientación católica. De derecha. Y para colmo ibérica, una derecha que parece cualquier cosa menos europea.

Me expongo al comentario socarrón acerca de esa mala costumbre que tengo de ensayar la razón contra quienes son enemigos de toda razón. ¿Quién me manda a meterme ahí? La única respuesta que puedo dar es que no pierdo la capacidad de asombro. Todavía.

Pero estoy cerca ¿eh?

El post que me ocupa comienza con esos alaridos típicos de la derecha católica sobre el aborto: "La principal causa de muerte en Europa", sin sonrojarse, la típica foto del niñito por nacer y toda la colección de golpes bajos.

Una de las cosas curiosas que constato es el malestar que despiertan en ciertos espíritus la argumentación y el razonamiento. No se los valora. El uso de la palabra para exponer razones es algo que ven como un intento de hacer trampa y la sensación que se tiene es que simplemente desprecian toda demostración, soportan mal cualquier debate y no están interesados más que en exponer su punto a los gritos. Para ellos usar la razón es un demérito, recurrir a un medio más bien despreciable.

Por eso sus razonamientos son en general pobres, cortitos, las alusiones personales son demasiadas, el estilo es confuso, colorido, exaltado y a veces un poquito bobalicón.

Se entiende: siglos y siglos mandando a gente a la hoguera no los han preparado para argumentar, ni siquiera para entender el valor de una demostración, que como decía nuestro amigo Demócrito "vale más que el reino de los persas".

Hay excepciones, por suerte. En el debate de marras hay que decir que hubo una persona con vocación de argumentar desde la razón, un tal loreto a quien no tuve el gusto de tratar antes.

La derecha católica, especialmente en Europa, está muy interesada en fogonear esta caracterización del aborto como un "asesinato" y larvadamente incuba algo muy peligroso: el odio. Europa no es – afortunadamente – como los EEUU. Pero la derecha católica sueña con llevarla a ese estado de imbecilidad, fanatismo y degradación. Ya se escuchan los alaridos contra las clínicas que practican abortos y no faltará mucho para que estas piadosas gentes empiecen a preguntarse si no convendrá empezar a matar.

Cuidado con ellos, porque si algo no le sobra a esta gente son escrúpulos.

Dicen que les importa la vida. Cuesta creerles cuando uno ve que simultáneamente se oponen también a aquello que previene el aborto con la mayor eficacia: la anticoncepción.

Considerarla un crimen no pueden por un limitado sentido del ridículo, pero se mueren de ganas. Cualquier día nos dirán que el espermatozoide y el óvulo son dos medias personas buscando unirse y que impedirlo es un crimen. No se rían: si leen el post verán que no faltó el filósofo explicando que "la anticoncepción evita la vida".

Por supuesto: sus fieles – salvo unas escasas y respetables excepciones de gente honesta y convencida – practican la anticoncepción alegremente (como tantas otras cosas: la homosexualidad, el sexo fuera del matrimonio, etc. etc.), pero ya sabemos que si alguien está exento de las exigencias morales de la iglesia son sus propios fieles. Lo que en realidad quieren estas piadosas personas es que tanto el aborto como la anticoncepción sean privilegios, y no opciones de libre elección para cualquiera más allá de sus medios económicos.

Por supuesto, fue imposible seguir el debate porque en línea con la mejor tradición reaccionaria y con una ingenuidad casi diría conmovedora (la derecha española se caracteriza por ser muy tosca, muy burda, muy berreta) la persona dueña del blog, al ver que no había posibilidad de contraargumentar, simplemente cerró el post y se quedó con la última palabra.

No hacía falta, bastaba con pedirme que me retire.

Pero aquí puede esta persona – si tal es su deseo – expresarse con total libertad ya que a mí me atan ciertos principios entre los cuales está el que una discusión debe ser leal, y que cerrar un debate quedándose con la última palabra es más bien una trampita digna más de políticos barriobajeros que de gente con cierta altura.

¡Ah! Para el que quiera remitirse, el post de marras está
acá.

II – También nos peleamos con los "pro".

En el tema del aborto es complicado encontrarse con opiniones basadas en la razón. Pero no sólo del lado de los antiabortistas, también del lado de los abortistas, a muchos de los cuales el aporte de la ciencia o la posibilidad de que el embrión sea un ser humano los trae sin cuidado. En el último post que recuerdo respecto de este tema en mi blog la nota curiosa fue que los "anti" al menos solían recurrir al dato científico mientras los "pro" se dispersaban en vaguedades y diversas nubes gaseosas.

Uno de los comentarios más geniales fue que la decisión de si el feto era un ser humano o no correspondía a la madre porque es una "cuestión subjetiva" que le concernía sólo a ella.

A veces hay que recoger la mandíbula del suelo.

Curiosamente en el debate sobre el aborto las razones de los "pro" me convencen mucho menos que las de los "anti", por la sencilla razón de que en general parece importarles muy poco si lo que hay ahí es un ser humano o no. Generalmente se cuestiona a la iglesia o se denuncian sus fácilmente identificables hipocresías, pero resulta que eso es desviarse del asunto.

Que la iglesia condene el aborto no basta para justificarlo. Que el niño ya nacido vaya a tener una vida miserable tampoco tiene el menor sentido como argumento a favor del aborto, y hasta es peligroso porque implicaría que sólo los ricos pueden tener hijos.

Y en definitiva, entre uno que aprueba el aborto sin importarle un comino si lo que hay ahí es un ser humano o no, y otro que lo condena sinceramente convencido de que se trata de una persona, me quedo con éste último.

III – Una idea acá por favor...

Lo terrible es que el aborto es uno de los temas que más precisa de la razón. Es indispensable dejar de lado tanto los alaridos como las posturitas de moda y encuadrarlo como uno de los problemas filosóficos y éticos más difíciles e interesantes.

Como frecuentemente viene sucediendo, la opinión más certera, concisa y hasta diría elegante (buena noticia: la verdad no está reñida con la elegancia) fue la de
Severian. El meollo del asunto es la definición de "individuo humano". Los antiabortistas recurren a argumentos más bien burdos: definen al embrión como "vida humana" (la "vida humana" se encuentra en cualquier célula) y recurren a ineptas alusiones al material genético (que también está presente en cualquier célula). Por su lado, a muchos partidarios del derecho al aborto simplemente les importa un bledo si se trata de una vida humana o no mientras no se toque el sacrosanto "derecho de la mujer a decidir".

Resulta que definir "individuo humano" es muy difícil. El proceso que lleva desde un cigoto hasta un individuo es profundamente dialéctico. Es aquí donde puede verse la transformación de cantidad en calidad. Es divertido ver cómo aquellos que postulan la identidad fundamental entre cigoto y persona utilizan frases como "deviene en un ser humano", "se transforma en un ser humano", "da lugar a un ser humano" sin darse cuenta de que con estas frases inadvertidamente admiten lo evidente: que no es un ser humano (justamente por eso "deviene", "se transforma", etc.).

Según
Severian:

Estamos acostumbrados a creer que la palabra "pato" designa algo ontológicamente diferente de la alocución "no pato". Pero el mundo es mucho más complejo que eso. Un pato es un pato cuando vuela sobre la laguna, pero ¿sigue siéndolo cuando un cazador lo mete en su bolsa? ¿luego de horneado? ¿y de digerido? ¿cuando exactamente, en qué preciso instante, dejó de ser un pato?

No sé si
Severian lo sabe pero este es un análisis pura y duramente dialéctico, aunque él lo llama escuetamente "complejidad". Ocurre, me parece, que nada puede definirse sin tener en cuenta su devenir, y el devenir de algo (de cualquier cosa) implica saltos de calidad a partir de variaciones en la cantidad.

Las definiciones formales que utilizamos para cualquier cosa ("gato", "mesa", "jeringa", "mono aullador", "un kilo de azúcar") son útiles para la vida cotidiana, pero en rigor son simples aproximaciones, no las cuestionamos porque a los efectos prácticos no es necesario. Pero a veces nos enfrentamos con problemas para los que la lógica formal no alcanza.

Los antiabortistas suelen chicanear con el planteo: "Si el cigoto no es un ser humano, ¿cuál es el punto exacto en el que deviene humano?". La respuesta es que el famoso punto exacto no es determinable, entre otras cosas porque no sabemos cuáles son las características que definen a un individuo humano, tenemos que definirlas nosotros. Pero la misma pregunta puede hacerse para cualquier cosa: la mesa de madera fue antes un árbol, el jugo de naranja fue en algún momento una semilla. Todo deviene y se transforma, toda definición humana es una mera convención basada en la experiencia. Y aunque digo "mera" debería decir "nada menos", ya que eso pone en nosotros una responsabilidad.

Tranquilamente podríamos decir que la semilla es una planta, pero el hecho es que discernimos una de otra porque hemos decidido que las características diferenciales de ambas justifican tal discriminación.

Si el almacenero va a vendernos un kg de azúcar y retira un grano no vamos a inquietarnos. Si retira otro tampoco. Si retira diez tampoco. Pero si sigue retirando granos es seguro que llegará un punto en el que para nosotros ya no será un kg de azúcar ¿Cuál es ese punto? Depende ¿De qué? De nuestros parámetros, que en el caso de un kg de azúcar indican que un grano menos no establece a los efectos prácticos una diferencia significativa en la cantidad de mates a endulzar. Pero si se tratase de otro compuesto químico es posible que una ínfima variación fuera determinante.

También conviene señalar que el "proceso" es en realidad infinito: si el cigoto es una persona, entonces ¿por qué no decir lo mismo de cualquier pareja "óvulo – espermatozoide"? ¿Es el espermatozoide media persona buscando su otra mitad?

Caemos en la cuenta de que no hay una sola cosa del universo que antes no haya sido otra: la mesa de madera antes fue un árbol, el caballo que galopa en la pradera deviene comida para buitres y abono para la tierra, ese jugo de naranja alguna vez fue una semilla ¿Dónde y cuándo una cosa deja de ser lo que es para ser otra? La pregunta – planteada con insidia por más de un antiabortista respecto del cigoto (¿cuándo es que se transforma en er humano, eeeeehhhhh?) – vale en realidad para cualquier cosa que intentemos definir.

Así que como señala
Severian, somos nosotros los seres humanos quienes ponemos un criterio para definir lo que es humano. Esta libertad implica en realidad una responsabilidad. Nuestra responsabilidad. Una responsabilidad jodida si se quiere, pero necesaria.

Desde ya aclaro algo, los chistecitos ineptos del tipo "Mirá este tipo, compara una mesa o un pato con un ser humano" son precisamente eso: chistecitos ineptos que demuestran la incapacidad para establecer la identidad fundamental entre dos ejemplos. Si se cae un perro de un quinto piso las fuerzas que operan sobre él son las mismas que operan sobre un ser humano, y decir esto no establecer identidad alguna entre un perro y un contador.

Salute para todos. No se atropellen.